Sigue el blog por EMAIL. Seguir por EMAIL

martes, 1 de noviembre de 2016

La estrategia de Pedro Sánchez para hacerse con el mando del PSOE. Todas las puertas se le cierran.



Pedro Sánchez se ha propuesto salvar el PSOE. No hay mucho tiempo, ¡rápido, rápido! Sale propulsado de su casa a las once y media de la mañana. Un poco tarde, ¿verdad? Nada más lejos. Lleva con los ojos abiertos desde las cinco, momento en que se actualizan las portadas de los diarios 'online'. Lee con avidez los comentarios que ha despertado su entrevista en Salvados-Bala-de-Plata. La prensa digital al completo está con él. Una piña de clics. Y se inscriben manadas de simpatizantes en su web y aúllan bajo la luna.

Hay que defender la verdad contra los tentáculos de la mentira. Dispuesto a cortarlos se va derecho al despacho de Cebrián. Penetrar en este recinto, ¡nada más fácil! Le hacen esperar en una silla de madera sin respaldo, no le ofrecen ni un café. Pero ha pasado tanta hambre y tanta sed en dos años de ejecutiva socialista que se ha hecho inmune a los gestos desdeñosos. En aquella época, Susana pasaba riéndose a carcajadas por su lado. Él sonreía, podía haber fotógrafos cerca. Pensaba en degollarla. Así que las dieciocho horas de espera en Prisa corren mientras su cabeza diseña una estrategia tras otra. Finalmente, sale la secretaria a decirle que Cebrián ha tenido que salir por la otra puerta del despacho. ¡Cobarde! Las luces del edificio ya están apagadas.

Se propulsa hasta el despacho de Escolar, repiquetea en el de Cardero, llena de post-its la puerta del de Maraña y tiene tiempo de enviar un amigo suyo al de Pedro J. Los directores de diarios le mandan de vuelta notas animosas, palabras de aliento, le aseguran que un día de estos van a escribir algo potente para ayudarle. Del amigo que envió donde Pedro J no hay rastro.

El coche relincha y da coces por la autopista. Despeñaperros es el verdadero Rubicón del nuevo socialismo. En un instante se ha plantando con sus huestes delante de Susana. No ha hecho falta derribar la puerta del cortijo. Allí dentro, la lideresa sigue riéndose a carcajadas con la boca muy abierta. Entre los dientes se ven los trozos de la pernera del pantalón con el que Sánchez salió del Comité Federal. Tiene miedo, pero levanta la voz:

-¡Silencio!
Luena aparece a su lado:

-¡Haga el favor de dejar de reírse a carcajadas, compañera!
Antonio Hernando, arqueando la espalda, suelta un bufido de gato con hidrofobia. Cuando parece que Díaz va a decir algo, las palabras salen disparadas de la boca de Sánchez. ¡Y vaya palabras! La pone hasta arriba de epítetos ingeniosos y la sepulta en insultos de la militancia. Maldice a los barones, los acusa de enchufistas y de murmuradores. Los nombres de los jeques del Ibex que no se atrevió a pronunciar con Jordi Évole vuelan ahora como metralla en todas direcciones. Díaz:

-¡No pronunciaráh en vano er nombre de los dioseh!
Levanta un dedo. Sánchez lo agarra y tira con fuerza de él. La socialista tiembla como la pata de una araña. Palidece. Termina suplicando a Sánchez que le suelte el dedo. Madina tira de su chaqueta con las dos manos.

A Felipe González lo encuentra postrado, semidesnudo en la oscuridad. Las ubres se derraman sobre la barriga redonda y dura, todo en él es blanco y rosa, está lento de reflejos. Sánchez lo azota con juramentos. Guerra no se atreve a ayudarlo. Hasta Ibarra hace el 'moonwalker' y desaparece por la rendija de una puerta. La masa gonzálica se tambalea, dirige unos ojos húmedos a la ventana como si aspirase a saltar por ella pero no encontrase ánimos para moverse.

-¡Tú ya no nos representas, Felipe, las élites te han dejado fofo! -chilla Sánchez pinchándole los michelines con el dedo.

Es prodigioso lo que ocurre a continuación. González, mansamente, baja la cabeza y se queda dormido sobre su propia masa corporal. Parece comprender que su tiempo ha pasado. Cuando sale de la madriguera, una agrupación socialista tras otra le jura su apoyo. Entre ellos están Pablo Iglesias y Errejón, que se miran conmovidos y le prometen que le aplaudirán a él más que a los independentistas. Alberto Garzón le jura que, en el fondo, siempre lo consideró un igual.
-¡Un maestro!
-¡La inspiración!
-¡El único!

Cuando Sánchez vuelve a casa hay 80 mensajes en el contestador. Pulsa un botón y oye el primero. Es Dios quien le habla y también está de su lado. Le dice que vencerá todos los obstáculos. Sánchez se las ingenia para darle a Dios una respuesta que ni siquiera Dios esperaba oír. La risa divina resuena llenándolo de satisfacción. Es un misterio de dónde sale todo este talento. Le recuerda a esos sueños en los que se libera de la gravedad y el peso y la torpeza desaparecen.
Publicar un comentario