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martes, 3 de enero de 2017

Los críticos del PSOE están de mudanza. ¿Quién paga la nueva sede?


Carolina Punset dimitió de la ejecutiva por desavenencias estratégicas con Albert Rivera pero también por pensar que Ciudadanos había dejado de lado uno de sus objetivos fundacionales: la lucha contra los nacionalismos, “incluyendo regionalismos no independentistas”. En esa línea, criticó a los que "se pasean con "trozos de tela” en lugar de prestar más atención a cuestiones de Estado, por ejemplo, los presupuestos.

Rivera, a veces,  toma posiciones, más propias de un colegial que de un político con referencia en todo el territorio nacional y es que, Albert, no sabe de casi nada. En política, como capando ranas, como la economía y como casi cualquier actividad de esta vida, es por encima de todo un estado de ánimo. Y el estado de ánimo de España en este momento no es de optimismo, porque no puede haber optimismo en un país con casi cuatro millones de parados, pero sí de razonable esperanza en que después de un largo período de insensatez las cosas empiezan a funcionar con cierto sentido en la política. 

Puede parecer una minucia, pero llegar a ese estado de prudente ilusión ha requerido un enorme esfuerzo de los ciudadanos para dar un voto de confianza a unos partidos que, en general, parecen ser conscientes de que han estado al borde del precipicio y a punto de generar una ruptura total de incalculables consecuencias entre la sociedad y su clase política. Pero, alcanzado este punto, resulta obvio que nadie quiere ni imaginar que las cosas puedan volver por los mismos derroteros. Y, por ello, aquel que provoque en la ciudadanía la sensación de que retornamos a lo mismo lo pagará muy caro.

Cuando el estado de ánimo se instala en el imaginario colectivo, resulta casi imposible darle la vuelta. Por más proclamas que escuchemos, por ejemplo, o por más complicado que pueda parecer, la convicción generalizada es que va a ser posible aprobar unos Presupuestos Generales del Estado, porque todo el mundo sabe que, de no aprobarse, volveríamos al esperpento de unas nuevas elecciones generales. Y, por ello, ya puede desgañitarse el portavoz del PSOE, Antonio Hernando, reeditando el «no es no» ahora, mañana y pasado mañana, que todo el mundo va a leer en sus labios un sí. Un quizá hoy no, pero mañana, sí. Si usted le pregunta a los españoles en este momento si el PSOE va a acabar llegando al final a algún tipo de acuerdo con el PP para que se aprueben los Presupuestos, la inmensa mayoría, incluidos los votantes de Podemos y casi todos los del PSOE, le dirán que sí. Y cuando eso ocurre, es prácticamente imposible convencer a propios o a extraños de que no va a ser así.


Mariano Rajoy sabe que el estado de ánimo es ese. Y juega con ventaja. Sabe que habrá tensiones, pero también que el PSOE no puede permitirse dejar a España sin Presupuestos, porque eso sería volver a lo de antes. Y, para ese viaje, a Susana Díaz y a los suyos no les habría merecido la pena cargarse a Pedro Sánchez y provocar un baño de sangre en el partido. El Gobierno no quiere aprobar unas cuentas públicas con el voto en contra el PSOE. Podría, y los números están hechos. Pero no quiere. Y cuenta con lograr, como mínimo, la abstención del PSOE, gracias a la aprobación de numerosas enmiendas socialistas a los Presupuestos. Sabe que los barones del PSOE presionarán en la conferencia de presidentes del día 17 para que haya cuentas públicas. De modo que al final, in extremis, los socialistas facilitarán que haya Presupuestos. El PSOE dice que no, pero el pueblo sabe que sí. Ese es el estado de ánimo
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