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martes, 12 de julio de 2016

Antitaurinos, bestias.

Mucho antes que astronauta o Papa (empleos a los que me postularía después), yo quise ser torero. Uno importante y con muchas luces. Y a ser posible con una espada muy larga muy larga para matar desde lejos como Flash Gordon. Pero fue verlo en directo y cambiar de opinión: la primera vez que mi padrino me llevó a la Plaza de Vistalegre a ver una corrida de toros, terminé con el estómago revuelto por el humo de los puros y por la sangre, me juré que de mayor me ganaría la vida echándole de comer a los animales en el zoo y salí pensando que mi tío Natalio -en vez del hombre más generoso del mundo- era un auténtico salvaje.
Claro, que por entonces yo sólo tenía nueve años y también pensaba que los Reyes Magos no eran los padres, que el foie gras provenía de la tienda de José y que si decías Verónica tres veces frente a un espejo, salía una chica detrás de ti y te mataba con unas tijeras.
Se me viene hoy aquella tarde desagradable en Vistalegre porque ha muerto un chaval de 29 años ensartado como una brocheta y la plaza de las redes sociales se ha llenado de espontáneos borrachitos de odio.
Leo por ahí: "Si todas las corridas de toros acabaran como las de Víctor Barrio, más de uno íbamos a verlas". "Me imagino que el toro salió por la puerta grande con las orejas y el rabo de Víctor Barrio". "La muerte de este torero también es arte". Y a la viuda: "Tu marido recibió lo que merecía". Que más que tuits suenan a esas amenazas que ETA te dejaba escritas en el buzón.
La tauromaquia como un videojuego: aquí hay quien se siente en la obligación de elegir entre el joystick del toro y el del torero. Y lo que es peor: aquí hay gente que elige como si todavía tuviera nueve años.
Ocurre que a los que no somos de nada al final nos obligan a alinearnos contra la barbarie. Con lo que el moqueo viral de los antitaurinos va a terminar creando una suerte de resistencia entre aquellos a los que nos la traía bastante floja eso que llaman la Fiesta: los antiantitaurinos.
Porque hay un montón de gente normal a la que no nos gustan los toros de siempre, pero mucho menos nos gustan estos nuevos salvajes.
(...)
Hace un año sentamos frente a frente en el periódico al torero Enrique Ponce y a Silvia Barquero, presidenta de Partido Animalista PACMA. En una conversación imposible que acabó mejor de lo esperado. Luego, subidos en el coche con ellos, de camino al lugar donde hicimos la fotografía, la pareja (que tiene la misma edad) iba charlando de las vacaciones, de los niños, de la puesta de sol.
-Te querría preguntar a ti, que has matado más de 5.000 animales a lo largo de tu carrera, repito: más de 5.000 animales, que si en ninguno de ellos has visto el sufrimiento. ¿No has empatizado con ninguno? ¿Qué has visto en sus ojos?
Ponce se puso muy serio. Tenía la mirada del que iba a explicarle a la otra algo que jamás entendería.
-¿Sabes lo que he visto? [asintió] ¿Quieres saber lo que he visto? [hubo un silencio] Que si me coge me parte. Eso sí lo he visto en sus ojos.
He repasado las imágenes de la cogida. Y me he acordado de aquella frase de Ponce. Y de cómo la dijo. Y de la mano enorme de mi tío, que fue el hombre más generoso del mundo. Y también de que, de alguna manera, a veces, ya soy lo que quería ser: no un torero, sino el hombre que se gana la vida echándole de comer a ciertos animales. Bestias.
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