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jueves, 29 de diciembre de 2016

Podemos y PSOE afrontan sendas guerras civiles. Aunque sean incivilizados.


Cuando un político se ve perdido sin opciones, suele declararse el mismo la guerra civil. Todos los partidos políticos son organizaciones que tienen por objetivo conquistar el poder. Todos comparten esa marca de nacimiento. Lo que distingue a unos de otros es la ideología: el uso que se proponen dar a las parcelas de poder que los ciudadanos les arriendan temporalmente. Algunos solo aspiran a conservarlas y a perpetuar posiciones de privilegio social o económico. Otros pretenden transformar la sociedad y ensayar nuevos cultivos, experimentos estos que históricamente se saldaron con mayor o menor fortuna.
 Resultado de imagen de Pedro Sánchez, susana diaz y Pablo Iglesias
Primera hipótesis cartesiana. Todos los partidos políticos están integrados por personas, portadoras de ambiciones y de egoísmos, de ideas más o menos compartidas y de diversas sensibilidades, pero estructuradas jerárquicamente, porque de lo contrario no hay instrumento ni posibilidad de conquistar el poder. Las asambleas pueden ser útiles para indicar la senda, pero nunca para dirigir la expedición y mucho menos para gobernar.


El Poder requiere batalla y ahí tenemos a dos mochuelos gerreando y sin ninguna posibilidad de éxito. La batalla por el poder que sostienen los partidos políticos se reproduce necesariamente, mutatis mutandi, en el seno de cada partido. Y la confrontación pública de ideas tiene su réplica en las discusiones internas de cada fuerza política. 

Dos conclusiones de este silogismo imperfecto. A la primera le llaman lucha orgánica y suele ser castigada por el ciudadano en las urnas. La segunda la denominan debate orgánico y los cuadros dirigentes la esgrimen como ejemplo de democracia y de transparencia. Pero no nos engañemos. Eso que tanto los dirigentes del PSOE como de Podemos quieren presentar como saludable catarsis no es sino una feroz guerra intestina por las riendas del partido. Pablo Iglesias, en su carta de «arrepentimiento» a la «abuela» de Podemos, lo expresa con gratificante claridad: «No hemos sabido distinguir la pluralidad y el debate interno de la lógica de familias que buscan cuotas de poder». 

A esto se han reducido los dos principales partidos de la izquierda española: a sendos campos de batalla donde unos y otros -Pablo contra Íñigo, Susana contra Pedro- se destrozan para mayor gloria de la derecha hegemónica. Y no hablaré de purgas, por respeto a las víctimas de Robespierre, o de Stalin, o de la «caza de brujas» del senador McCarthy, sino de pelea orgánica y juego de ambiciones desprovisto de una mínima justificación política o estratégica. 

¿Acaso alguien conoce las profundas diferencias ideológicas o programáticas que separan a Pablo Iglesias y a Íñigo Errejón? ¿Alguien puede explicar en qué se distinguen los credos supuestamente socialdemócratas de Susana Díaz y Pedro Sánchez? Ni siquiera los afiliados que ocupan las trincheras sabrían responder. Sospecho que les sucede lo mismo que a Fabricio del Dongo, aquel personaje de Stendhal que combatió en Waterloo, pisó cadáveres, soportó el estruendo de los cañones y rozó a Napoleón sin reconocerlo, pero nunca supo quién había vencido en la batalla. Lo vio todo y no vio nada. Los árboles le ocultaron el bosque.
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