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domingo, 19 de febrero de 2017

"Prefiero un hijo yonki a uno maricón"

El autobús de HazteOír.org frente al vehículo con el que ha respondido 'El Intermedio'.
Parece un chiste malo, pero esas palabras se las oí hace poco a alguien que apenas ronda los 40. «Prefiero un hijo yonki a uno maricón». Cuando me las dijeron, sentí primero asco y luego pena. Sólo fue después, lejos de esa persona, cuando me di cuenta de algo importante que no supe ver en el momento: la rareza de que dijera esa frase así de directa, a calzón quitado. Si hay algo positivo en las caricaturas es que no les importa hacer el ridículo. Son un simple aviso de algo peor: los hipócritas.
«Prefiero un hijo yonki a uno maricón». Quiero pensar que la mayoría de los que lean ahora esa frase, sabiéndola real, sentirá también rechazo y tristeza. Pero conviene no olvidar a los que están de acuerdo con esas palabras, aunque las nieguen y disimulen. Ahí están. Ellos son el germen de esa parodia de autobús que recorre nuestra geografía. Si algo ha conseguido Hazte Oír es dar la razón al colectivo LGBT: la fobia a lo diferente sigue latiendo en las venas ocultas de España. Y en las de personajes hiperbólicos como ese Trump con trazas de guiñol que capitaliza la intolerancia de millones de votantes. Él habla para que ellos puedan callar y fingir que el debate les es ajeno. Su oposición es soterrada pero peligrosa porque cuando tengan ocasión dirán de una forma u otra: «Prefiero tener un hijo yonki a uno maricón».
A veces nos dejamos engañar por la burbuja de nuestras vidas, por el espejismo de esa falsa tolerancia. Yo no tengo amigos gais, ni transexuales ni lesbianas. Yo tengo amigos, punto. Los quiero y los vivo con tanta naturalidad que se me olvida que su vida puede o ha podido ser mucho más difícil que la mía por el simple hecho de su condición sexual. Siempre me sorprende cuando ellos me lo dicen: nena, ahí fuera seguimos apestando para muchos. Y de vez en cuando aparece un autobús, como un elefante en una cacharrería, para sacarme de mi pueril asombro.
Sin embargo, esta vez es peor, porque Hazte Oír, en una muestra terrible de crueldad, ha atacado donde más duele, a los más indefensos, los niños. Les da igual el dolor y el aislamiento que sufren ellos y sus familias. Les da igual lo perdidos que se sientan, esa gran soledad que ni siquiera el amor logra curar. Sin paños calientes, les dicen que son un engendro, monstruos que tendrán que corregirse aunque les vaya la vida en ello. Alguien capaz de tanta insensibilidad no conoce a ningún transexual. Es imposible que se haya acercado nunca a ninguno, que lo haya escuchado y mucho menos querido. Sólo una enorme falta de amor puede llevar a alguien a caer tan bajo como ser humano.
Por eso creo que es una equivocación prohibir ese autobús. La justicia no tiene que entrar en esos bretes, por los mismos motivos por los que no debe castigar con cárcel a Valtonyc si ha estado cantando sandeces. Eso sólo nos hace peores como sociedad, más pacatos e hipócritas. Aunque no nos guste, así sabremos que siguen ahí, que no hay que bajar la guardia.
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