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lunes, 17 de octubre de 2016

5 años después del alto el fuego de ETA aparecen sus vástagos en Alsasua.

Resultado de imagen de Alsasua
Faltan tres días para que se cumpla el primer lustro del anuncio de ETA. "Cese definitivo de la violencia", dijeron ellos; derrota policial, decimos nosotros. De esta derrota sólo esperamos que se ciña al viejo adagio según el cual la historia la escriben los vencedores. No siempre ganan los buenos pero esta vez sí, y hay que escribirlo claro para poder seguir celebrándolo. ¿Maniqueísmo? Que la complejidad psicológica no riñe con la contundencia moral lo acaba de demostrar brillantemente Aramburu en Patria.
Sé que la épica del perdedor causa estragos en el bobarismo ambiental, por no hablar de los tiernos mileniales para los que ETA sólo es ya un término lúdico de comparación tuitera: "La paella con chorizo es ETA". Y así. Pero no. ETA es una niña sin piernas, un marido que convive año y medio con sus heces en un zulo y generaciones de vascos atados al terror de la última dictadura marxista-leninista de Europa, que ha sido la etarra. ¿Será por ese color ideológico por lo que Podemos tardó tanto en condenar la paliza cobarde que una jauría tribal propinó a dos guardias civiles y a sus novias en Alsasua? ¿Expresa esa demora un cálculo político o una vacilación ética de la que ni siquiera el feminismo militante -patearon a dos mujeres- acertó a sacarles con la inmediatez debida? Dejémoslo ahí.
El caso es que el desenlace de la batalla por el relato resulta aún incierto. Cada vez que el jesuitismo del PNV o de la izquierda menos romanizada ejecuta un melindre retórico de equidistancia e impersonalidad -condenamos todas las violencias, se ha sufrido mucho, el conflicto, es lo que tiene-, la nuca de Miguel Ángel Blanco vuelve a estallar.
Pero hay signos de esperanza. Como la valentía de Marta Etura, actriz, en Papel: "Con Otegi no hay debate. No puede presentarse. Ha formado parte de ETA. He crecido rodeada de muertos, de secuestros, de extorsiones. Una cosa es avanzar y otra, la impunidad". Decía Oriana Fallaci que las dictaduras encarcelan el cuerpo pero a veces las democracias el alma. Mientras haya espíritus libres, la historia se escribirá como se debe.
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