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sábado, 1 de octubre de 2016

'Elle': ¿Grotesca o subversiva? El discreto encanto de la violación

Paul Verhoeven ha pasado 10 años, desde el 'thriller' bélico 'El libro negro' (2006), sin hacer una película, y no fue un retiro precisamente voluntario. Por eso es fácil imaginarse al director holandés preparando meticulosamente su venganza, diciéndose a sí mismo: “Se van a enterar”. Todo en su nueva película parece diseñado para generar la máxima polémica. Según se mire, la mirada a los abusos sexuales que 'Elle' ofrece puede ser considerada grotescamente ofensiva o subversivamente progresista, y de un modo u otro resulta del todo hilarante

Es decir, el hombre que nos dio 'Instinto básico' (1992) y 'Showgirls' (1995) hace saltar por los aires cualquier convención y asunción sobre el asunto dela violación —y el masoquismo, el voyerismo, la violencia conyugal y el adulterio— como ningún director se ha atrevido a hacerlo antes. Y, recordemos, en el proceso es escandalosamente divertido. La alegría con la que Verhoeven desafía toda concesión a la corrección política es demoledora. Comparado con 'Elle', el descruce de piernas de Sharon Stone resulta casi pacato.

La película se abre con la imagen de un gatete maullándole impaciente a su dueña, Michèle (Isabelle Huppert), mientras ella es brutalmente violada por un hombre enmascarado que, un minuto después, huye dejándola en el suelo, sangrando. Tras el suceso, ella se levanta, limpia con calma el desorden, se da un baño y encarga sushi. "Supongo que me violaron", comenta días después cenando con unos amigos, mientras el camarero trae una botella de champán a la mesa. "Mejor espere unos minutos antes de descorchar eso", sugiere uno de los perplejos comensales.

Sexualidad descarada

Inmediatamente, Verhoeven pisotea nuestras certidumbres morales con el entusiasmo de un niño que da saltitos en un charco. De entrada, descubrimos que Michèle es gerente de una compañía de videojuegos especializada en crear fantasías sobre personajes femeninos trepanados por monstruos de tentáculos fálicos, y mantiene un pulsito con uno de sus empleados; que, de niña, fue cómplice de su padre en el asesinato de casi 30 personas —un suceso por el que aún es públicamente estigmatizada—; que se pone burra espiando a un vecino atrapado en un matrimonio sin sexo con una católica fanática; que desprecia a su madre por haberse prometido con un gigoló al menos 50 años menor que ella, y que se acuesta con el marido de su mejor amiga —impagable la escena en la que le agarra el miembro y, con lacerante indolencia, lo hace eyacular dentro de una papelera.
Verhoeven pisotea nuestras certidumbres morales con el entusiasmo de un niño que da saltitos en un charco
Michèle rezuma una mezcla de desdén y sexualidad descarada que parece intoxicar a cuantos están en su órbita, por lo que no parecen faltarle enemigos. Resulta obvio cuánto disfruta mientras pone a los demás en su sitio con un comentario contundente, una sonrisa ladeada o la elevación casi imperceptible de una ceja, derrochando sarcasmo, condescendencia, agresividad y desagrado, y también deseo.
Cuando el agresor empieza a amenazar con asaltarla de nuevo, Michèle se verá envuelta en un retorcido juego del gato y el ratón. Inicialmente contemplará la venganza, pero pronto quedará claro que más bien la mueven la lascivia y la atracción por lo prohibido —los 'flashbacks' de la violación que le vienen a la mente parecen darle gustito—, y finalmente desarrollará con su atacante una enfermiza complicidad que en cualquier momento podría explotar. Situada a caballo entre el rol de víctima y el de masoquista —la línea que los separa resulta ser finísima—, quiere demostrar a su violador y a sí misma quién tiene el control. El control y la manipulación, recordemos, es tema de cabecera de las películas de Verhoeven.

Una sociópata muy atractiva


Cartel de 'Elle'.
Cartel de 'Elle'.
Está claro que Michèle no tiene las reacciones que la gente considera normales; ha sido así desde que era una niña. No tiene ningún interés en ajustarse a las expectativas sociales sobre el comportamiento apropiado. Gracias al asombroso trabajo de Huppert, una sociópata de manual es convertida en uno de los personajes más atractivos del cine reciente: hermosa, refinada, ferozmente inteligente y retorcida hasta decir basta; como la película misma.
¿Hemos dicho ya que, además, tanto Michèle como 'Elle' son mortalmente graciosas? ¿Que nos hacen sentirnos culpables por reír tanto durante una película sobre abusos sexuales? El modo en que una y otra se alejan de lo que se nos ha condicionado a esperar de los retratos de violencia sexual inevitablemente hará que algunos sientan que la película trivializa el asunto. Quienes lo hagan, en todo caso, estarán igual de confundidos respecto a Verhoeven como lo estuvieron quienes vieron en 'Starship Troopers' (1997) una celebración del fascismo cuando en realidad era una parodia, o quienes consideraron 'Showgirls' puro 'trash' y no una corrosiva crítica.
¿Hemos dicho ya que 'Elle' nos hace sentirnos culpables por reír tanto durante una película sobre abusos sexuales?
El holandés, después de todo, siempre ha huido de interpretaciones morales fáciles, y 'Elle' afronta ideas complejas sobre la violencia y la sexualidad, partiendo no de doctrinas sociales consensuadas sino de los excepcionalmente definidos contornos psicológicos de su protagonista. Es una película que se atreve a reconocer que el placer y el deseo no entienden de buenas maneras; una película que celebra el empoderamiento femenino a través de un personaje que para obtener ese poder no tiene miedo de usar el sexo ni de ser amoral, y que a través de la sumisión voluntaria logra convertir al hombre en un risible 'dildo'. En suma, 'Elle' es uno de los exámenes más intrépidos y estimulantes que se recuerdan sobre el asunto. Verhoeven ya había demostrado en el pasado su capacidad para resultar a la vez seductor y profundamente perturbador, pero nunca antes lo había hecho con tanta sofisticación y tanta capacidad para generar debate sin necesidad de dirigir nuestra mirada a una entrepierna.
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