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jueves, 3 de noviembre de 2016

Los principales muralistas y la belleza sutil del arte mexicano se exhiben en ‘Paint the Revolution’

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"Liberación del peón" (1931) de Diego Rivera, en “Paint the Revolution: Mexican Modernism, 1910-1950”, en el Museo de Arte de Filadelfia.
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2016 Banco de México Fideicomiso de los Museos Diego Rivera Frida Kahlo, Ciudad de México/Artists Rights Society (ARS), Nueva York; Museo de Arte de Filadelfia
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FILADELFIA — ¿Política o belleza? Hay que elegir. La sabiduría popular dice que no van de la mano. Sin embargo, Paint the Revolution: Mexican Modernism, 1910-1950 en el Museo de Arte de Filadelfia argumenta lo contrario, aunque con reservas. Esta exposición es el primer intento en siete décadas en Estados Unidos de abordar las contradicciones del arte político mexicano a principios del siglo XX (el último intento también fue en este museo). La muestra incluye obras de los más importantes muralistas, pero también incluye imágenes tan hermosas como románticas.
Organizada en conjunto con el Museo del Palacio de Bellas Artes de Ciudad de México, a donde viajará en febrero, la muestra se centra en los pioneros del movimiento mexicano en busca de un nacionalismo artístico, que sigue la cronología de los acontecimientos revolucionarios. En 1911, el presidente mexicano Porfirio Díaz, fue derrocado. Díaz había mantenido la paz durante décadas al consentir a la élite, enriquecer al ejército y tratar a los pobres (es decir, a casi todos los demás) como basura. Por fin, la basura dijo basta y todo cambió, incluyendo el arte.
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"Ciudad de México" (1949), de Juan O'Gorman
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2016 Juan O’Gorman/Artists Rights Society (ARS), Nueva York, vía SOMAAP, Ciudad de México; Acervo Conaculta-INBA, Museo de Arte Moderno
Los cambios iniciales parecieron mínimos. En el gobierno de Díaz prevaleció el gusto cultural europeo, el mismo que perduró durante un tiempo tras su partida, si bien con toques de sabor mexicano, de mexicanidad. Un ejemplo de ello son las pinturas de textura suave de Saturnino Herrán en las que retrata a campesinos y las obras de juventud de David Alfaro Siqueiros, alrededor de 1913, aunque las imágenes no muestran indicios de la violencia que estaba haciendo pedazos al país, mientras líderes rebeldes como Emiliano Zapata y Pancho Villa luchaban por el control del país.
Sin embargo, el arte pronto comenzó a reflejar la realidad. En 1914, Francisco Goitia producía escenas de terror que mostraban las atrocidades que decía haber visto en los campos de batalla. José Clemente Orozco trató de superar a Goya en caricaturas periodísticas grotescas. Diego Rivera manifestó su apoyo a larga distancia, desde París, con el cubismo de acento mexicano. Gerardo Murillo, agitador vanguardista desde la época de Díaz que se hacía llamar Dr. Atl, adoptó una radical postura nacionalista con un autorretrato en el que su cabeza se funde con una imagen del volcán más activo de México.
Para 1921, la carnicería había disminuido bastante. Era tiempo de hacer limpieza y organizarse, de transformar la revolución de un evento pasajero a una institución. El arte era una buena parte del plan. La pintura mural, de dimensiones espectaculares y atrevidas, se designó como la forma oficial de arte y tres artistas obreros, Orozco, Siqueiros y Rivera (quien regresó ese año de París), eran sus estrellas.
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“Autorretrato en la frontera entre México y Estados Unidos” (1932), de Frida Kahlo
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2016 Banco de México Fideicomiso de los Museos Diego Rivera Frida Kahlo, Ciudad de México/Artists Rights Society (ARS), Nueva York; Museo de Arte de Filadelfia
Para mucha gente, ellos son el modernismo mexicano: tres gigantes que dialogan entre sí desde la cima. Para hacer honor a esa condición, ocupan mucho espacio en esta exposición, entre pinturas, dibujos y grabados. No obstante, además de un par de murales portátiles de Rivera, y algunos relieves murales de Siqueiros, el arte de escala arquitectónica por el que se les conoce solo aparece en proyecciones digitales. No es de sorprender. Los originales se encuentran en Ciudad de México y sus cercanías, pero hasta en reproducciones logran transmitir su dinámica intimidante. Se trata de arte político evangelizador, diseñado para subyugar, para verse sobrehumano, nos desconcierta para que creamos en su visión. Este arte sacó a empujones de los libros de historia casi toda otra forma de arte de la época.
Pero hubo otro tipo de arte. En 1921, el mismo año que Rivera regresó para reclamar la corona del hijo pródigo, el gobierno mexicano inició un programa educativo para escuelas primarias en todo el país. El artista e historiador de arte Adolfo Best Maugard fue quien diseñó el programa, que combinaba elementos de abstracción europea y arte indígena reciente y antiguo, y que además era práctico.
Best Maugard había estudiado artefactos etnográficos con el antropólogo alemán Franz Boas. Su propia enseñanza se basaba en motivos lineales, grecas, círculos, entre otros, inspirados en fragmentos de alfarería precolombina. A partir de estas formas primigenias, los niños, independientemente de su formación cultural o nivel educativo, podían componer imágenes de todo tipo; Best Maugard los alentaba a echar a volar la imaginación y a ser originales. Podían crear su propio modernismo, con base en fuentes muy antiguas.
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“La piedad en el desierto” (1942), de Manuel Rodríguez Lozano
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Manuel Rodríguez Lozano, Museo del Palacio de Bellas Artes, INBA
La muestra incluye un autorretrato que Best Maugard pintó en 1922. Esbelto y de facciones finas, se le observa en un saco de tweed, con el bigote muy recortado. Sostiene una pluma con soltura en una lánguida mano izquierda. Su estilo personal es exactamente lo opuesto del tipo de superhombre despreocupado que acapara el espacio de Rivera. Lo mismo ocurre con su arte. En el autorretrato, posa ante un paisaje urbano que se asemeja a una pila de cajas de dulces. Una pintura anterior de una bailarina tiene dosis iguales de arte folclórico mexicano, kitsch orientalista y revista de modas. Es como el movimiento artístico estadounidense Pattern and Decorationanticipado a su tiempo. Pintó como si la Revolución mexicana no hubiera existido o como si su contraparte muralista nunca lo hubiera hecho.
En 1924, el apoyo estatal a su método de enseñanza se acabó. Es fácil imaginar a un grupo de evaluadores gubernamentales observando las delicadezas pictóricas emanadas de los salones de clase y pensar: “¿Este es el camino que queremos que tome el arte nacional?”. Sin embargo, para aquel entonces el acercamiento cosmopolita e ideológicamente sutil de Best Maugard al arte revolucionario ya había incitado a que otros le hicieran competencia a la pintura mural.
De nuevo en 1921, ese año de tantos acontecimientos, el poeta Manuel Maples Arce cubrió Ciudad de México con carteles que anunciaban el nacimiento de un movimiento cultural. Inspirado por el dadaísmo y el futurismo europeos, rechazó un arte nacionalista basado en imágenes de campesinos y obreros en pro de uno alimentado por el ruido y la velocidad de la ciudad. El nombre que le dio al movimiento, —estridentismo— captura su tono polémico, aunque buena parte de las imágenes urbanas que produjo son extrañamente oscuras y apagadas.
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"Niña muerta" (1938), de Juan Soriano 
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Juan Soriano, Museo de Arte de Filadelfia
De manera simultánea a este impulso vanguardista hubo otro, cuyo nombre se tomó de un periódico llamado Contemporáneos. Más que un movimiento, fue una red de artistas y escritores con un pensamiento compartido, que vinculó la visión de que el arte era un fin por sí mismo y no debía tener vocación política. El grupo fue denigrado por muralistas y estridentistas por considerarlo contrarrevolucionario, y los ataques se volvieron personales.
Un miembro que sobresalió de entre los contemporáneos, el escritor Salvador Novo, era un hombre abiertamente homosexual, lo cual era extraño en la época. Por lo menos dos de sus principales pintores, Abraham Ángel y Manuel Rodríguez Lozano, eran amantes. Las artistas, que incluían a la maravillosa María Izquierdo, eran esenciales para la red. Los críticos eligieron la política sexual como línea de ataque. Una pintura titulada Los paranóicos de Antonio Ruiz retrataba a los hombres contemporáneos como dandis cojos de piernas de goma. Rivera publicó una pieza que todo mundo leyó titulada “Arte Puro, Puros Maricones” y repitió los insultos en público.
En resumen, el mundo del arte político modernista en México, aunque incluyente en teoría, era más bien como un nido de víboras. El Dr. Atl, una fuerza cultural antes del inicio de la Revolución, acabó haciendo proselitismo a esquemas nietzscheanos de gobierno desde arriba. Al caminar por la exhibición, el golpeteo del propósito ideológico se vuelve ensordecedor. Uno comienza a desear un respiro.
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"Zapata" (1931), de David Alfaro Siqueiros
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2016 David Alfaro Siqueiros/ Artists Rights Society (ARS), Nueva York/SOMAAP, Ciudad de México; Museo de Arte de Filadelfia
Y lo encuentra: en las naturalezas muertas religiosas, sin temor a la devoción, de Izquierdo; en la pintura mortuoria de Juan Soriano del cadáver de una niña rodeada de un coro de manos que oran; en el fresco de Rodríguez Lozano de lo que bien podría ser una Piedad homosexual (Ángel, su pareja, había muerto a los 19 años); en la asombrosamente compleja visión de matrioska de Ciudad de México de Juan O’Gorman y en la pintura tamaño mural, Homenaje a la raza india, que Rufino Tamayo pintó en 1952, con aquella figura mulata única y escultural, cuyo primer plano ocupa una canasta de flores sobrenaturales color rojo intenso.
Además está Frida Kahlo. Nadie la volteó a ver hasta los ochenta; después todos lo hicieron y ella se perdió en el cliché. Es maravillosa, se gana cada guiño de atención que se le ha dado aquí.
Hay cinco obras suyas en la exhibición, que curaron Matthew Affron y Mark A. Castro del Museo de Filadelfia; Dafne Cruz Porchini, del Colegio de México y Renato González Mello de la Universidad Nacional Autónoma de México. La obra más temprana, un autorretrato de 1926 como una joven enamorada, es convencional. Uno más pequeño de 1932, Autorretrato en la frontera de México y Estados Unidos, no lo es.
En este, Kahlo hace equilibrio sobre un muro entre dos zonas difíciles: el reino del metal sin vida de las luces de vigilancia, las fábricas y el progreso de un lado, y un paisaje orgánico de decadencia antigua y flores tropicales del otro. No hay duda de cual prefiere. Ya eligió, fue fácil, no se ve preocupada en absoluto. A manera de celebración, sostiene un cigarro en una mano y una banderita mexicana en la otra y viste unos guantes blancos a la altura de los codos y uno de los vestidos rosas con volantes más bonitos del mundo.
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