Sigue el blog por Email

martes, 28 de marzo de 2017

El vandalismo armado se hace con el control del independentismo catalán.


Los independentistas catalanes se han valido de todo tipo de argucias y añagazas para conseguir su delirante propósito de la secesión de Cataluña del resto de España. Un objetivo que, fuera ya de otras consideraciones, quiere imponerse de manera torticera con ese supuesto “derecho a decidir” …de una parte sobre el conjunto, privando a los demás españoles de pronunciarse sobre un asunto de enorme trascendencia que a todos atañe. En su frenética carrera por lograr lo imposible, el secesionismo dio ayer un salto cualitativo que hay que atajar desde ya con firmeza.

Un considerado grupo de militantes de Arran, las juventudes de la Candidatura de Unidad Popular (CUP), asaltó la sede del PP en Barcelona para exigir la celebración del referéndum. Y en el asalto les secundaron en amor y compañía y les aplaudieron Anna Gabriel, diputada de la CUP y portavoz de la formación de extrema izquierda en el Parlamento catalán, y su antecesor en el cargo, el exdiputado David Fernández. No es la primera vez que los radicales practican el escrache contra partidos o políticos constitucionalistas, pero sin duda el de ayer alcanzó cotas que demuestran que el acoso puede ir in crescendo. Entre gritos como “fuera las fuerzas de ocupación”, o “la autodeterminación no se negocia. Referéndum sí o sí”, los asaltantes llenaron la fachada de pegatinas, carteles y grafitis, y entraron en la sede portando urnas de cartón.


Mar Ampurdanès, la portavoz de Arranz, ha proclamado que están dispuestos “a defender por todos los medios la autodeterminación”. La respuesta a un vandalismo de este calibre por parte de la Generalidad ha sido generalizadora y tibia. Es obvio que la CUP, sin cuyo respaldo Puigdemont tendría una muy complicada situación para mantenerse en la presidencia, se cobra ese apoyo. Un Puigdemont que se encuentra haciendo un periplo por Estados Unidos para vender su causa, dando conferencias en las que pinta a España como un país poco menos que tercermundista y hasta escasamente democrático al no permitirles ese “derecho a decidir”. Un escrache a la realidad y la verdad el de Puigdemont que, como el de los cachorros de la CUP, no conseguirá que se cumpla su deseo de celebrar un referéndum que atenta contra la Constitución que todos los españoles, incluidos naturalmente los catalanes, se dieron a sí mismos.
Publicar un comentario