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sábado, 3 de septiembre de 2016

Ni se vio al PSOE ni a Pedro Sánchez

Resultado de imagen de La segunda parte del debate de investidura
La principal conclusión que nos ha dejado el debate de investidura, más allá de la obvia constatación del apoyo minoritario obtenido por Rajoy, es el enroque de Pedro Sánchez. La dirección socialista mantiene dos premisas que son irreconciliables: voto negativo a una alternativa del PP, con independencia de lo que propongan u ofrezcan, y rechazo a unas terceras elecciones. La única manera de salir de ese círculo vicioso es la presentación de una alternativa de izquierdas, con apoyo de los nacionalistas, opción que descarta el equipo de Pedro Sánchez. Ni come ni deja comer.
La segunda votación va a reproducir exactamente el resultado de la primera, con 180 diputados en contra del candidato del PP y 170 a favor. Las posiciones de los grupos parlamentarios son las mismas que mantenían hace ocho meses, con la única diferencia del posicionamiento de Ciudadanos, antes estaba con Pedro Sánchez y ahora apoya a Rajoy. Aunque exija un esfuerzo, se puede aceptar que las posturas de unos y otros se mantengan durante tanto tiempo sin alteración, pero lo que no es de recibo es que el inmovilismo haya ido acompañado de ausencia de diálogo. Las únicas negociaciones, dignas de tal nombre, fueron las entabladas entre PSOE y Ciudadanos, en febrero, y el PP y el partido de Albert Rivera, en agosto. Mantener un criterio rígido negándose a negociar, con un discurso político que gira en torno a un monosílabo (no), es la negación de la política. Las democracias parlamentarias que no se rigen por el sistema mayoritario de reparto de escaños estarían paralizadas con una estrategia como la que lidera Pedro Sánchez.
El ‘no’ socialista se verifica a través de los 85 escaños del grupo parlamentario. El margen de discrecionalidad de los diputados, en un asunto tan esencial, es inexistente. La disidencia arruina. Otra cosa es lo que piensen muchos militantes socialistas.
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