Sigue el blog por EMAIL. Seguir por EMAIL

viernes, 22 de julio de 2016

Todos los extremistas tienen las mismas características fundamentadas a la hora de matar. Matanzas estudiadas y preparadas con el máximo rigor -nunca fallan- Intento de las anteriores que casi nunca terminan exitosamente y matanzas a menor escala y con un solo matarife.
La característica más llamativa del presente es la proliferación del odio. El fenómeno tiene consecuencias atroces en ciertos sectores de las sociedades musulmanas. El asesinato en masa perpetrado en Niza constituye la prueba más reciente. Uno diría (sin restar importancia a muchas otras consideraciones) que Mohamed Lahouaiej Bouhlel, un pequeño truhán, representa un ejemplo típico de islamización del odio. Por decirlo de forma más precisa, de odio vagamente islamizado.
Acerquémonos a nosotros mismos, a los miembros de una sociedad desarrollada y laica como la española. La muerte del torero Víctor Barrio desató en las redes sociales una auténtica tormenta de odio, por parte de quienes jalearon la cornada y por parte de quienes se arrojaron sobre los jaleadores. Se trata de algo más o menos habitual en las redes, un espacio en el que los miserables se sienten importantes. Solía decirse que el debate cibernético constituía una nueva versión de la charla de bar, pero esa me parece una apreciación demasiado benévola. Aunque en las redes se encuentra de todo, las dosis de furor malévolo resultan anormalmente elevadas. Quizá porque ahí los miserables tienen quien les escuche.
Ojalá el fenómeno se limitara al mundo virtual y a España. También en la política, una expresión más depurada que las redes del ánimo colectivo, el odio asume la condición de pivote. No se entiende el auge de los populismos sin el sustrato de odio que los alimenta. Está por todas partes. Las elecciones estadounidenses enfrentarán a un patán xenófobo como Donald Trump y a un personaje tan turbio como Hillary Clinton; el Frente Nacional es el primer partido de Francia; el Brexitse ha construido, pese a la proverbial sutileza del electorado británico, sobre mentiras y aversión a lo foráneo. Resurgen los nacionalismos. Qué voy a decirles del debate español que no sepan ustedes: quien no es fascista es traidor separatista, quien no es un sicario de Venezuela e Irán es un corrupto que goza humillando a los pobres.
El sentimiento de odio puede definirse como un dolor anímico que atribuimos a un factor externo. Quizá la sobreabundancia de información y la sobreexposición a las desgracias universales nos esté llevando a un repliegue de tipo paranoico, por el que atribuimos nuestra infelicidad a quienes no son o piensan como nosotros. El islamismo nihilista (algo no tan contradictorio como parece) dispone de una inmensa masa de reclutas potenciales.
Publicar un comentario