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lunes, 7 de noviembre de 2016

El Populismo de Podemos solo se abate con la Ley que corresponda a cada caso.


El nuevo Gobierno reproduce lo fundamental del anterior y ha reafirmado la confianza de Rajoy en la capacidad técnica de la vicepresidenta, a la que ha encargado la política interior en lo que se refiere a la organización territorial del Estado, incluido el problema independentista catalán. Habrá que ver si nace con la fecha de caducidad que algunas opiniones le han adjudicado. No resulta inverosímil admitir que pueda sortear apremios presupuestarios y demás compromisos con la Unión Europea. Desde el poder existen recursos para lograrlo. Más difícil será llegar a acuerdos que aspiren a una gran estabilidad. Y es que, en el fondo, nos encontramos ante una etapa muy diferente a las anteriores de un Gobierno con insuficiente respaldo parlamentario.
Superada la interinidad, sería conveniente reflexionar sobre este contexto histórico. Hace falta tiempo. No tanto el que se pide en el baloncesto como el de la naturaleza, también con el cambio climático: tiempo para sembrar, para cosechar, para recoger; para construir y reconstruir. Lo precisa el PSOE para autodefinir su posición en el tablero político. No es cuestión de mera táctica o estrategia, sino ideológica, como fue la de abandonar el marxismo con Felipe González. Una decisión que podría llevar a consecuencias prácticas en los actuales compromisos de poder adquiridos. También el PP. Sería un error quedarse en la superficialidad de las cifras macroeconómicas, por valiosas que sean. El surgimiento de Podemos, como el de otros populismos, obliga a reflexionar. ¿Qué ha favorecido esos fenómenos? Los hay de izquierdas, el comunismo metamorfoseado de Iglesias y Tsipras; de derechas y conservadores, incluso mezclados, como sucedió en el brexit. En todos, y la irrupción de Trump es un caso significativo dada su adscripción política, hay un rechazo al funcionamiento del sistema, identificado como establishment,élites o casta, los de arriba y los de abajo. Cualquiera que sea el resultado de las elecciones americanas, lo llamativo merecedor de reflexión es cómo el candidato republicano ha llegado a tener tamaño apoyo popular.
Siempre el comienzo de los populismos tiene su caldo de cultivo en una crisis y las repercusiones sociales que genera. En esos momentos claves suele aparecer una suerte de mesías que cataliza los padecimientos del pueblo, de la gente. Es suficiente recordarlos para alimentar el conflicto y conducirlo contra quienes lo han causado, algo menos comprometido que proponer soluciones en las que dominan, cuando se hacen, la retórica y la demagogia, en las que subyace la ideología de una ciudadanía subsidiada y dependiente. No puede, sin embargo, ignorarse la base en que se sustenta: comportamientos éticos criticables en el sistema financiero, incremento de desigualdades dentro de la sociedad, casos de corrupción en los políticos. En el terreno de la ideología está planteada la confrontación, a desarrollar conforme a principios democráticos que la Constitución procura.
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