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sábado, 3 de septiembre de 2016

En Australia están montando un debate sobre si deben debatir o no

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Hace unos días me enteré  de que en Australia están montando un debate sobre si deben debatir o no. Unos piensan que para eso ya está el Parlamento, y otros, que debe dársele voz a todo el mundo. Los primeros achican espacios a la libertad de expresión y la convierten en una especie de libertad especializada a la que solo tendrían acceso ciertas élites. No siempre, claro, únicamente cuando se discutan asuntos sensibles. La polémica surge porque los partidarios del llamado matrimonio homosexual no quieren que se someta a referendo. Y eso que tienen todas las papeletas para ganarlo. ¿Qué es lo que no quieren, entonces?
Aunque las encuestas les dan ganadores por más del 70 %, rechazan el referendo porque no quieren que quienes se les oponen dispongan de un ámbito donde exponer sus razones. No quieren razones. O, por lo menos, no quieren que se aireen para evitarse el trabajo de refutarlas y desmontarlas. O no están muy seguros de que sus posiciones, pese a que son ampliamente mayoritarias en la opinión pública, sean defendibles en un debate abierto. Como si esos activistas hubieran olvidado la historia de sus luchas o como si, ahora que las han ganado, se negaran a que nadie las discuta. Pero en eso radica la democracia y la libertad de expresión.
Leo que uno de los paladines contrarios al referendo aduce que podría sentar un peligroso precedente democrático en el caso de que en el futuro hubiera que afrontar nuevos asuntos delicados. Ya decía: propugnan una libertad de expresión especializada, apta solo para unos pocos cualificados. Su mera formulación descarada manifiesta un instinto autoritario que aterra, supongo, a cualquier demócrata
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