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sábado, 24 de septiembre de 2016

Teodoro González de León, el arquitecto que buscó puntos de encuentro entre el pasado y la modernidad de México

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Teodoro González de León en el Auditorio Nacional de Ciudad de México, en 2004.CreditEl Universal/Grupo de Diarios America, vía Associated Press Images
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 Teodoro González de León, el gran arquitecto mexicano que fusionó la herencia del pasado prehispánico con el modernismo europeo para diseñar algunos de los edificios públicos más emblemáticos de su país, murió el 16 de septiembre en Ciudad de México a los 90 años.
La causa del deceso fue un ataque al corazón, dijo Miquel Adrià, uno de sus amigos y el editor de la revista de arquitectura Arquine.
Durante siete décadas, González de León expresó su visión en los planos de museos, edificios gubernamentales, universidades y complejos de oficinas.
La monumentalidad de muchas de sus estructuras evoca a las pirámides y plataformas de ciudades antiguas de Mesoamérica, así como a los imponentes palacios e iglesias de los conquistadores españoles de Suramérica.
González de León formó parte de una generación de arquitectos latinoamericanos que fueron influenciados por el maestro suizo-francés Charles-Édouard Jeanneret-Gris, mejor conocido como Le Corbusier.
Sus edificios, hechos de hormigón martillado o cincelado, recuerdan a las rocas volcánicas de México y le brindan a sus visitantes una rica secuencia de espacios abiertos en diferentes niveles. Ese efecto les da una escala humana, a pesar de su gran tamaño.
“Una constante en los edificios que hemos diseñado es el patio”, que fue heredado del legado prehispánico y la arquitectura colonial, escribió González de León en un ensayo en 1985. “En todos los casos lo hemos usado, como se usa en la arquitectura tradicional, como espacio central de circulación, como distribuidor. No como un espacio vacío para la contemplación”.
Según Adrià, el proyecto que muchos consideran como su piedra de toque es el campus de El Colegio de México, una pequeña y selecta universidad que diseñó junto a Abraham Zabludovsky.
Ubicado en una colina que se eleva hacia el sur de Ciudad de México, el campus fue terminado en 1976 y se centra en un patio que da acceso a cada edificio de la universidad. “Todo el mundo atraviesa el patio, todo el mundo se encuentra”, dijo González de León en una entrevista televisiva.
Al igual que muchos otros arquitectos de América Latina, durante el período de posguerra se enfrentó al reto de diseñar proyectos para una ciudad que se modernizaba rápidamente.
Siempre buscó la forma de vincular cada trabajo al paisaje urbano circundante, dijo Marcos Mazari Hiriart, el director de la facultad de arquitectura de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Para el museo de arte contemporáneo en el campus universitario transformó un estacionamiento en una gran plaza para darle a los peatones un camino hacia los edificios vecinos del centro cultural de la universidad, a los que antes solo podía llegarse en auto.
Teodoro González de León nació en Ciudad de México el 29 de mayo de 1926, y creció en el barrio sur de San Ángel, no muy lejos del estudio que Juan O’Gorman, uno de los primeros modernistas de México, le diseñó a Diego Rivera.
Mientras estudiaba en la Escuela Nacional de Arquitectura, González de León y dos compañeros de estudios ganaron un concurso para diseñar el nuevo campus de la Universidad Nacional. Gran parte de su propuesta se incorporó al proyecto final, aunque nunca recibieron el crédito.
González de León se fue a París en 1948 y se convirtió en uno de los dibujantes del estudio de Le Corbusier, quien trabajó con los jóvenes arquitectos de toda Europa y América.
Él asistió a Le Corbusier en varios proyectos, entre ellos la Unité d’Habitacion en Marsella, un edificio de apartamentos que fue una influencia fundamental en los esfuerzos por construir viviendas públicas en la posguerra.
Al regresar a México comenzó a diseñar sus propios bloques de viviendas públicas y de oficinas, y pronto recibió sus primeros encargos para diseñar edificios gubernamentales.
Aunque muchos arquitectos mexicanos vincularon sus carreras a los gobiernos de turno, González de León siempre se mantuvo al margen. “Él siempre fue crítico y distante del gobierno”, dijo Adrià. “Su mirada estaba lejos, pensando hacia el futuro”.
En 1981, González de León y Zabludovsky terminaron el Museo Rufino Tamayo, ubicado en el Parque de Chapultepec de Ciudad de México. Las grandes líneas bajas exteriores del museo no dan ningún indicio del luminoso espacio en el interior.
Una década más tarde, ambos arquitectos colaboraron para remodelar el Auditorio Nacional de Ciudad de México, continuando su tendencia de aprovechar los espacios públicos de la calle al crear una amplia plaza de entrada.
En ese momento, el trabajo de González de León comenzó a girar hacia formas más abstractas y nuevos materiales.
“En los años 70 me interesaban las formas masivas fuertes”, dijo en una entrevista. “Ahora me interesaba más un contraste entra esas formas que dan permanencia y solidez, pero también introducirles algo que les de ligereza y novedad”.
No todo su trabajo fue apreciado por el público. Un complejo de oficinas ubicado en el extremo oeste de la ciudad, que se ganó el apodo de “El Pantalón”, era de su autoría: se trata de un par de torres unidas en la parte superior por otra estructura.
Erudito, curioso y gran viajero —pasó su cumpleaños número 90 en San Petersburgo, Rusia— González de León también era pintor y un urbanista que estaba particularmente preocupado por cómo restaurar parte de la red de canales del antiguo lago de Ciudad de México.
“La meta número uno de la arquitectura es crear objetos útiles”, decía el arquitecto. “Creamos objetos útiles para que la ciudad los viva… pero esos objetos también tienen que emocionarnos”.
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