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sábado, 6 de mayo de 2017

Con Pedro Sánchez, el PSOE, siempre queda peor de lo que estaba.

Resultado de imagen de Pedro Sánchez Llorando


Después de bajar la barrera de los 100 diputados, haberse convertido en un partido irrelevante, soso, amuermado y haberse aliado compulsivamente con los populismos y etarras  para amarrar cualquier poder y a cualquier precio, alentado por las continuas elecciones primarias, ocho meses lleva de primarias y, al final ha perdido.  

El PSOE es, sin matices ni paliativos, un partido pírrico Que ocasiona grave daño al vencedor y casi equivale a una derrota. Porque en todas sus frecuentes contiendas -internas o externas, gane o pierda, y se compacte o fragmente- siempre queda peor de lo que estaba. Hoy está peor que ayer, pero mejor que mañana. Y en tales circunstancias se puede comprender que, siendo pírrico el partido, también sean pírricas las primarias, donde lo más probable es que Susana Díaz pierda más de lo que gana, mientras Pedro Sánchez gane más de lo que pierda. O viceversa, claro. 

Por eso cabe adelantar un diagnóstico casi infalible de esta guerra fratricida que absorbe todas las fuerzas y pensamientos de los socialistas españoles, mientras el resto del mundo -la UE, Trump, el papa Francisco, Rajoy, Merkel, May, Maduro, Le Pen, Putin, Kim Jong? un y Puigdemont- se juegan su futuro en retos y debates escalofriantes. Y ese diagnóstico es que el candidato que gane no tendrá fuerza ni legitimidad para evitar la ruptura del partido y para definir un programa y una estrategia aceptados por todos; mientras que el perdedor no tendrá más remedio que echarse al monte, para lamerse las heridas y, en nombre de la militancia, jurarle odio eterno al tramposo que ganó las primarias vendiéndole al diablo el alma del PSOE. 

Carece de sentido que, para sortear los efectos de una indignación magmática y obcecada, se obligue a la militancia -también indignados- a tomar decisiones de calado estratégico insondable. Y tampoco se puede entender que la persona llamada por «los históricos» a devolver al PSOE su condición de alternativa, haya llegado tarde, mantenga un discurso anodino y tópico y permita que, mientras ella predica un partido ganador, el PSOE oficial siga haciendo maniobras -en el Parlamento y en la calle- para ensayar la voladura del sistema, para poner en crisis la poca gobernabilidad que nos queda y para forzar el adelanto de las elecciones que deben certificar su derrumbe. 

La crisis política de la España actual es, en realidad, la crisis del PSOE, de su desorientación estratégica y de su caos organizativo. Y todo indica que esta deriva no va a detenerse hasta que un desastre prolongado del sistema y de la gestión democrática fuerce una catarsis de enormes costes e inciertos pronósticos. Porque buena parte de la militancia socialista ya ha caído en la trampa de identificar la solución con la ruptura y la honradez con el revuelto de setas y gambas. Y, cuando la sal se vuelve insípida, nada sirve ya para salarla.
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