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lunes, 14 de noviembre de 2016

Tras el hundimiento de Lehman Brothers, la Reserva Federal, se equivocó con la izquierda de Obama.

Resultado de imagen de Lehman Brothers y reserva federal
Nunca pensó, Alan Greenspan, que la izquierda iba a morir más pronto que tarde.
Justo hace ocho años, unas semanas después del hundimiento de Lehman Brothers, un alto dirigente socialista asturiano me dijo que la salida política de la crisis sería forzosamente por la izquierda.
La orgía de las finanzas americanas, sostenida por las ideas de Alan Greenspan, veinte años al frente de la Reserva Federal, había dado paso a la quiebra de las hipotecas de alto riesgo (subprime), dañando a todas las economías occidentales, primero a EE UU, y luego a Europa.
Unas semanas después ganaba las elecciones Obama y se reunía el G-20 (mezcla de potencias y países emergentes), un foro creado en 1999 que estaba abandonado y la gravedad de la crisis aconsejó reactivar. Unos meses más tarde, en la reunión del G-20 de Londres, con Obama de estrella, se tomaron decisiones contundentes para acabar con la paralización del sistema financiero.
DONALD TRUMP
Esta secuencia vista por un dirigente socialista no dejaba resquicio para la duda: la salida política de la crisis sería por la izquierda. Ocho años más tarde los hechos demuestran que la historia camina en sentido opuesto: Donald Trump toma el relevo de Obama.
El cambio americano vino precedido de una subida de los sufragios de la derecha en Europa y del desplome de la izquierda. En las últimas elecciones legislativas de cada país la extrema derecha obtuvo el 51,8% de los votos en Austria, el 51,5% en Polonia, el 29% en Suiza, el 20,5% en Hungría y el 21% en Dinamarca. Veremos qué ocurre en las próximas elecciones de Francia y Alemania.
A todo ello hay que sumar la respuesta de Gran Bretaña en el ‘Brexit’, cuando la bandera levantada por un exalcalde de Londres le ganó la partida al establishment.
Es probable que a la altura del año 2008 la izquierda tuviera probabilidades de enarbolar una alternativa ganadora, pero no supo hacerlo y le pasó su oportunidad.
Donald Trump será la figura que representará el cambio de ciclo político. No es un giro de la izquierda a la derecha, se trata de un movimiento más amplio, ya que supone la llegada de una derecha radical dejando atrás la política convencional, de la que participaban las izquierdas y las derechas del sistema.
Una derecha radical que comparte con los conservadores la aversión a la inmigración, pero que es pionera en dar subsidios a las familias (Polonia), en ayudar a las pequeñas empresas, o en poner impuestos a los movimientos financieros (Hungría).
POPULISMO
En España, hace algo más de un año que se etiqueta de ‘populismo’ a Podemos, la principal novedad del mapa político nacional. No voy a entrar en la discusión de corto alcance sobre si Podemos es, en el fondo, una formación alineada con la derecha radical, porque las debates esencialistas se pueden acallar por la vía de los hechos: los dirigentes y los votantes de Podemos se consideran abrumadoramente de izquierdas.
Por cierto, este mismo argumento sirve para rechazar la ubicación del PSOE en la derecha, como tantas veces reclamaron los izquierdistas al ver que las políticas de Felipe González o Zapatero coincidían con las de los conservadores europeos. Los dirigentes y votantes del PSOE se reclaman de izquierdas, así que no los movamos de ese espacio político.
Lo cierto es que el nuevo ciclo político estrena coordenadas. La confrontación clásica entre izquierdas y derechas no explica las contradicciones del presente, porque Trump no va a repetir las políticas del Partido Republicano, y los radicales de derechas europeos van a tomar medidas que hasta ahora eran privativas de la izquierda.
A mi entender hay que situar la división política e ideológica entre intervencionismo y no intervencionismo. La derecha radical es fuertemente intervencionista, mientras la derecha y la izquierda convencionales creen mucho más en las fuerzas del mercado, por más que veamos, por doquier, múltiples regulaciones.
En el discurso puramente político, la derecha radical, como el populismo izquierdista (Maduro, Correa, Evo Morales, Alexis Tsipras, Pablo Iglesias), suponen una vuelta de tuerca a la demagogia, ya que la salida nacionalista a la crisis económica es una pura falacia.
Todas las políticas intervencionistas sobre precios, sueldos, aranceles, producciones de bienes, etcétera, acaban en el empobrecimiento de la población. Pan para hoy y hambre para mañana. Jamás hubo una excepción.
El problema está en que la derecha radical y el populismo izquierdista venden esperanza, y la política convencional no ofrece nada. No ofrecía nada Hillary Clinton, ni lo hacen las fuerzas políticas del statu quo europeo.
ESPAÑA
En España, PP y PSOE se ofrecen como la alternativa del mal menor. Su discurso consiste en decir que esto es lo que hay, y fuera de nosotros está el abismo. Con las secuelas sociales que ha dejado la crisis económica, hay mucha gente que no se siente atraída por la política del mal menor, ya que considera que tiene poco que perder.
Asturias no va a poder mantenerse ajena a esta problemática. En todo el debate sobre el estado de la región la esperanza estuvo ausenten de los discursos. Los socialistas, que llevan toda la vida gobernando en la región, deberían comprender que la sociedad exige otras respuestas, así que no hay política más suicida que la del continuismo.
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