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martes, 13 de septiembre de 2016

Pedro Sánchez -el cerril, la mentira- que solo pedaleaba para no caerse, ya se ha caído.

Resultado de imagen de Pedro Sánchez en bicicleta


 En muchas ocasiones, quienes nos dedicamos a comentar la actualidad política tendemos a sofisticar tanto el análisis que, en lugar de aclarar las cuestiones y facilitar su comprensión, generamos más confusión y complicamos la interpretación cabal de los hechos. Buscar explicaciones complejas a cuestiones que caen por su peso solo sirve para que los árboles impidan ver el bosque. Conviene de vez en cuando afrontar el análisis desde su vertiente más elemental para no perdernos en un océano de palabrería huera o en el tópico de que todos los políticos son iguales y por tanto todos tienen el mismo nivel de responsabilidad en los males del país, que es lo que buscan quienes carecen de argumentos para justificar su propia actuación.
Vamos por tanto a ello. Los hechos son los siguientes. El PP ganó las elecciones del 20D con claridad -33 escaños sobre el segundo, 54 sobre el tercero y 83 sobre el cuarto-, pero sin mayoría suficiente para gobernar en solitario. Sánchez, segundo, lo intentó con todo derecho. Propuso un pacto a tres con Podemos y Ciudadanos, pero fracasó. Solo sumó 131 escaños. Como nadie alcanzaba la mayoría, el líder del PSOE prefirió forzar nuevas elecciones, pensando que los españoles rectificarían y apostarían por él, antes que permitir gobernar en minoría al más votado y ejercer la oposición.
Lejos de ello, el resultado fue que Rajoy obtuvo una victoria mucho más amplia -52 escaños sobre el segundo, 66 sobre el tercero y 105 sobre el cuarto-; que Sánchez no solo no mejoró, sino que perdió cinco diputados, el peor resultado de la historia del PSOE, y que el PP fue el único que subió en escaños y votos, mientras todos los demás bajaban. Cualquier demócrata habría entendido el mensaje, aunque fuera a la segunda, y habría dimitido. Pero, vaya usted a saber por qué, lo que Sánchez interpretó fue que lo que dijeron los españoles es que debe gobernar él con Podemos y con Ciudadanos. Un pacto que, además de haber fracasado ya en la ocasión anterior, suma ahora 11 escaños menos que tras el 20D. Extraño viaje sería ese. Pese a todo, Sánchez tendría derecho a postularse de nuevo. Pero, como sabe que fracasaría, ni siquiera lo intenta. Rajoy, por el contrario, no solo dispone de más diputados que en la ocasión anterior, sino que alcanza los 170 escaños gracias a un pacto con Ciudadanos, a solo seis de la mayoría absoluta. Y ante ello, la inaudita respuesta de Sánchez es que si él no gobierna gracias a un pacto con Podemos y Ciudadanos -que tanto Podemos como Ciudadanos le han dicho ya que rechazan de plano-, aquí no gobierna nadie y todos a votar de nuevo. Sabe que esas terceras elecciones no cambiarán nada, que su desgaste es brutal, que nunca podrá ya ser presidente y que, si al final gobierna Rajoy, tampoco liderará la oposición porque el PSOE se lo va a quitar de encima. Pero ya solo aspira a mantener la poltrona el mayor tiempo posible. Y, como sabe que si deja de dar pedales se cae, sigue mareando la perdiz. Estos son los hechos. Lo demás son cuentos.
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