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sábado, 24 de diciembre de 2016

El silencio y el cinismo de los pòlíticos cuestionan la democracia y hasta sus mentiras.


España es una duda llena de dudas políticas a la que se agregan más dudas. Quiero saber qué político es dudoso y la Ley de la transparencia en lugar de sacarme de dudas me genera más sospechas y, también, dudas.

¿Cómo, por qué no se les cae la cara de vergüenza a los políticos, cuando el CIS  sitúa a los partidos en tercer lugar entre los diez problemas más graves que atosigan a los españoles? La respuesta es casi siempre el silencio y el cinismo. Los partidos políticos están ahí para solucionar los problemas de España. ¿Y cuál es la realidad? Se han convertido ellos mismos en uno de los principales problemas que soportan los españoles.

Como el fruto sano se zocatea enseguida cuando permanece inmóvil junto al que está cedizo, la corrupción impregna a la clase política española por los cuatro costados. Pero no es éste, siendo grave, su principal característica porque corrupción existe en todos los países de nuestro entorno y camina del brazo de la condición humana. La gran lacra de nuestra clase política es la mediocridad. Hay excepciones admirables pero en líneas generales asusta la falta de preparación de los políticos españoles, su incapacidad para la oratoria, su vulgaridad de pensamiento, su torpeza para la gestión, su desconocimiento de la Historia…

En lugar de cantar la palinodia y reconocer sus errores, los partidos políticos han afrontado la crisis manteniendo todas sus subvenciones y prebendas mientras subían los impuestos hasta cotas confiscatorias y recortaban los gastos que no les afectaban. El despilfarro de la clase política ni ha cesado ni cesa. Los partidos políticos, también los sindicatos, se han convertido en gigantescas agencias de colocación para enchufar a parientes, amiguetes y paniaguados. 

España se ha convertido en un interminable enchufe en el que políticos y sindicalistas colocan sin límites a sus compromisos. Las cuatro administraciones -la nacional, la autonómica, la provincial y la municipal- así como las incontables empresas públicas y otros organismos del más vario pelaje, se dedican a enchufar a la parentela de políticos y sindicalistas, mientras ellos mismos se benefician de las más asombrosas prebendas, de los viajes gratis total, de los suntuosos banquetes, de las oficinas y edificios sin control en los gastos.


He escrito muchas veces que no se trata de destruir los partidos políticos. Son piezas claves para el funcionamiento de la democracia pluralista plena. Su desprestigio condujo el siglo pasado al nazismo en Alemania, al fascismo en Italia, al estalinismo en Rusia, al franquismo en España, al salazarismo en Portugal… A los partidos políticos hay que regenerarlos y democratizarlos, cortando de raíz el clientelismo y el despilfarro. Y eso afecta a todos o a casi todos porque empieza a hacerse verdad aquella pancarta exhibida en Andalucía hace un par de años: “Ciudadanos y Podemos, bonitos motes, nuevos grupos que intentan chupar del bote”
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