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sábado, 26 de noviembre de 2016

Lógico y como medio mundo esperaba, Fidel Castro ha muerto o murió.

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Como tantos y todos, Fidel Castro, murió. No era inmortal.  Durante años y años tantos esperaron —y tantos temieron— la muerte de Fidel Alejandro Castro Ruz como el momento en que todo cambiaría en su país. Ya es tan tarde que es probable que no: que los cambios más visibles sean simbólicos. Él mismo, a esta altura, ya era un símbolo. Se discute de qué; yo creo que Fidel Castro simboliza el fracaso más brutal de aquella idea de revolución que también simbolizó.

Sesenta años son sesenta años son sesenta años. Es difícil pensar sesenta años. Para mí, por ejemplo, son todos menos uno; para muchos lectores son más que los que cuentan. Para el mundo mundial es el tiempo que corrió entre los tocadiscos de 78 rpm y la informática hipercomunicada, pasando por la aparición de la píldora anticonceptiva, el rock and roll, el hombre en el espacio, los transplantes de órganos, la televisión a color, el fútbol por televisión, la ingeniería genética, la amenaza ecológica, el matrimonio homosexual, la caída soviética, el liberalismo triunfante, la unión europea, el boom chino, los coches sin chofer, las muertes de Marilyn Monroe, Kennedy, Churchill, Guevara, De Gaulle, Perón, Franco, Mao, Reagan, Thatcher, Mandela, Picasso, Miró, Bacon, Lennon, Marley, Sinatra, Jackson, Cortázar, Borges, García Márquez, Hitchcock, Fellini, Brando, Gassman, Hepburn, Bergman, Sartre, Beauvoir, Sontag, Lacan, Foucault y unos miles de millones más.


Hace sesenta años África era colonias; hace sesenta años no había un avión que pudiera volar de Buenos Aires a Madrid. Hace sesenta años exactos, día por día, Fidel Castro y sus 81 compañeros se embarcaban en ese bote llamado Granma para empezar la aventura extraordinaria que los llevaría, dos años después, a entrar victoriosos en La Habana, la ciudad cuyo lema es, premonitorio, “Siempre Fidelísima”.

Esa cruzada convirtió a Castro en el jefe indiscutido de su país durante 47 años; cuando no pudo más se lo dejó a su hermano. Es raro pensar que en un mundo donde casi todo se ha movido tanto hay un país —un solo país— que tiene el mismo gobierno hace más de medio siglo. Es difícil encontrar algo más inmóvil, mejor conservado. Y todo en nombre del cambio por excelencia: de la Revolución.

El balance es cruel: aquellos militantes quisieron producir una sociedad “revolucionaria”, capaz de sacudirse la opresión y valerse por sí misma, e hicieron exactamente lo contrario: armaron una en la que confían tan poco que nunca le permitieron gobernarse. Si en más de medio siglo no construyeron una colectividad que pudiera crear sus propios mecanismos, cambiarlos, mejorarlos, su fracaso es profundo.

Y hubo un día en que ese fracaso se hizo chiste triste. Hace doce años Fidel Castro se cayó en un acto y se rompió el brazo y la rodilla; cuando lo iban a operar —dijo el parte oficial— el comandante “explicó a los médicos que dadas las circunstancias actuales era necesario evitar la anestesia general para estar en condiciones de atender numerosos asuntos importantes”. De esa manera, seguía el parte, “todo el tiempo continuó recibiendo informaciones y dando instrucciones sobre el manejo de la situación”.

Era patético: un señor mayor que había mandado tanto y no podía darse el lujo de relajarse —en una mesa de operaciones— dos o tres horas para que lo curaran; un señor mayor que creía que, en 45 años, no había conseguido organizar un gobierno y una sociedad que pudieran vivir sin él esas dos o tres horas. Fidel Castro en esa camilla fue la peor refutación de esa idea socialista de que no son los hombres aislados sino los pueblos los que hacen la historia: un caso de individualismo exacerbado.

Y ahora se ha muerto: la discusión arreciará. Las necrológicas más entusiastas ya resaltan que fue el líder de una pequeña isla que se opuso al gran poder —“al imperialismo”— norteamericano. Es cierto, y no es poca paradoja que un “internacionalista” de armas tomar termine siendo recordado por una gesta nacionalista.

Las necrológicas también insisten en que fue el líder y modelo de tantos movimientos latinoamericanos; muchas evitan aclarar que fueron, todos ellos, carísimos fracasos. Y se detienen en su condición de hombre frugal, que vivía espartano y no acumuló nada; hoy, cuando la corrupción es la vara de medida más común, ese elogio parece decisivo. Se diría que —a diferencia de tantos políticos actuales— Castro no se aferró al poder por apetencias personales. Era sólo que creía que sólo él podía hacerlo: el mejor ejemplo de esa “tentación de sí mismo” que tan afanosos le imitaron los demás jefes de la supuesta izquierda latinoamericana.


Por eso algunos intentan exaltar su modestia: subrayan que no le puso su nombre a una escuela ni un hospital ni una calle en todo Cuba. Parece un chiste malo, como esa estantería en una librería de La Habana que anuncia “diversos política” para mostrar diez o doce libros sobre diversos temas políticos… firmados todos por el comandante difunto. Parece un chiste malo cuando uno camina por las calles de cualquier ciudad cubana —esas calles de edificios destruidos, donde el ícono por excelencia son los coches que los americanos abandonaron en su huída, donde es más difícil que en cualquier otro lugar del mundo conectarse a internet— y ve esos paneles gigantes que dicen “Fidel entre nosotros” y lo muestran en fotos y dibujos. Parece un chiste casi tan malo como ese que comprueba que la discusión sobre Castro arderá en todo el mundo. Salvo en Cuba, donde cualquier disenso puede costar caro.
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