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viernes, 11 de noviembre de 2016

Pedro Sánchez, Pablo Iglesias y sus airados bandoleros, al frente del frente para derrocar a Donal Trump. ¿Lo conseguirán?


Le guste o no le guste a los medios de comunicación, a la izquierda de esperma bolivariano, a la belleza enfermiza de Rita Maestre, a la meona de Rita Colau, a la portadora y más representativa caja de dientes madrileña, al homosapo de Iceta, a los etarras de Bildu, al deshecho de maternidad de la CUP, a Puigdemunt y resto de la órbita de Pedro Sánchez.  

Donald Trump ha ganado las elecciones de los EEUU de América que, además esta victoria, solo tiene un efecto,  en lugar de estar gobernada al gusto de mentes compulsivamente "innovadoras" y gaseosas, va a ser gobernada por los conservadores y tradicionalistas que creen que solo Dios, el que todas las mañanas les ilumina,  el genuinamente americano, el Dios que en España serían las tetas de la podemita y lazarilla de Manuela Carmena,  para crear, para procrear, para inspirarse en su trabajo, para ayudar al bienestar de su hogar, para que su país vuelva a ser el más más poderoso del mundo y que el liberalismo es un ""MODELO"" más justo que el intervencionismo aplanador de los demócratas. A eso, no a otra teoría se le llama democracia.

Es conveniente conviene de que el comportamiento antidemocrático y protofascista no consiste en votar a un candidato que nos parece basto, inculto y políticamente temerario, ni en que, al abrigo de los resultados obtenidos, se forme un Gobierno muy conservador para hacer políticas muy conservadoras, sino en insinuar que cuando no gana nuestro candidato se hunde la democracia, se corrompe el sistema, emerge una ciudadanía estúpida, y se pone la historia a caminar hacia atrás. Así que menos salvadores y apocalípticos, y más barriles de tila para asumir la derrota.

El problema existiría si, en vez de haberse equivocado en su libre y legítima elección, el pueblo americano hubiese arremetido contra la Constitución, favorecido el desgobierno, alentado los nacionalismos separatistas e insolidarios, o levantado los controles de un sistema que, habiendo nacido para anular a tiranos y salvapatrias, es el único que supo mantener con éxito una democracia ejemplar y permanente. Precisamente ese es el virus que atormenta a los españoles de buenas costumbres y segador de malas hiervas.  

El socialismo ha muerto, la democracia a su imagen y semejanza está enterrada y más pronto que tarde sus idealistas  serán protegidos por un Dios tipo ameriano. Lo de Trump se puede acabar, en cuatro años, votando a otro diferente; pero el mal prosoviético va a ser más difícil, a menos, que se uticen medios que hieren o matan. Aunque hubiese que llamarle III guerra mundial. 

Y no tiene ninguna gracia que los europeos, a los que se nos ha colado en nuestras cultas instituciones los totalitarismos asesinos fascistas y estalinistas, nos pongamos a darle lecciones a los que jamás dejaron entrar a un dictador en la Casa Blanca, y a los que tuvieron que venir dos veces, con su americanismo ramplón y su sangre generosa, a sacarnos del belicismo obsesivo de nuestros Estados, de las espeluznantes masacres uniformadas, y de los crueles totalitarismos -tan xenófobos y asesinos como melómanos de Wagner y de Verdi- que fueron jaleados y aupados por masas enardecidas y votantes abducidos.


Lo de Trump se puede acabar, en cuatro años, votando a otro candidato. Pero la enfermedad contagiosa vuelve a estar en Europa, donde la UE carece de un sistema de contrapesos que frene a los separatistas, xenófobos y nacionalistas que hacen de Donald Trump un angelito. Y donde los glamurosos ciudadanos de Milán, París o Berlín siguen coqueteando con encastillarse otra vez en sus inviables y belicosos Estados. Pero, como aquí ya no se lee el Evangelio, hemos olvidado que es más fácil ver una paja en ojo ajeno que un avión en el propio. Una verdadera estupidez no haber caído los españoles que la política barata ya no se lleva. Tecnócratas, empresarios y justicia dura  a la altura de su demanda.  
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