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viernes, 11 de noviembre de 2016

El Cuarto Poder confunde al mundo. Una noticia, mil manipulaciones.

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No es la primera vez que escribo que el buen periodismo no es el cuarto poder sino un contrapoder. No obstante, la prensa es, con demasiada frecuencia, un instrumento al servicio del verdadero cuarto poder: don Dinero. Quien se sorprenda de ello es un ingenuo o un cínico, como Pedro Sánchez. Sus revelaciones a Jordi Évole no por verosímiles dejan de ser intencionadas: son el contrataque kamikaze de un ángel caído al que cortaron las alas sus iniciales valedores (políticos, mediáticos y económicos) porque quiso volar libre; ahora se apresta a reconquistar el trono perdido intentando atraer a su causa a los enemigos de sus enemigos presentándose como san Pedro bueno mártir.
Ryszard Kapuściński advierte que «los medios de comunicación son los más manipulados porque son instrumentos para determinar la opinión pública». El reportero polaco admite que «hay cientos de maneras de manipular las noticias y sin decir mentiras». Una manera es omitir un tema. «Si no hablamos de un acontecimiento, este, simplemente, no existe», pues «los temas principales que dan vida a las ‘noticias del día’ deciden qué pensamos del mundo y cómo lo pensamos», como reflejan los barómetros del CIS y las encuestas preelectorales, que pueden acabar condicionando nuestro voto.
Como apunta Joan Francesc Cánovas, periodista y profesor de la Universidad Pompeu Fabra, los medios de comunicación se han convertido en colaboradores necesarios de las clases dirigentes para que puedan alcanzar sus objetivos y, por tanto, en actores fundamentales en la generación de opinión pública. Cánovas prologa el ensayo ‘¿Qué es la democracia?’, basado en el pensamiento del sociólogo alemán Jürgen Habermas. En él, la periodista Sol Bilbao analiza «cómo la existencia o no de democracia en un sistema político es consecuencia del tipo de opinión pública que se desarrolla en la sociedad».
Habermas distingue dos tipos de opinión pública: la ideal o paradigmática y la manipulativa. La primera es un requisito indispensable de la democracia y es una instancia crítica: los ciudadanos mantienen una comunicación racional, abierta y transparente con los representantes de las instituciones en la búsqueda de soluciones consensuadas para las cuestiones de interés general. La segunda es una instancia receptiva: los ciudadanos aislados no pueden entablar un diálogo real con los instalados en la «notoriedad pública» (las clases dirigentes), que solo buscan su aclamación, ya que utilizan una divulgación manipulativa de mensajes para reforzar su posición dominante.
Al ser los principales creadores de opinión pública, el estado de los medios es un preciso termómetro para comprobar la salud de nuestra democracia. A medida que la información deviene en un gran negocio, los medios mutan en empresas corrientes que ante todo pretenden ganar dinero y son presa de intereses ajenos que tratarán de influir sobre ellos, sea vía publicidad o entrando en su accionariado. Así, como dice Bilbao, «las manos privadas poseedoras de los medios se configuran como grupos de poder particulares, aglutinando a su vera intereses políticos que responden al reclamo publicitario» y «los intereses privados cobran relevancia política». Los medios pasan a ser fabricantes de una opinión pública manipulativa, legitimadora del Poder. Por ende, la concentración de los medios en cada vez menos manos refuerza las tendencias oligárquicas y socava la opinión pública crítica, garante de la auténtica democracia.
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