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jueves, 5 de enero de 2017

¿Qué de malo le habrán hecho los niños a la maliciosa, Ada Colau?


Cuenta San Mateo con su dulce sencillez: «Nacido Jesús en Belén de Judea, en tiempo del rey Herodes, unos magos que venían de Oriente se presentaron en Jerusalén diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Pues vimos su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle». Unas líneas más abajo, el relato de Mateo se cierra así: «Vieron al Niño con María su madre y, postrándose, le adoraron; abrieron luego sus cofres y le ofrecieron dones de oro, incienso y mirra».

Los hermeneutas cristianos percibieron enseguida que la adoración de los Magos era el gran contraste entre la pobre encarnación del Hijo de Dios, en Belén, y el reconocimiento de la realeza de Cristo revelada a tres sabios gentiles. Y la adoración de los Magos pasó a ser una fiesta esencial de la Navidad, y una fuente de inspiración para los tímpanos y retablos de miles de iglesias, para pintores cumbre del arte universal y para las piezas musicales, literarias y teatrales más antiguas que conservamos.


Pero la fiesta de los Magos no sería lo que hoy es, como tantas cosas, si no hubiesen intervenido la cultura y la religiosidad popular de los españoles, que, percibiendo la superioridad que tales personajes evangélicos debían tener sobre los inventos funcionales de los papasnoeles, apalpadores y olentzeros de diversa especie, decidieron poner a los Reyes en sus calles y hacer en torno a ellos la fiesta más tierna e iniciática del calendario cristiano.

La primera cabalgata desfiló por Alcoy en 1866. Pero la formidable herencia que hoy disfrutamos viene de Granada, que en 1912 le dio forma a las cabalgatas, y de Sevilla, que, valiéndose de su tradición procesional, creó la imagen de esplendor y fastuosidad que, a modo de infantiles autos sacramentales, se extendieron después a toda España. Pero aquellos geniales pioneros no previeron dos peligros. Que el complejo de inferioridad de los intelectuales y los progresistas españoles acabaría mezclando la grandeza ritual de los Reyes con la comercial y manipulable funcionalidad de sus competidores. 

Y que, desprovistas de cofradías que mantuviesen la tradición popular en sus formas y objetivos -como sucede con la Semana Santa-, las cabalgatas de Reyes Magos acabarían en manos de concejales que, carentes de los sentimientos y la cultura que permiten entender y administrar tal tesoro, utilizan a los Magos para airear sus complejos y ocurrencias entre los millones de niños y mayores que esta tarde aclamarán a los Magos en esta bendita, inteligente y hoy desfigurada España. Pero no se asusten. La ola de horterada y manipulación pasará. Y el pueblo volverá, con la fuerza de los hechos y los símbolos, a recordar con respeto y veneración a Melchor, Gaspar y Baltasar, y al Niño Dios, que los atrajo al portal.
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