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jueves, 13 de octubre de 2016

Iceta se enamora de Pedro Sánchez.

Resultado de imagen de Pedro Sánchez e Iceta
Pedro, ¡duro con ellos! ¡Líbranos de Rajoy y del PP! ¡Por Dios! ¡resiste!». La imagen de un histriónico Miquel Iceta vociferado desde el atril y alentando a quien entonces era todavía el secretario general del PSOE a enfrentarse a su propio partido es una de las claves para entender la crisis que atraviesan los socialistas. Aquella exaltada intervención se producía solo siete días antes de un comité federal que amenazaba con provocar una fractura interna de incalculables consecuencias. Pero, una vez más, el PSC no solo no contribuía a la unidad de PSOE, sino que azuzaba la discordia. Por si no había quedado claro, el 29 de septiembre Iceta ofrecía a los independentistas de ERC y PDC un pacto para investir a Sánchez.
Lo que sucedió después ya es historia. Pero interesa saber que entre quienes se encerraron en Ferraz para decidir el futuro de Sánchez, y de todo el PSOE, había 18 representantes del PSC. Iceta, por tanto, salió derrotado. Pero, en su peculiar lógica democrática, y después de que los socialistas catalanes participaran en esa votación, el líder del PSC advierte de que si el comité federal decide ahora una cosa distinta a lo que él propone, ellos no la asumirán. Es decir, si lo que yo voto trinfa, todos deben asumirlo, pero lo que deciden los demás a mí no me afecta. Semejante locura democrático solo puede explicarse por la disparatada relación entre dos partidos que se declaran «distintos», por la cual el PSC tiene un peso crucial en la dirección y en todas las decisiones del PSOE, pero el PSOE no tiene ni papel, ni voz, ni voto en la dirección y las decisiones del PSC. Algo que permite, por ejemplo, que Iceta acabe de presentar en el Parlamento catalán una moción que propone convertir a España en una «federación plurinacional» y reclama el reconocimiento de Cataluña como nación, vulnerando descaradamente la posición oficial del PSOE. Esa traición permanente del PSC al PSOE viene de lejos, aunque solo se han atrevido a denunciarla algunos socialistas como Alfonso Guerra, que ya en el 2013 afirmó que «hace mucho que el PSC vendió su alma socialdemócrata al dios del nacionalismo».
Otros, sin embargo, prefieren mirar para otro lado. El socialismo catalán amenaza con romper la disciplina de voto. Y, en lugar de advertirle de que, si lo hacen, sus diputados serán severamente sancionados e incluso podrían ser expulsados, el PSOE se doblega una vez más y, para huir del conflicto, se plantea que solo 11 diputados del PSOE se abstengan para facilitar así la investidura de Rajoy, mientras el resto, incluidos los del PSC, votan en contra. De consumarse semejante despropósito, siete diputados del PSC estarían condicionando la posición de 78 diputados del PSOE. Mientras no pongan fin a esa ridícula relación/ los socialistas españoles estarán condenados a ser esclavos de los Icetas de turno.
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