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jueves, 25 de mayo de 2017

La democracia como el socialismo han muerto y alguien les tiene que enterar.

Resultado de imagen de Aristóteles y Platón
No existen los príncipes, ni las princesas, ni el amor eterno, porque para siempre es demasiado tiempo, solo existen las personas, con sus virtudes y defectos, con sus pensamientos, sus emociones y sus instintos. Y no importa los defectos que uno tenga, siempre será el imperfecto perfecto para alguien. La felicidad es un estado de ánimo, no un fin, la felicidad es el camino, no el destino.


Cada día hay más usuarios de la política descontentos con que la democracia. Aunque siga siendo el método para elegir al Gobierno. Si de por sí, el sistema está en precario, además tiene que hacer frente a la corrupción, el colectivismo – término diametralmente opuesto al individualismo-, la intolerancia y las servidumbres étnicas, pero sigue aglutinando la libertad de gobernar y gobernarse. Cuando en realidad ni gobiernan ni se gobiernan.

Los sueños para los demócratas  son la meta, su imaginación el transporte y la realidad les manda al punto de partida. Ya no le voto más, en que mala hora les voté. Hay estudiosos moderados que han sido demócratas sinceros pero han llegado a la conclusión de que fue una idea bonita pero ha dejado de funcionar, si es que funcionó alguna vez. Algunos resultados recientes son aportados como pruebas: Brexit, Donald Trump... En un mundo de votantes que se informan casi exclusivamente por Internet, que no leen prensa ni mucho menos libros, que aprecian lo chocante o truculento más que las argumentaciones trabajadas sobre temas que de cualquier manera desconocen, que disfrutan con los histriones y se aburren con quienes miden sus palabras... ¿qué decisiones mayoritarias sensatas pueden esperarse? Sí, la gente vota lo que sabe: pero casi nunca sabe lo que vota, etc... 

Y a partir de estas dolorosas constataciones se proponen, medio en serio medio como provocación, alternativas que sustituyen el voto universal por el sorteo entre minorías bien preparadas (?), el gobierno de los técnicos, la exclusión del censo de ciertos grupos por edad, ausencia de arraigo laboral, etc... O sea, la democracia vuelve a enfrentarse contra las acusaciones de ineptitud y credulidad de las mayorías ya formuladas en sus orígenes griegos por los amigos de la oligarquía (lo de Internet, no: se les olvidó) y regresan también los paliativos intentados para remediarlas en épocas sucesivas.

Aristóteles y Platón debatiendo sobre la Democracia llegaron a la conclusión  de que el sistema era bonito, pero sería un fracaso total.  En España votamos a la Constitución más del 80% se habían leído –por encima-, la Carta Magna, un 0.8% de la población. Yo la había leído y voté, NO. La gran mayoría de mis vecino no sabían de qué iba el voto, pero votaron, SI. ¿Por qué mi voto suma igual que el de ellos.

El sistema democrático obedece  a órdenes jerárquicos y genera  ganaderías humanas, en Francia le llaman BORREGOS DE PANURGO. Además estaban muy mal vistos quienes votaban sin saber a qué ni a quién.  En los países escandinavos nadie puede indicar a quién votar. No se pueden pegar carteles de candidatos,  solo explicar el programa que sin pretextos debes cumplir. Nadie se atreve a hacer demagogia, sabe que va a la cárcel.

La democracia nunca se propuso como el más eficaz sistema de gobierno, el que resuelve mejor los problemas o los evita, el que aumenta la riqueza de las naciones o garantiza la idoneidad de los gobernantes, el más capaz de controlar los ímpetus rapaces o destructivos de los humanos. La democracia no promete una sociedad políticamente mejor, sino una sociedad política. Los otros sistemas renuncian a ello y organizan órdenes jerárquicos, ganaderías humanas cuyas reses pueden estar bien alimentadas, ser prósperas y retozar alegremente juntas, no tener demasiadas quejas, quizá hasta ser plácidamente felices. Pero les falta la libertad de gobernar y gobernarse, sin la que no se es sujeto político. Están sujetos por el gobierno pero no son sujetos gobernantes y por tanto carecen de verdadera sociedad. Es posible que los desposeídos de libertad política no la echen en falta siquiera, pero ahí tropezamos con el punto intransigente —sine qua non— de la democracia: no se admite la libertad de renunciar a la libertad. Paradójicamente, en la vieja Atenas la asamblea planteó alguna vez votar si seguían con la democracia o renunciaban a ella...

De lo que se ha tratado siempre en la revolución democrática es de la emancipación de los individuos. En Grecia apuntaba a librar al ciudadano de la clausura familiar y tribal, aún a costa de entregarlo al dominio de un destino trágico. En la Francia del dieciocho, la sublevación fue contra la opresión de la sociedad jerárquica del Antiguo Régimen, que recortaba los derechos políticos individuales y también sus libertades económicas, sometidas al marco corporativo. Es decir que —como bien ha señalado Marcel Gauchet— lo que podríamos llamar “izquierda” (radical contra la monarquía, la iglesia católica, los estamentos regionales, el gremialismo burgués, etc...) parte del “liberalismo”, es decir de la aspiración a libertades individuales conseguidas gracias al nuevo Estado basado en los derechos del hombre y el ciudadano.


En democracia no hay oposición entre los individuos —es decir, los ciudadanos— y la sociedad, porque es la evolución de ésta a partir de sus fórmulas atávicas, genealógicas y familiares, la que produce los individuos que disponen de autonomía legal y social. La sociedad democrática fomenta la creación de individuos capaces de autogestionarse (por medio de la educación general y la protección de sus derechos no heredados ni territoriales) y éstos a su vez configuran el marco institucional de una sociedad no tradicionalista, innovadora. El peligro del individualismo es considerar las leyes comunes como cortapisas mutiladoras de las libertades y no como sus garantías; y el peligro del Estado democrático es instaurar con sus reglamentos una dependencia estrecha de aquellos cuya independencia pretende asegurar. Durante la historia moderna, perdura un combate —una dialéctica, se decía antes— entre las libertades sin control y el control antilibertario.

Las oscilaciones políticas entre derecha e izquierda (ambas afinadoras permanentes de la democracia) responden a mi modo de ver a esa dialéctica. Y se han corregido mutuamente durante muchos cambios de gobierno. Claro que también se han ido pareciendo cada vez más los unos y los otros, a veces en los peores aspectos: corrupción, incuria, deriva autoritaria... Lo cual, unido a la crisis económica, al desbordamiento migratorio, etc... ha favorecido el surgimiento de movimientos y partidos populistas, cuyo designio es demoler el sistema basado en la autonomía individual dentro del desarrollo social del bipartidismo para traer nuevas formas de caudillismo colectivista. O sea pasar de la sociedad para los individuos a los individuos para la sociedad, en giro irreversible.
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