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miércoles, 8 de febrero de 2017

Pablo Iglesias, este fin de semana y en beneficio de la humanidad, se cortará la coleta en Vistalegre


Pablo Iglesias acomete un riesgo añadido en Vistalegre II que consiste en degradarse de líder de líder de los Podemitas  a chófer de Íñigo Errejón. Podrá conducir el coche, pero el itinerario lo marcará su virrey, Íñigo Errejón.  Pienso que Pablo se asociaría con Pedro, independentistas y terroristas.

Muy posiblemente, esta sería la conclusión humillante que arrastraría el congreso convocado el fin de semana. Es la razón por la que Iglesias ha recurrido al extremo de amenazar con marcharse si los inscritos de Podemos lo consagran como secretario general —no tiene alternativas—, pero no arropan contemporáneamente su proyecto político y su tripulación. O todo o nada, exige Iglesias en el enésimo amago del exilio personal.

Tal  maximalismo se resiente de la gran contradicción que implicaría desobedecer incluso el veredicto de los militantes. Han sido convocados en un laberinto bizantino del que puede trascender una extraña bicefalia: el liderazgo de Iglesias y el programa de Errejón. Un jefe decorativo al frente de un modelo errejonista, Trotski.

La estrategia de Errejón sobrentiende una sospechosa y cínica filantropía hacia el camarada Pablo. Reclama que se vote con entusiasmo a Iglesias como secretario general, pero que no se voten las ideas de Iglesias. Porque las suyas son mejores y proporcionan al partido la ocasión de abandonar la adolescencia.

Quizá se entienda  así mejor la incomodidad de Pablo Iglesias. Y la proporción de la purga que se avecina en caso de que el líder de Podemos consiga que la militancia le conceda todos los poderes: la corona, la corte, el proyecto y el uso discrecional de la guillotina.

El errejonismo quedaría eliminado. Y sobrevendría un proceso de extraordinario estrés, entre otras razones porque el duelo cainita de Vistalegre repercutiría en la cohesión del grupo parlamentario, en el reparto de funciones y en la dialéctica incendiaria de vencedores y los vencidos. Podemos mutaría del verbo poder al verbo podar. Y se expondría al mecanismo perverso de la aceleración: la velocidad con la que ha crecido y se ha multiplicado equivaldría al ritmo extremo de su implosión.

Más de dos años, después de haberse proclamado en el templo proletario de Carabanchel la conquista de los cielos, Vistalegre representa exactamente lo que es: una plaza de toros, un circo romano, un ring de boxeo, un escenario extremo para un duelo extremo que perjudica la salud de Podemos sea cual sea el resultado.

Y el resultado ya ha empezado a contabilizarse. Es más, las arengas y los discursos que Errejón e Iglesias puedan intercambiarse en Vistalegre como epílogo de su guerra cuartelera se arriesgan a resignarse a un puro ejercicio teatral. Las urnas telemáticas están abiertas desde el sábado. Y podrían inclinarse ya de un lado o del otro antes de que Errejón e Iglesias hagan incluso el último paseíllo sin muleta ni “coleta”

¿Qué se vota?

La primera cuestión estriba en torno a la pregunta: ¿Qué es eso de Vistalegre II y qué se decidirá? Se trata del cónclave morado, el equivalente al Congreso del PSOE o la Convención Nacional del PP, y lo que se decide es el rumbo político del barco llamado Podemos y quiénes comandarán el navío.

Se votarán varios documentos divididos en las categorías de Político, Organización, Igualdad y Ética, al mismo tiempo que se elegirán las personas que componen la cúpula del partido. En este caso, se vota quién será el Secretario General -solo Pablo Iglesias se ha presentado- y el Consejo Ciudadano Estatal -lo que sería la Ejecutiva de la formación- Pero dicho SG pintará menos que el el primo del chófer del alcalde de Somontín. 
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