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domingo, 17 de julio de 2016

May, la nueva dueña de Inglaterra, provoca a la UE.

Los nombramientos de Gobierno que ha efectuado la nueva primera ministra británica Theresa May no han dejado a nadie indiferente. En lo que cabe considerar como un desafío a Europa, ha escogido al eurófobo y polémico Boris Johnson como ministro de Exteriores y al recalcitrante diputado David Davis -otro de los más firmes defensores del divorcio de Bruselas- para estar a cargo de las negociaciones del Brexit. Un 'escenario de horror', como lo definió el presidente de la Comisión, Jean-Claude Juncker. No es desde luego una buena tarjeta de presentación. May parece querer anticiparse al diálogo con Bruselas mostrando un talante de dureza, como si ello ayudara a conseguir más ventajas. Pero, en realidad, debiera ser todo lo contrario. Las autoridades comunitarias están obligadas a mostrar una actitud de firmeza ante las permanentes provocaciones británicas, entre otras cosas porque urge ahuyentar el fantasma de un efecto dominó en más países tras el Brexit.
El Reino Unido ha mantenido siempre una ambivalente relación con la Unión Europea, que le ha hecho estar con un pie dentro y con otro fuera del club comunitario, ejerciendo de paso un freno que ha impedido al resto de sus socios avanzar más deprisa en la verdadera integración comunitaria. Londres se ha salido con la suya cada vez que planteaba un órdago. Ocurrió con Thatcher, cuando reclamó el famoso cheque británico, y ha ocurrido recientemente cuando Cameron logró que los Veintiocho aceptaran su chantaje de ampliar las excepciones del Reino Unido respecto a la legislación europea en materias como la inmigración, con la ingenua creencia de que así el referéndum se decantaría por seguir en la UE.
Pero ahora el escenario es completamente distinto. Los británicos han optado por la salida y May ha repetido que 'Brexit es Brexit'. Así las cosas, resulta inadmisible que también pretendan imponer sus reglas y condiciones en el proceso de divorcio. Y que, en vez de adoptar una postura razonable, constructiva y en los términos más amigables posibles con los Veintisiete, sean dos de los halconeseurófobos más controvertidos los encargados de sentarse a la mesa de negociación.
No cabe duda de que May ha hecho encaje de bolillos para tratar de calmar las aguas en el Partido Conservador y ha pretendido conformar un Gabinete que dé cabida a todas las corrientes. Al fin y al cabo, May no es sino una pieza de recambio para Cameron que aún no cuenta con la legitimidad de las urnas, y que antes que nada tiene que cerrar una profunda crisis en la formación, sacudida en las últimas semanas por toda clase de intrigas y reproches entre sus líderes. En esa clave se comprende el nombramiento de Johnson, quien hasta hace sólo unos días se perfilaba como el candidato principal a ser el nuevo inquilino de Downing Street, y que tuvo que tirar la toalla tras la traición del ya ex titular de Justicia,Michael Gove. Pero nada de lo dicho justifica la cartera de Exteriores. Es una decisión tan irresponsable como provocadora. Con fama de bocazas y metepatas -su rosario de insultos a líderes mundiales es interminable-, el ex alcalde de Londres es el prototipo de político falto de toda diplomacia, justo lo contrario de lo que exige su nuevo cargo. Además, sus críticas hacia la UE han sido tan desmedidas y tan plagadas de falsedades, que le dejan bastante invalidado para ser ahora uno de los principales interlocutores de los gobiernos europeos.
Bruselas quiere que el Gobierno británico acelere el proceso para la salida de la UE. Pero May ha insistido en que necesitan tiempo y Davis ya ha insinuado que hasta principios de 2017 no se invocará el artículo 50 del Tratado de Lisboa, que daría paso a un periodo de negociación que podría durar hasta dos años. Londres confía en que podrá mantener las ventajas del mercado único. Su as en la manga es que elBrexit es un muy mal negocio, en el terreno estrictamente económico, tanto para el Reino Unido como para el resto de la UE. Y todas las partes necesitan llegar a un acuerdo satisfactorio que minimice los daños.
En esa confianza se enmarca la decisión ayer del Banco de Inglaterra de mantener los tipos de interés, pese a que se daba por segura una rebaja del 0,5% al 0,25. La institución bancaria ha preferido ver cómo evolucionan los mercados. Recordemos que la libra había caído a su peor nivel en más de 30 años, aunque en las últimas jornadas se ha recuperado con fuerza. Al final, la confianza es un estado de ánimo. Y, con sus nombramientos, la que May provoca en Europa es, desde luego, mucho menor de la deseable.
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