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jueves, 3 de noviembre de 2016

Río.- Los mercaderes de la muerte de Brasil

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Edel Rodriguez
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Mientras Brasil pasa por la peor crisis política y económica de que se tenga memoria, resulta difícil culpar a los brasileños por estar distraídos. Sin embargo, hay un tema del que los políticos del país —y los ciudadanos— no están hablando, aun cuando esto podría mancillar la reputación internacional de Brasil como defensor de la consolidación de la paz y la diplomacia: una industria armamentista desenfrenada y su participación en los conflictos mundiales.
El rastro de las empresas de armamento más grandes de Brasil está apareciendo cada vez más en lugares de conflicto en todo el mundo, como en Yemen, donde miles de civiles perecen en una guerra feroz a la que no se le ve fin. Una investigación realizada el mes pasado a Forjas Taurus, el fabricante brasileño de armas de fuego, reveló que la compañía suministraba armamento a un infame líder yemení. Se ha levantado cargos a dos ejecutivos de esta empresa, la cual es la más grande en América Latina, por transferencias ilegales de armas, aunque el caso sigue sin confirmarse. Taurus, involucrado en este caso solo como parte interesada, ha negado que se haya cometido algún delito y asegura que están trabajando para “aclarar los hechos”.
Los detalles de la fechoría de Taurus hacen que parezca una novela de espías. Los fiscales brasileños alegan que Fares Mohammed Hassan Mana’a, un traficante de armas muy conocido y exgobernador en Yemen, desvió un envío de ocho mil pistolas que provenía de Yibuti por el estrecho de Mandeb hasta Yemen. Se cree que Mana’a ha estado apoyando a los rebeldes hutíes en su lucha en contra de un gobierno respaldado por los sauditas y Estados Unidos.
La guerra civil en Yemen ya ha matado a aproximadamente diez mil personas desde inicios de 2015 y ha desplazado a más de tres millones. Estados Unidos, que ha proporcionado apoyo material y logístico para el bombardeo saudita, ha recibido mucha presión para que aclare su participación en esta guerra civil, debido al daño humanitario y al papel cada vez más directo que está teniendo.
Se acusó a los dos ejecutivos de Taurus de negociar una segunda venta de once mil armas en 2015, cuando la Policía Federal de Brasil intervino.
Esta no es la primera vez que armas brasileñas aparecen en el conflicto yemení. A finales del año pasado, algunos investigadores descubrieron municiones y bombas de racimo sin explotar en aquel país; creen que fueron compradas a Avibras Indústria Aeroespacial, una empresa con base en São José dos Campos. Más de 100 países han prohibido fabricar, mantener en reserva y usar estas bombas de racimo, debido a su capacidad para causar daño indiscriminado a poblaciones e infraestructura civiles. Evidentemente, Brasil no es uno de estos países.
Brasil autoriza constantemente ventas de armas a países con antecedentes negativos en cuanto a derechos humanos. El país ha firmado convenios importantes no solo con Arabia Saudita, sino también con Egipto, Libia, Irán, Irak, los Emiratos Árabes Unidos, Zimbabue y docenas de países por todo el Medio Oriente y África, desde 1980. Las empresas brasileñas también han aumentado las ventas de armas “no letales”, como gas lacrimógeno y gas pimienta, además de granadas de conmoción y de humo. Algunas de estas armas han salido a la luz en Bahréin, Turquía y Egipto durante los esfuerzos de la policía para reprimir manifestaciones en favor de la democracia.
Muchos de los fabricantes de armas de Brasil han sido ampliamente subsidiados por el Banco de Desarrollo Brasileño (BNDES). Algunas solicitudes de libertad de información revelan que Taurus recibió 16,7 millones de dólares en préstamos con bajos intereses entre 2008 y 2015. En 2013 solamente, el año en que, según los informes, Taurus vendió las ocho mil pistolas a Mana’a, la empresa se benefició de 10 millones de dólares en préstamos de BNDES. La compañía Brazilian Cartdrige Company, una de los productoras de municiones más grandes del mundo (y accionista mayoritario de Taurus), recibió 2,9 millones en préstamos durante los últimos ocho años. El sector de la defensa de Brasil, excepto la aeronáutica, recibió 70,5 millones en préstamos de BNDES de 2008 a 2015. Actualmente, BNDES está implicado en el escándalo de corrupción más grande Brasil.
Una razón por la que las exportaciones de armas brasileñas están expandiéndose a una velocidad vertiginosa es que el Congreso de Brasil aprobó una ley para promover la innovación y la competencia en el sector de defensa. La legislación también otorga exenciones fiscales importantes a empresas designadas. Ahora Brasil es el cuarto proveedor de armas pequeñas y municiones en el mundo y el segundo en Occidente, después de Estados Unidos.
La realidad es que nadie sabe a ciencia cierta cuántas armas vende Brasil en el mundo ni si lo hace a gobiernos que violan los derechos o a otros agentes. Las políticas de exportación de armas del país son turbias; carecen de la vigilancia y los mecanismos adecuados para garantizar que la gente que usa las armas cumpla con las leyes internacionales.
Aunque los diplomáticos brasileños puedan disentir al respecto, hay comparativamente pocos controles y contrapesos una vez que las armas dejan el país. Esto quizá no sorprenda, dado que la política brasileña sobre armas sigue basándose sobre todo en decretos de la época de la dictadura militar de las décadas de 1960 y 1970.
Para empeorar las cosas, Brasil no ha ratificado el Tratado de Comercio de Armas, o TCA, un acuerdo que firmó en 2013 con gran acogida. Este histórico convenio prohíbe a los Estados transferir armas convencionales —incluidas pistolas como las que fabrica Taurus— a Estados y agentes que representen un alto riesgo de cometer delitos en contra de la humanidad. También exige a los Estados que analicen la probabilidad de que las armas sean desviadas y causen terribles violaciones a las leyes humanitarias, como las que se alega ocurrieron en el caso de Mana’a. A finales de agosto, el TCA logró el voto de un importante comité en la Cámara Baja del Congreso de Brasil, pero la Comisión de Seguridad Pública, dominada por el bloque conservador del congreso, conocido como Bancada da bala, está deteniendo su ratificación.
Brasil se encuentra cada vez más aislado en su posición tanto en el TCA como en lo concerniente a las bombas de racimos. Recientemente en Estados Unidos fue noticia que el último fabricante nacional de municiones de racimo que quedaba, Textron Systems, decidió discontinuar la producción. Textron tomó esta decisión en medio de grandes presiones por parte de organizaciones en pro de los derechos humanos y después de que la Casa Blanca bloqueó un envío de armas a Arabia Saudita. Brasil debería tomar nota.
La falta de ratificación del TCA por parte de este país está haciendo mella en la posición que tiene en la esfera mundial como una potencia de paz, la cual ha construido a través de casi 70 años de participación en las misiones de paz de las Naciones Unidas.
Brasil necesita reformar de manera sustancial su enfoque de exportación de armas. Un buen lugar para comenzar sería la ratificación total del TCA, la implementación de mecanismos de transparencia más rigurosos durante el otorgamiento de permisos y el proceso de exportación, así como un programa estricto para garantizar que las armas no terminarán en malas manos. Las políticas del país son peligrosamente obsoletas y están fuera de control, lo que genera verdadero sufrimiento tanto en Brasil como en el extranjero.
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