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viernes, 14 de octubre de 2016

Nacionalismo es terrorismo a la carta

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El espíritu de discordia de los nacionalismos ha lastrado tanto la convivencia en la España democrática que en 1977 comenzamos a construir con gran esfuerzo. El punto de partida de esa auténtica locura, que no ha hecho otra cosa que crecer en los cuarenta últimos años, ha residido en un alegato político falso de toda falsedad: la afirmación nacional de territorios que jamás existieron como unidades de tal naturaleza y la paralela negación del hecho histórico de España, una realidad como Estado-nación sencillamente incuestionable.
Esa brutalidad solo asumible desde un sectarismo identitario que tiene mucho de enfermizo, está en el origen de todos los despropósitos y absurdos que no pocos, metidos en un torbellino de sentimientos encontrados, han llegado a contemplar en España como algo natural: el último, la decisión del Ayuntamiento de Badalona, gobernado por Podemos y la CUP, de no respetar la Fiesta Nacional y su consiguiente desobediencia a las taxativas órdenes de un juez ordenando cerrar las dependencias municipales ese día.

Esa reveldía municipal, que se sitúa en la línea de la sublevación institucional de un independentismo catalán apoyado sin fisuras por todos los nacionalismos periféricos, no es más que la culminación de la política de construcción nacional de Cataluña que, como las del nacionalismo gallego, vasco o valenciano, presenta otra cara inevitable para el logro de aquel fin: la descabellada pretensión de desnacionalizar España, rechazando del paso el intento de construir un sistema autonómico que combina unidad y pluralidad.
Por eso a los nacionalistas no les ha bastado con la oficialidad de las banderas de Galicia o Cataluña y se han sacado de la manga la de la estrella roja y la estelada; por eso rechazan el Día de Galicia y afirman el de la Patria Galega; por eso Galicia y Cataluña deben desaparecer para dar paso a Galiza y Catalunya; por eso la Diada se ha convertido en la fiesta de los independentistas; y por eso, antes que nada y sobre todo, la defensa de las lenguas vernáculas allí donde existen se ha planteado por los nacionalistas como una acometida agresiva e intransigente para acabar con la lengua común a toda España. ¿Es casual que en el único lugar -el País Vasco- donde los nacionalistas no han rechazado los símbolos de la autonomía esos símbolos sean los del PNV justamente? En absoluto.
Y es que tanto la defensa de los símbolos nacionalistas (banderas, fiestas, himnos) como las de las propias lenguas que aquellos consideran punta de lanza de su política divisiva y de discordia entre españoles no tienen otro objeto que afirmar lo propio frente a lo común, lo que nos separa frente a lo que nos une, lo que nos enfrenta y no lo que nos reconcilia.
No es de recibo ya casi cuatro décadas, dando un espectáculo cuya grotesca excepcionalidad se pone de relieve al constatar que en ningún país del mundo desarrollado y democrático sucede nada ni remotamente parecido a lo que aquí llevamos tanto tiempo soportando.
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