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lunes, 29 de agosto de 2016

La investidura es la estrategia política que más se parece a la mierda.

Resultado de imagen de Sánchez y Rivera
La Constitución española no contempla la agrupación de votos en favor de un colectivo que, además, es parte interesada. MI voto y las decisiones que con el se puedan tomar es MÍO. Hay una salvedad que las ejecutivas nacionales acuerden lo contrario. ¿Cuando y dónde han votado los socialistas para manipular sus votos? ¿Por qué no puede votar un diputado socialista a quien le de la gana,  que yo sepa la ejecutiva nunca se ha reunido para dar opción a una u otra alternativa. 
La estrategia de presión sobre el PSOE para que hiciese posible la investidura de Rajoy ha fracasado. Ni el samaritano requiebro de Ribera al empecinado Sánchez de que imite su cambio de la abstención al sí, ni los 170 votos, cercanos a la mayoría absoluta, al sumar el PP los de C's y Coalición Canaria, ni las negativas consecuencias de no cumplir a tiempo los compromisos con la UE, ni la insólita fecha de 25 de diciembre para unas terceras elecciones han conseguido mover a Sánchez de su persistente no a Rajoy o a cualquier otro del PP. La posibilidad de un Gobierno es más un deseo que un hecho, ha expresado Rajoy. Así las cosas, la iniciativa de Rivera ha sido tan poco útil como lo fue con anterioridad al apoyar al socialista y lo sería incluso si fuese planteada como pacto de legislatura: no valdría para gobernar. No vale la pena entretenerse en el análisis de lo acordado. La solución tendrá que venir, si viene, del PSOE. Para ello tendrá el tiempo de dos meses a partir del jueves después de que el candidato se haya sometido, una crueldad de la palabra, a la investidura que se presume rechazada de un modo inmisericorde. 
Rajoy, tampoco se puede arrastrar como una serpiente para pedir que Sánchez le ayuda a GOBERNAR. Un gobierno PP/Psoe sería un Gobierno débil que delimitaría auin más las funciones a desarrollar. ¡DÉJALO¡
El día 30 es el momento de Rajoy, el del discurso quizá más importante que haya pronunciado en su larga vida política. No va a mover el voto de los diputados. Aunque se dirija a ellos, más que nunca tendrá que hablar directamente a los ciudadanos, a los que habrá de acudir si se convocan nuevas elecciones. La agudeza de las réplicas parlamentarias, sin pasarse ni quedarse, tendrá menos importancia. Lo que va a plantearse en el discurso es un programa de gobierno para una legislatura, sea esta o la siguiente, en una situación muy diferente a la que respaldó la mayoría absoluta. No bastará que solo resuenen los viejos tambores de lo bien que se han hecho cosas, por cierto que sea. La soledad del poder opera para asumir lo positivo y lo negativo procedente de los miembros del equipo, que ha de reconocerse y en su caso, rectificar. Pero sobre todo, del discurso habría de desprenderse una oferta amplia de futuro que no parezca ir a remolque de lo que otros proponen. Esa imagen ha transmitido, por ejemplo, la reforma de elección de los miembros del consejo del poder judicial ahora aceptada, defendida y abandonada por el PP. El cambio profundo en la sociedad, que testimonia la emergencia de Podemos y confluencias, reclama posicionarse de una manera clara, aunque necesariamente abierta al diálogo, sobre cuestiones de fondo que están planteadas. Cómo enfocar la cuestión catalana ahora que lo identitario pierde fuerza ante la nueva izquierda, el replanteamiento del régimen local desde la existencia de Comunidades Autónomas, reconsideración del Senado, profunda reforma administrativa que elimine gastos y tantas otras que sean tratadas y explicadas en defensa de las libertades y derechos fundamentales de la persona, como la educación, y sociales con la garantía de un desarrollo económico solidario y sustentable.
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