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viernes, 16 de septiembre de 2016

Anna Netrebko. La tentación del verismo


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Anna Netrebko
A principios de este mes de septiembre aparece, publicado por Deutsche Grammophon, el nuevo disco de Anna Netrebko: Verismo. Ninguna de las grandes divas —y ella lo es— se ha resistido a encarar ese repertorio, una tentación que de seguro abordará con esa pasión y esa inteligencia tan suyas que le han hecho subir peldaño a peldaño la escala de la excelencia.
La voz de Netrebko tiene de rusa algo: un sonido denso y tendente a la oscuridad que ella puede modelar para convertirlo en más claro, limpio y aterciopelado. Su igualdad en los tres registros es de inatacable homogeneidad a prueba de fundamentalistas vocales. Un sonido generalmente plateado, que ella saber iluminar con delicados colores y una frescura que resulta ideal para reflejar la juventud de muchas de las entidades femeninas que ella asume. Sabe, asimismo, hacer que su voz suene seductora, sensual, conforme las circunstancias dramáticas se lo permitan. La extensión es la propia de una lírica aunque a veces accede, en los papeles de bel canto romántico, a alguna circunstancial nota sobreaguda. Para estos últimos citados papeles cuenta con una moderada pero cómoda disposición para la coloratura. No es la que disfrutan sus colegas más decididamente lírico-ligeras o simplemente ligeras (Nathalie Dessay, Ciofi, Diana Damrau, Desitée Rancatore, Jessica Pratt, Annick Massis, María José Moreno…), pero se las arregla lo suficiente para que sus Lucia o Elvira resulten convenientes y por muchos momentos admirables, aunque a la postre no sean partes entre las más representativas de su arte y son personajes que parece está ya dejando de lado. 
Es muy importante el hecho de que Netrebko  sea, además, una gran actriz que se entrega a los personajes, concibiéndolos con una extraña y profunda riqueza expresiva. Llega incluso a veces a ser un auténtico torbellino escénico. Le ayuda su físico, sin duda, del que sabe aprovechar todas sus posibilidades. Y posee en grado sumo ese extraño e inexplicable poder: el del carisma, que propicia que nadie la pierda de vista en cuanto aparece en escena, un poco anulando o ninguneando a sus compañeros. De ahí que, amparada en su bagaje vocal y con tanta fortaleza personal en escena,  sus personajes sean tan variados y  extremos como ya se han ido indicando, pasando de la lírica pura de un dramatismo sencillo y casi natural (Mimì) a la dramática de agilidad (Lady Macbeth, de aparatoso bagaje vocal y expresivo).  
Puede decirse como remate y para profundizar más en su arte, que hoy se halla Netrebko el momento de mayor plenitud profesional y hasta personal.
La voz de Netrebko tiene de rusa algo: un sonido denso y tendente a la oscuridad que ella puede modelar para convertirlo en más claro, limpio y aterciopelado. Su igualdad en los tres registros es de inatacable homogeneidad a prueba de fundamentalistas vocales. Un sonido generalmente plateado, que ella saber iluminar con delicados colores y una frescura que resulta ideal para reflejar la juventud de muchas de las entidades femeninas que ella asume. Sabe, asimismo, hacer que su voz suene seductora, sensual, conforme las circunstancias dramáticas se lo permitan. La extensión es la propia de una lírica aunque a veces accede, en los papeles de bel canto romántico, a alguna circunstancial nota sobreaguda. Para estos últimos citados papeles cuenta con una moderada pero cómoda disposición para la coloratura. No es la que disfrutan sus colegas más decididamente lírico-ligeras o simplemente ligeras (Nathalie Dessay, Ciofi, Diana Damrau, Desitée Rancatore, Jessica Pratt, Annick Massis, María José Moreno…), pero se las arregla lo suficiente para que sus Lucia o Elvira resulten convenientes y por muchos momentos admirables, aunque a la postre no sean partes entre las más representativas de su arte y son personajes que parece está ya dejando de lado. 
Es muy importante el hecho de que Netrebko  sea, además, una gran actriz que se entrega a los personajes, concibiéndolos con una extraña y profunda riqueza expresiva. Llega incluso a veces a ser un auténtico torbellino escénico. Le ayuda su físico, sin duda, del que sabe aprovechar todas sus posibilidades. Y posee en grado sumo ese extraño e inexplicable poder: el del carisma, que propicia que nadie la pierda de vista en cuanto aparece en escena, un poco anulando o ninguneando a sus compañeros. De ahí que, amparada en su bagaje vocal y con tanta fortaleza personal en escena,  sus personajes sean tan variados y  extremos como ya se han ido indicando, pasando de la lírica pura de un dramatismo sencillo y casi natural (Mimì) a la dramática de agilidad (Lady Macbeth, de aparatoso bagaje vocal y expresivo).  
Puede decirse como remate y para profundizar más en su arte, que hoy se halla Netrebko el momento de mayor plenitud profesional y hasta personal. (...)
Su esperadísimo próximo disco en solitario, distribuido este mes de septiembre, grabado con el infalible Pappano en Roma este año, está dedicado al verismo, con una portada, escrito sea de paso, donde su vestuario parece imitar los aparatosos looks de Cher. Como antaño hiciera para Decca otra ilustre rival, Renée Fleming, Netrebko con la que escénicamente comparte escaso repertorio, nos brinda una nueva propuesta de su arte al centrarse en el mundo realista de finales del diecinueve donde la expresión es a veces más importante que el puro canto. Rusa y norteamericana (doce años de diferencia entre ellas) comparten en este registro, morbo servido, a Tosca, la Lecouvreur, Butterfly, Nedda, Wally, Manon Lescaut y Liù. Netrebko añade, porque puede, el In questa reggia de Turandot y el Suicidio de Gioconda que en esta ocasión, por lo que parece no le ha hecho enmudecer. Sin menospreciar la indudable categoría de la exquisita y con tendencia a menudo en deslizamientos a la cursilería (pese a su indudable categoría profesional, ojo al dato) propios de la soprano norteamericana, la personalidad de la rusa parece en principio más capaz de sacar mejor provecho a este resbaladizo repertorio finisecular.
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