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viernes, 1 de julio de 2016

Si hubiese terceras elecciones, el PP sacaría más de 200 diputados.

Rajoy está sumando muchos créditos y apoyos como líder nacional e incluso internacional.  Se está gestando el líder de la nueva comunidad europea. 


España necesita políticos con visión de futuro, pero que se sepan estructural el presente.. . Desde hace bastante tiempo, España anhela un Gobierno sólido que la rija y sitúe en Europa donde le corresponde. Las circunstancias le ofrecen de nuevo una regalía histórica. La retirada de Inglaterra, que siempre jugó a un tira y afloja sin comprometerse de lleno en la creación de un espacio político nuevo en Europa, le otorga a España una alternativa diplomática, económica, cultural y política de primer rango. El espacio que no sepamos ocupar nosotros, lo llenarán otros, Italia y Polonia seguramente. El partidismo no es buen consejero en estos instantes. Menos aún la división interna de partidos.

Necesitamos con urgencia un Gobierno cohesionado, responsable y asistido por personas dotadas de experiencia cultural, nacional e internacional. Los objetivos han de ser claros. En primer lugar, saldo de la deuda que nos frustra e impide alzar el vuelo. Para ello es imprescindible reconducir usos y costumbres. Se impone cercenar toda sombra de corrupción directa, indirecta, oblicua y circunfleja. Y añadir un plan de ahorro. Puede comenzar éste por la reducción en un cincuenta por ciento del sueldo de los políticos y de la asignación superflua a las Comunidades Autónomas. Lo que cumple solventarse desde los ministerios y otras instituciones no precisa delegados ni filtros sociales, económicos, jurídicos, albaceas que solo multiplican el gasto inútilmente. La diferencia territorial de España no impide la común convivencia y empatía histórica que por doquier aflora. Se ha visto que las excepciones son más coro de capilla que asunto de supervivencia o inevitable giro histórico. Asistimos a una hinchazón mediática de posturas, declaraciones, falsos problemas y reflejos. La circulación de personas, víveres, enseres; la manifestación de inclinaciones, gustos, ocio; la sinergia social del trabajo, justicia, educación, sanidad; los intereses vivenciales, etc., indican convergencia real y radiada de voluntad unánime. Quienes dividen, separan, seccionan, son pocos y actúan bajo presión de intereses hasta personales y conducidos por las autopistas internacionales de la mediología económica y telemática.

El cambio, el vuelco, la Transición política española de los últimos cuarenta años —no nos cansamos de repetirlo— ha banalizado la cultura que pretendía instaurar. Creó un vacío resonante cuyas ondas fatuas ahuecan instancias, personas, instituciones. Hay cargos, representantes que son pura apariencia inducida. Camelo soberano. El sentido realista de antaño se volatilizó además en aras de una caución que hipoteca el futuro necesario para respirar el presente. Si la peseta estaba devaluada a finales del siglo XX por un derroche de dinero ajeno, no sudado —el que prestaban Alemania, Francia, Inglaterra, Estados Unidos—, el euro sigue hoy por igual camino, pero con la deuda adquirida a cuestas e intereses que la sobrecargan. Lo percibido de Europa sirvió y sirve aún para encubrir más el hueco. El pozo se agranda.

¿Dónde está la libertad política? Nos mienten. Por lo menos, nadie dice la verdad. No interesa explicar la situación real en que nos encontramos. Mejora la economía a cuenta de restricciones derivadas de la deuda. Y resultan aún insuficientes. Es decir, hay capacidad de ajuste, pero la realidad nos arrastra e impide, de nuevo, alzar la mirada. El presidente entrante y el jefe de la oposición, sean quienes sean ellos, saben que vienen nuevas reducciones. Por tanto, el respiro político que suponga la formación de Gobierno será breve, escaso.

Para afrontar esta situación y otros parámetros fácilmente deducibles se requieren puñados de gente sólida, dispuesta al esfuerzo, inteligente, creativa y solidaria. Y esto sobrepasa también el reflejo circuido de una imagen presidencial y de un solo partido. Es más, la coyuntura actual de la sociedad española pide la incorporación a responsabilidades políticas de hombres —género homo—competentes, no necesariamente afiliados. La sociedad civil, votante a secas, quiere verse reflejada en las estructuras gubernamentales.
Se impone un blindaje de competencias autonómicas en los ramos educativo, sanitario, jurídico y fiscal. Y para ello no basta un Gobierno de coalición más o menos apañada cuyo cometido quede entrampado por una estrategia de futuras elecciones. La oportunidad del espacio político entreabierto por Inglaterra y la mejora de la economía española, fruto de la legislatura precedente, pero amenazada de congestión si no se clarea el actual horizonte político, pide incluso algo más contundente: un pacto de Estado.
Será muy difícil reducir la deuda a corto plazo y aprovechar la nueva coyuntura internacional, no solo europea, si España no refuerza su imagen en el exterior con un plan avalado por el Parlamento. Y esto requiere activar la figura del jefe de Estado, no solo del presidente. Por eso necesitamos un horizonte fiable y ambicioso de actuación política. 
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