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viernes, 12 de agosto de 2016

Al socialista jefe, Pedro Sánchez ya no le queda ni vergüenza.

Los partidos son entes muy extraños. Nacidos para organizar la democracia, el funcionamiento interno partidista es casi siempre ejemplo de su ausencia. Nacidos para representar los intereses generales, defienden muchas veces los de sus afiliados y, en ciertos casos delirantes, solo los de sus dirigentes. Nacidos, en fin, para asegurar la gobernabilidad, no es infrecuente que, por un descarnado partidismo, la hagan imposible.
El hecho indiscutible de que sin partidos la democracia resultaría una quimera no puede llevarnos a ocultar sus muchos vicios. Pero, del mismo modo, la obvia existencia de esos vicios no debe confundirnos hasta el punto de pensar que los partidos los sufren en idéntico grado a lo largo de su historia.
El PSOE que hoy dirige Pedro Sánchez constituye un buen ejemplo de esa evidente gradación. Y es que nunca como ahora ha estado el PSOE en manos de su raquítico grupo dirigente, nunca como ahora los intereses que defiende han sido solo los de su secretario general, ni nunca como ahora ambas patologías han tenido una traducción de tanta gravedad para la gobernabilidad: treinta y cinco millones de españoles podríamos vernos obligados a ir a las urnas por tercera vez en 12 meses única y exclusivamente porque Sánchez está dispuesto a llevar al país hacia el desastre si con ello logra seguir en el machito.
En todo caso, si alguien tenía aún la esperanza de que unas terceras elecciones resolviesen el rompecabezas provocado por Sánchez y Rivera, que se vaya despidiendo. Como en relación con la última encuesta del CIS apuntaba el martes,Tino Novoa, «todo sigue igual», de modo que «son los políticos los que tienen la obligación de moverse para salir del bloqueo».
Aunque Rivera parece decidido a pasar de la abstención al voto positivo a la investidura de Rajoy, lo que complicaría que Sánchez mantuviera su berroqueño «no es no», sobre los socialistas recae, a fin de cuentas, la responsabilidad última de que podamos salir de un atasco que constituye una catástrofe para España y, de forma muy especial, para la recuperación de nuestra economía. Y es que si el PSOE no cambia de posición, las terceras elecciones están aseguradas.
Por eso, llegados a este punto, los socialistas no pueden seguir comportándose como meros peones de brega de los intereses de su líder. Muchos de sus exdirigentes se han mostrado ya radicalmente en contra de la estrategia disparatada de Sánchez y su claque. Como ello ha sido inútil, pues en el duelo entre potestas y auctoritas ha ganado por goleada la primera, son los dirigentes actuales los que tienen que enfrentarse a un Sánchez que los, y nos, conduce al despeñadero. ¿Cómo? Es evidente: haciendo, igual que Sánchez, uso del poder orgánico que tienen en sus manos y dejándole claro que, si sigue dispuesto a todo para salvar solo su pellejo, no lo apoyarán los diputados del Congreso sobre los que tienen influencia quienes discrepan de él internamente. Ese, me temo, es ya él único lenguaje que puede hacer mella de verdad en la cerrazón patológica de un hombre que es víctima de una ambición enfermiza de poder.
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