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domingo, 14 de agosto de 2016

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FERNANDO VICENTE
El ilustrador Fernando Vicente reconoce que "no había leído" el clásico que publicó Bram Stoker en 1897. Sus referencias del conde Drácula eran sobre todo cinematográficas. Este madrileño de 51 años participó en 2012 en una exposición, en A Coruña y Madrid, sobre el centenario de la muerte de Stoker con una ilustración del escritor irlandés y otra de uno de los Dráculas más célebres del cine, Bela Lugosi. Ahí fue cuando la editorial Reino de Cordelia le propuso ilustrar esta novela, y entonces se puso a leerla. "Un año, aunque no de continuo", dice Vicente que necesitó para completar los dibujos de esta bella edición que acaba de ver la luz con la traducción de 1993 de Juan Antonio Molina Foix y un prólogo del filólogo y poeta Luis Alberto de Cuenca.
Este nuevo Drácula contiene unas 40 imágenes grandes, varias de ellas a doble página, y otras 30 pequeñas, incluidas las siluetas que encabezan cada capítulo. En la cubierta del libro hay dos bocas a punto de besarse con un colmillo blanco asomando en una de ellas. Y de ese roce nace de fondo "un río rojo, de sangre", describe el autor de la que define como "una portada mínima". Para estar preparado cuando le llegase la inspiración, Vicente fue tomando notas a medida que leía las aventuras del bebedor de sangre y sus enemigos. Así le fueron viniendo a la cabeza las imágenes que ha distribuido en las 544 páginas del libro. No tenía muchos precedentes en el mundo de la ilustración que le sirvieran de referencia, principalmente una versión en cómic realizada al óleo por Fernando Fernández. Como escribe De Cuenca en el prólogo: "El mundo de la ilustración no ha mostrado tanto interés por este personaje como el cine".
Vicente, también pintor y colaborador en EL PAÍS desde hace 15 años con sus dibujos, intentó huir para este trabajo de las conocidas imágenes cinematográficas del mito que están en el imaginario popular: los vampiros elegantes y repeinados como el mencionado Lugosi o el británico Christopher Lee, el repulsivo Nosferatu, de Murnau; o la versión que dirigió Francis Ford Coppola en 1992 protagonizada por Gary Oldman. "A medida que avanzaba en mi trabajo, en la editorial me decían, '¿pero no vas a dibujar más cruces y ajos?' Pues, no. Y tampoco hay estacas. Además, he preferido no enseñar demasiado el rostro del personaje", subraya, por lo que al vampiro se le ve casi siempre de perfil o entre tinieblas. "Es para mantener cierta curiosidad en el lector".
Lo que sí ha intentado transmitir sin ambages "es la desazón y el ambiente malsano del texto original, de una novela que sigue teniendo vigencia, he querido contar el auténtico Drácula". Para ello ha empleado mucho el color negro, "más del que suelo usar, para reflejar así la noche y las sombras, y el rojo, que remite a la sangre, además del blanco y el gris". Todo con el estilo pulcro y elegante que le caracteriza.
“He preferido no enseñar demasiado el rostro del personaje”
El ilustrador explica que en los pasajes del libro que relatan sueños y pesadillas ha "dejado volar más la imaginación". Mientras que quizás lo más complicado "de esta tarea tan costosa de acometer" ha sido ilustrar la persecución final al príncipe de las tinieblas, resuelta con una doble página en la que un lobo a la carrera alberga en su interior un coche de caballos y una locomotora.
Donde también ha querido dejar su impronta Fernando Vicente ha sido a la hora de dibujar a las mujeres protagonistas de esta historia, Mina Murray y Lucy Westenra, mostradas con cuerpos marfileños y entre transparencias, apetitosas para el monstruo que las quiere poseer. "Y cuanto más cerca están de enamorarse, de caer en los brazos de Drácula, más sensuales las he dibujado".
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