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viernes, 11 de noviembre de 2016

EEUU vs Spain

Aduciendo excusas de mal pagador, hay quien argumenta que el triunfo de Donald Trump, flamante presidente de Estados Unidos, obedece a que le votaron los hombres de raza blanca e incultos. ¿Habrá quien apueste por cambiar la principal regla de la democracia, aquella que establece que el voto de cada ciudadano tiene el mismo valor, y prefiera sistemas electorales restringidos propios del siglo XIX? Trump ganó porque el 3 % de las papeletas que tradicionalmente iban al partido demócrata giraron hacia el republicano y porque Hillary Clinton hizo una campaña electoral nefasta, centrada en rebatir las barbaridades que sobre negros, emigrantes, mujeres y musulmanes verbalizó el hombre que se siente favorecido con un tupé amarillo.

La mujer del expresidente Clinton se olvidó de lanzar una propuesta social que arropase a aquellos ciudadanos que fueron despojados de su casa y de su trabajo. Y también se olvidó de diseñar una medida que convenciese a aquellos que viven peor que sus padres, que observan cómo sus hijos no tienen futuro e, incluso, que advierten cómo su esperanza de vida se ve reducida respecto a generaciones precedentes.
El error más grave de Clinton fue no entender que las miles de personas que la globalización ha dejado en la cuneta exigen otra política. Estos perdedores son los que votaron a Trump, y él, difamando a los ciudadanos norteamericanos de raza negra y a las clases más humildes llegadas al país desde América Latina, prometió lo que ninguno de sus contrincantes había prometido: los EE.UU. serán lo primero.
Cueste lo que cueste. Por altos y largos que sean los muros que haya que construir, por duras que sean las leyes de extranjería que haya que promover y por elevados que sean los aranceles a las importaciones que haya que poner. Esto fue lo que gritó y sus recetas sirvieron como afrodisíaco. Después bastaron una papeleta y una urna para que el erotismo del magnate Donald Trump hiciese de las suyas entre las clases menos atractivas del país desde el punto de vista intelectual. El millonario deslumbró a los que se quedaron en paro por el cierre o el traslado de sus grandes fábricas, a los que odian la burocracia de Washington y a los que están hartos de que sus estadistas no se preocupen nada más que de ellos mismos.
Los efectos de la globalización ya los vio claro el que en el 2001 era presidente de la Reserva Federal, Alan Greenspan, quien se preguntaba cómo era posible que el país creciese a un ritmo del 4 % mientras la inflación se encontraba en el 2 %. «Seamos honestos -vino a decir-, la incorporación de 1.300 millones de trabajadores al mercado mundial ha hecho que bajen los salarios y también los derechos sindicales».
Como un terremoto, el auge del populismo se replica en países como el Reino Unido, Francia, Italia, España y Holanda. Cada vez con más fuerza -y si el brexit se entendió como una bofetada-, la victoria de Trump se interpreta como una patada en la boca del estómago. ¿Qué hacen mientras tanto las élites? Nada. No escuchan. No se inmutan. Ni tampoco se preocupan de aquellos potenciales votantes que fueron despojados de derechos sociales y laborales y no tienen para comer. Las élites actuales no miden la desesperanza de la población. Con su actitud, insinúan que solo les interesa tener un sillón de una gran institución en el que sentarse. Nada más. ¿Cuáles serán las consecuencias? Trump seguirá dando el espectáculo, que frenará la todopoderosa maquinaria estatal, mientras Europa se desmorona ante unos políticos que solo se preocupan de mostrar su erotismo social.
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