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miércoles, 3 de agosto de 2016

Beyoncé durante su concierto en el Estadi Olímpic de Montjuïc de Barcelona.

Beyoncé durante su concierto en el Estadi Olímpic de Montjuïc de Barcelona.

La diva norteamericana arrasa en la única parada española de su gira Formation con un espectáculo de profundo calado feminista

Conocemos cuatro tipos de energía en la naturaleza: la gravitatoria, la electromagnética y las dos interacciones que afectan al comportamiento de los átomos. Añadamos a partir de hoy una quinta y llamémosla Beyoncé. Beyoncé es un tipo de fuerza elemental que nos hace cuestionarnos incluso lo que sabemos de las tormentas, los terremotos y las corrientes marinas: es poderosa como una diosa del trueno, la onda expansiva de sus movimientos -sísmicos, precisos, de clase de aeróbic de esas de salir con agujetas hasta en las orejas- genera zonas de presión que tienen como efecto el asombro, una sudoración abundante y el incremento febril del entusiasmo. Lo suyo es fortísimo.
Hace tiempo que Beyoncé se ganó el derecho a ser considerada como una de las principales dinamizadoras de la cultura pop del siglo -si no la que más-: su relevancia no ha dejado de crecer, sólo tiene 34 años y sospechamos que aún no ha conquistado su cima, que aún tiene un Everest por coronar. Mientras tanto, sigue escalando aún más alto: ayer, en el paso del 'The Formation World Tour' por Barcelona, única parada en España de la gira más apetecible del verano, Beyoncé confirmó también que alrededor de su centro de gravedad pivota uno de los más apabullantes espectáculos en directo de esta década: futurista, palpitante, de depurada elegancia y con un interesante programa entre líneas de autoafirmación feminista. Como se dice comúnmente, mucha tela que cortar.
A simple vista, lo de Beyoncé fue un show impactante para las 46.000 personas congregadas en el Estadi Olímpic de Montjuïc, articulada a partir de ritmos mecánicos, un sonido Dolby prístino y efectos electrónicos lacerantes, de coreografías milimétricas para una guerrilla de mujeres -en el escenario llegó a haber hasta 20 bailarinas al límite de la elasticidad articular, los hombres, escasos, estaban en una esquina, en una banda también fundamentalmente girlie, escondidos- convencidas de que el poder en el mundo les pertenece. Pero en el fondo, todo fue un vehículo para la transmisión innovadora de ideas rupturistas alrededor de la cuestión femenina.
Nos explicamos. Mucho se ha escrito sobre el mensaje motivador de 'Lemonade', el último disco de Beyoncé, y de cómo -a diferencia de su anterior gira, 'Ms. Carter'- habla sobre tomar el control, ir a por todas -idea resumida en el lema que incitó a repetir al público nada más comenzar, 'I slay'- y abandonar cualquier sombra de protección o influencia masculina. Es significativo que no sonara 'Single Ladies', por ejemplo: hoy, Bey anima a la mujer a resistir, a alzarse, a saberse fuerte y dominar como ella. No necesita un anillo en el dedo, sino un látigo en la mano. El mensaje incluso fue personalizado para el público local: 'Sorry' la cantó en español, y se la sabía todo el mundo.

La gira, por tanto, amplía y amplifica esa idea: Beyoncé, siempre en el centro, mantiene una frialdad asombrosa en todos sus movimientos, sobrios y marciales, con una considerable reducción de la carga sexual -ocurrió lo mismo con el paso de Rihanna también por Barcelona- para volver a la idea original de que el erotismo sugiere con inteligencia en lugar de enseñar con descaro. Y más allá del cuerpo, la voz: Beyoncé no falla notas ni en plena contorsión, y alcanza sus límites cuando se lo monta a cappella en una 'Love on Top' rica en trinos de diva góspel; así es como reclama ser el centro de todo el universo y logra brillar como una supernova. No hay carisma superior al suyo en el pop de hoy -como a Michael Jackson con el funk, a ella el R&B se le queda insuficiente-: Beyoncé atrae y atrapa todas las miradas, hipnotiza, emboba. Le llaman Queen Bey por algo: ella no tiene público, sino súbditos plegados a su voluntad.
Y como monarca, ella reina en todo, incluido el estilo. Inició el concierto vestida como una dama victoriana -un diseño de DSQUARED, uno de los muchos que han creado para esta gira firmas como Givenchy, Swarovsky o Balmain- mientras percutía al fondo la base de 'Formation'. Apenas hay sobresaltos en la escenografía: siempre Beyoncé en el centro del foco, desafiante, en carne y ébano o en efigie digital, bien rodeada de luces y de su cohorte de bailarinas. Detrás de ella, sólo un cubo giratorio, mitad pantalla gigantesca, mitad monolito de inteligencia como el de 2001: si se propone eclipsar su propia escenografía, lo consigue, faltaría más.
El repertorio que fue desgranando ni siquiera quiso ser nostálgico. El relato de Beyoncé es el del ahora, y los principales momentos de sus dos primeros discos -'Baby Boy', 'Crazy in Love', 'Naughty Girl'-, e incluso recuerdos lejanos de la etapa Destiny's Child -'Survivor'- aparecieron resumidos y en momentos de transición, como piezas móviles de un puzzle más ambicioso que consistió en centrarse, principalmente, en los temas de Lemonade, Beyoncé y 4, los de su yo reafirmado, orgullosa de ser mujer, y de pertenecer a una comunidad negra que vuelve a sufrir maltrato institucional, pero que no quiere volver a agachar la cabeza nunca más.
Dividido en seis actos, con constantes cambios de vestuario, retos coreográficos agotadores y vídeos motivacionales para mantener la continuidad, más toda suerte de ritmos electrónicos -trap, house, drill, dubstep- y una iluminación estroboscópica que dejaba la retina hecha un cristo, lo de Beyoncé fue en el fondo un paseo militar -y no va con segundas: la narrativa del espectáculo sucede sobre todo en la pasarela entre el escenario grande, el de la pantalla-obelisco, y el pequeño, del que acabaron manando litros como si fuera un jardín árabe durante'Freedom', 'Survivor' y todo el tramo final de un show que, como aquella historia bíblica que habla sobre la demostración de la divinidad, acabó caminando sobre las aguas. Esta capacidad de dominar la voluntad de las masas no la superan ni los dictadores norcoreanos.
En Beyoncé, pues, se concentran todas las fuerzas: la gravitatoria, la magnética, la eléctrica, la fisión nuclear. Incluso cuando entró en las fases de bajona -las baladas, menos 'Halo' justo al final-, el tedio lo abortaba un hit subido de ritmo como 'Yoncé' o 'Diva', o sirviendo honrosos homenajes a algunas de sus influencias o intereses: aquí y allá sonaron una versión de Nicki Minaj, un sample de Donna Summer o casi toda la 'Purple Rain' de Prince para darle tiempo a un cambio de vestuario y a comenzar un nuevo acto del show, vestida de cuero rojo, el color de la sangre, de la pasión y del imperio. Imperio es la palabra: el de Beyoncé no durará mil años, pero va a ser difícil que en los años por venir alguien consiga ponerse a este mismo nivel.
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