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lunes, 22 de agosto de 2016

Pedro Sánchez, el socialista que milita en Podemos, huele a humo.

 
No hay que fiarse de las señales que Pedro Sánchez emite entre caña y caña desde su relajado veraneo mojaquero e ibicenco, el PSOE está a punto de perpetrar uno de los mayores desatinos políticos de la reciente historia democrática española, y el que sería sin duda el error más grave de este partido en décadas. Cuesta imaginar que en una segunda, tercera o cuarta votación de investidura los otros 84 diputados socialistas sean tan irresponsables como para seguir bloqueando gratuitamente la formación de un Gobierno, acatando así ciegamente las órdenes de un líder político amortizado que solo busca su supervivencia, aunque sea a costa de desguazar la inmensa tarea política llevada a cabo desde la transición por sus antecesores como máximos responsables socialistas, y que ha convertido al PSOE en uno de los pilares sobre los que se asienta nuestra democracia.
Asegurar, como hace Sánchez, que no habrá terceras elecciones en ningún caso porque los socialistas lo impedirán, y plantear a continuación, con sonrisa malévola y guiñando un ojo -como diciendo, «Mariano chúpate esa»-, la ridícula hipótesis de que el PP forme Gobierno en alianza con unos separatistas que amenazan con saltarse todas las leyes y dejar de ser españoles en 18 meses, está bien como machada, como provocación y como chiste. El problema es que España no está ya precisamente para coñas.
Después de la desastrosa gestión que ha hecho de sus pésimos resultados electorales, Sánchez es ya, ocurra lo que ocurra, un líder absolutamente irrecuperable. Y, por ello, su partido debe librarse de él cuanto antes para regresar a la senda de la moderación, la cordura y la política de Estado que han caracterizado siempre la trayectoria del PSOE. No hacerlo de inmediato, en caso de que Sánchez lleve hasta el final su insensata decisión de dejar a España sin Gobierno y sin Presupuestos sin plantear alternativa, les convertiría a todos ellos, incluidos los que le recomiendan en privado que rectifique, en cómplices de esa locura infantil.
En efecto, no basta con firmar manifiestos anfibológicos o hacer declaraciones más o menos ambiguas. Ha llegado el momento de que la dirección del PSOE, el comité federal en este caso, se plante y le pare los pies a un líder que, a la luz de sus hechos políticos, nunca debió ser elegido como secretario general. Personas cuya ascendencia sobre la militancia socialista está por encima de cualquier cargo, como Felipe González, Alfredo Pérez Rubalcaba o José Luis Rodríguez Zapatero, deben levantar la voz antes del 30 de agosto y pedir públicamente a los diputados del PSOE que sitúen el futuro del país por encima del interés de Pedro Sánchez; que permitan que España eche a andar y que ejerzan de inmediato una dura oposición a un Gobierno que, obviamente, no será el suyo. Señores dirigentes y diputados socialistas: no escurran el bulto ni se escuden en la insensatez de su jefe. Más tarde o más temprano, tendrán que decidir si están al servicio de los españoles o prefieren ser esclavos de un líder acabado.
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