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lunes, 11 de julio de 2016

Artur Mas no sabe ni meter miedo. Así solo demuestra a la justicia que junto a Junqueras eran y son los cabecillas del independentismo.

No por evidente y burda, la estrategia de Artur Mas ha dejado de ser efectiva. El ex presidente de la Generalitat no ha ocultado en ningún momento su intención de controlar las viejas estructuras de CDC para, blanqueadas con un nuevo nombre para la formación, hacer pasar por renovación lo que no es sino continuismo. Aunque resulte paradójico, el líder que llevó con su nefasta gestión al omnímodo partido de la derecha catalanista a su más bajo nivel de representatividad e influencia ha vuelto a presentarse como su salvador.
Más allá de la anécdota de su derrota a la hora de imponer las siglas del nuevo partido, que se llamará, en contra de lo propuesto por la dirección, Partit Demòcrata Català (PDC), es evidente que Artur Mas ha sido el ganador del congreso fundacional celebrado este fin de semana. El ex presidente ha logrado imponer su modelo de dirección bicéfala, nominalmente sin funciones ejecutivas, sólo institucionales y de representación, para ser nombrado presidente y dejar la vicepresidencia a una persona de su confianza, la actual consejera de Presidencia del Gobierno de Puigdemont, Neus Munté. Para las funciones ejecutivas, salvadas las enmiendas sobre incompatibilidades en los cargos, es muy probable que, en el próximo congreso, que se celebrará el 23 y 24 de julio, sea nombrado como número tres Jordi Turull, presidente del grupo parlamentario de Junts pel Sí.
Es decir, una estructura de su absoluta confianza e implicada directamente en el proceso independentista, que pretende seguir su delirante huida hacia delante pese a que la sentencia del TC declaró inconstitucionales el pasado jueves estructuras de Estado creadas por la Generalitat como la Hacienda y la Seguridad Social catalanas. En su discurso de clausura, Puigdemont, que recordó que fue elegido por el Parlament para «encaminar Cataluña hacia la independencia», se felicitó de que la nueva formación haya nacido con esa misma «convicción y espíritu» independentista.
Con esta jugada, Artur Mas demuestra que, junto con Junqueras, sigue pilotando el proceso de independencia, aunque sea Puigdemont (que se presentó como un simple «asociado» y que no ocupará ningún cargo de responsabilidad en el partido) el que, por cuestiones de imagen, esté al frente de la Generalitat.
Sin embargo, el congreso fundacional tenía otra finalidad, más allá de ratificar sus convicciones independentistas: romper con el pasado y tapar la corrupción de CDC. Pero por más que se pretenda enterrar el comportamiento de todos estos años, alguien tendrá que responder por el fraude millonario realizado por Fèlix Millet en torno al Palau de la Música, por el que CDC mantiene 15 de sus sedes embargadas para hacer frente a posibles responsabilidades civiles. Fue vergonzosa la falta de autocrítica en la intervención de Xavier Trias, reivindicando la figura del fundador del partido, Jordi Pujol, al que definió como su referente político, pese a que reconoció que mantuvo durante años cuentas millonarias de origen incierto en paraísos fiscales para eludir la tributación a Hacienda, y cuya familia al completo está imputada en diferentes causas judiciales por corrupción.
En definitiva, este fin de semana hemos asistido a un lavado de cara para ratificar que en Cataluña todo sigue encaminado al desastre.
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