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viernes, 16 de septiembre de 2016

Rita Barberá, Pepe Griñán y Manolo Chaves.

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No es una casualidad que las escandaleras de la corrupción tengan picos de erupción en plena campaña electoral. Es inevitable en esta campaña permanente y con el interminable rosario de procesos abiertos en juzgados y audiencias de media España. El miércoles le tocó sobresalto al PP, con el auto del Tribunal Supremo contra Rita Barberá, y el jueves al PSOE con la petición del fiscal de seis años de prisión para José Antonio Griñán. Los discursos de regeneración saltan por los aires... por unas horas. Mañana se les habrá pasado el sonrojo y volverán a lucir trajes tan impolutos como los de la primera comunión.
Dirán unos y otros que ya han actuado, incluso antes de que llegasen las decisiones judiciales, pero lo cierto es que quienes pusieron la mano en el fuego, no hace tanto, por Griñán o Barberá están ahora más cerca de chamuscarse. Los dos se refugiaron en el Senado, esa Cámara que nadie sabe que sirva para algo más que para asegurarse un aforamiento. El expresidente socialista solo optó por dejar el escaño cuando su partido vio peligrar los apoyos (de Ciudadanos) para conservar la presidencia andaluza. La exalcaldesa popular, de momento, se atornilla al cargo, aun a riesgo de reventar el pacto (con Ciudadanos) para que Rajoy siga en la Moncloa. Jugar con fuego acarrea estos disgustos.
Es descorazonadora la desfachatez con la que políticos bajo sospecha se pueden aferrar a cargos para los que ni siquiera fueron elegidos por el sufragio universal, como es el caso de los senadores de designación autonómica. Pero aún resulta más desmoralizador que las organizaciones políticas sean tan impermeables y correosas. Que solo actúen -más parece un disimulo- para escapar de la quema.
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