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lunes, 20 de junio de 2016

Un toque de aviso de la UE a Italia.

La ola populista que sacude la política en buena parte de Occidente ha llegado también a Italia, provocando un terremoto en los partidos tradicionales. Es cierto que en el país transalpino la política-espectáculo hace décadas que había arraigado como en ningún otro lugar de Europa. Pero el contundente triunfo de los candidatos del Movimiento 5 Estrellas en las elecciones municipales de este domingo en ciudades tan importantes como Roma o Turín, es un inequívoco síntoma de hasta qué punto la ciudadanía está hastiada de las formaciones convencionales.
La capital italiana tendrá por primera vez en su historia una alcaldesa: Virginia Raggi, abogada de 37 años y casi sin experiencia política. Este vacío en el currículum hace algún tiempo hubiera hecho impensable toda aspiración a dirigir una ciudad de casi tres millones de residentes, que cada año visitan otros nueve. Pero hoy no tener experiencia política y poder presumir de no pertenecer a la casta se han convertido en un valor en alza. Las municipales en España del año pasado ya dieron buena cuenta de ello. En el caso de Raggi, además, se ha hartado de repetir que no es "ni de derechas ni de izquierdas". Hasta el punto de que en algunas cuestiones sociales o económicas defiende postulados de izquierda radical, y con el mismo empacho lanza mensajes rayanos en la xenofobia en un contundente discurso anti-inmigración. Ello le ha granjeado compañeros de viaje tan poco recomendables como la ultraderechista Liga Norte, que pidió el voto para ella.
Ni Raggi ni la próxima alcaldesa de Turín -tradicional feudo de la izquierda- ni ninguno de los candidatos del Movimiento fundado por el provocador cómico Beppe Grillo, ofrecen certezas a los electores sobre sus programas de gobierno.Pero les basta con un discurso a la contra. Porque su ascenso es directamente proporcional al descrédito de los partidos tradicionales.
El resultado de estos comicios cabe interpretarlo como un duro voto de castigo al actual primer ministro, Matteo Renzi, y su formación, el Partido Democrático (PD). Renzi llegó al Gobierno aupado por la gran corriente de simpatía que suscitó su mensaje de renovación de la vida pública italiana. Sin embargo, en apenas dos años y medio el ex alcalde de Florencia está seriamente cuestionado. Buena parte de la ciudadanía ya no confía en sus promesas, le reprocha su incapacidad para reactivar la economía y, sobre todo, ya no le percibe como alguien capaz de acabar con los peores vicios de la política nacional -corrupción, nepotismo, excesiva burocratización, etcétera-, sino, al contrario, como un integrante más del establishment, es decir, como parte del problema. Eso explica el revés sufrido por los candidatos del PD.
Renzi admitió ayer el "doloroso" revés, aunque descartó su dimisión. Y fía todo su futuro al respaldo que consiga en otoño su anunciado y ambicioso proyecto de reformas democráticas para tratar de que Italia salga del impás socioeconómico en el que está atrapado desde hace años.
Los resultados tampoco han sido halagüeños para el centroderecha, que sólo ha logrado mantener alcaldías allí donde se ha coaligado con la derecha extrema. En tanto en cuanto las formaciones clásicas no logren renovar su mensaje y seducir de nuevo a la ciudadanía con la puesta al día de sus programas, todo el campo estará expedito para el populismo. Que tiene, además, la ventaja de que no necesita saber mucho de política.
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