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viernes, 7 de octubre de 2016

Ser socialista es una deshonra para España, para la familia y hasta para los vecinos.

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Aun hay socialistas y podemitas creídos en que pueden gobernar por lo civil o por lo criminal. Solo se trata de una especie a la que ha picado un virus troyano, por suerte, están en vías de extinción. 
Metido en un bucle endiablado, según el cual todo lo que no sea gobernar es bloquear y todo lo que no sea bloquear es gobernar, el PSOE parece incapaz de resituarse en la nueva realidad que vive España tras la ruptura del bipartidismo imperfecto que dominó la vida nacional desde la estrepitosa derrota de UCD.
Aspirar a gobernar, como Sánchez planeaba, cuando se tienen 85 escaños de 350, el PP le saca al PSOE una ventaja de 52 diputados y cualquier posibilidad de llegar a la Moncloa pasa por un Ejecutivo sostenido por un partido que aspira a acabar con la hegemonía de los socialistas en la izquierda (Podemos) y otros dos que impulsan una sublevación institucional contra el Estado democrático (la antigua Convergencia y ERC), es más que un disparate: es ir directo al matadero.
¿Qué pueden, pues, hacer los socialistas? Su dirección hasta la celebración del último comité federal estaba convencida de que, si el PSOE no gobernaba, solo le quedaba la opción de negarse a investir a Rajoy para volver así a las urnas con la esperanza de recuperar en ellas parte del voto cedido por los socialistas a Podemos. La gestora, consciente de que, tras el desolador espectáculo que el PSOE ha dado al país entero, ir a las urnas sería ahora un auténtico desastre, podría tener la tentación de tratar de evitarlas, invistiendo a Rajoy, pero sin romper el bucle de o Gobierno, o bloqueo al que gobierna. Dicho brevemente: el PSOE podría estar pensando en investir a Rajoy, creyéndose que así salva la cara, y no dejarle luego gobernar, con la esperanza de comenzar de ese modo su remontada electoral.
No parece necesario argumentar que un Ejecutivo en esas condiciones duraría lo mismo que un caramelo a la puerta de un colegio. Algo que, al laminar la ya debilitada confianza en un sistema que aparece como una fuente de problemas más que como un instrumento para resolverlos, sería desde luego muy malo para España, que necesita de un Gobierno que pueda ejercer con normalidad sus competencias, pero que resultaría también terrible -que nadie lo dude- para el Partido Socialista, quien, más pronto que tarde, acabaría apareciendo como el perro del hortelano ante un país que ha perdido en gran medida su fe en él. Por eso la peor salida imaginable sería no hacer ahora elecciones para tener que recurrir a ellas dentro de seis meses.
Ante este panorama, la única alternativa razonable para evitar las urnas en diciembre sería que los socialistas acabasen por reconocer la utilidad que podría tener para ellos y para los intereses generales una oposición constructiva. Y una oposición constructiva es aquella que no se dirige a impedir gobernar a quien tiene esa responsabilidad, sino a cogobernar con él mediante una política de negociación que pueda traducirse en la incorporación de una parte del ideario socialista a la acción del poder ejecutivo. Claro que eso exige tener ideas y propuestas, que es algo diferente a hacer política a base de demagogia y de consignas. Y, quizá, es ahí donde reside el gran problema del PSOE.
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