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domingo, 5 de junio de 2016

Siempre he creído que hay buenas y malas encuestas y que nunca se deben sobredimensionar. Éstas dicen lo que dicen y siempre hay que tenerlas en cuenta, pero con mucha prudencia porque las suele cargar el diablo. Ahora salen encuestas muy favorables a Unidos Podemos que demuestran que hay una tendencia de fondo favorable a una convergencia electoral que sintoniza con una parte muy importante de la población. Insisto en que hay que ser prudentes. El “porqué” es, a mi juicio, claro: se ha perdido, en los últimos tiempos, la objetividad que cabe exigir a muchas encuestas demoscópicas. Con demasiada frecuencia hemos observado groseras manipulaciones de los datos, análisis chatos y sesgados y una coincidencia asombrosa entre editoriales de los periódicos y las encuestas realizadas por empresas al servicio de los mismos. Las empresas demoscópicas son, cada vez más, actores  decisivos del campo de lo político e influyen poderosamente en los resultados electorales, mucho más de lo que generalmente se cree. Ahora toca subida de Unidos Podemos, como antes fueron las bajadas espectaculares de Podemos. Tomamos nota, pero se pueden acentuar los sesgos de las mismas para llamar al voto de los indecisos y favorecer, paradójicamente,  a fuerzas que parecen perdedoras, según determinados resultados. Tan viejo como el mundo de las predicciones electorales. 
Siguiendo con el tema de las encuestas, profundamente usadas en la propuesta de cogobierno Ciudadanos-PSOE, parece comúnmente admitido que se han perdido meses preciosos en nuestra vida democrática. No es verdad y los que mandan, lo saben. La gran pregunta es siempre: ¿qué harán con nuestros votos las fuerzas políticas después de las elecciones? Entre lo que votamos y lo que los partidos políticos hacen luego, no siempre hay coincidencia en aspectos fundamentales. Lo que realmente ocurre es que no tenemos tiempo para rectificar después. Se puede decir que esta vez sí tenemos un cuadro claro del comportamiento real de las fuerzas políticas a la hora de pretender gobernar. El PP ha seguido una estrategia clara, se sabe aislado y sin capacidad de alianzas y apostó, desde el primer momento, por la repetición de las elecciones. El partido de Pedro Sánchez hizo algo inesperado, según su propia campaña electoral, pactar con la nueva derecha emergente, Ciudadanos y, desde una propuesta de “neoliberalismo compasivo”, ofrecer  un contrato de adhesión a Podemos. Ciudadanos cumplió el papel asignado por sus fundadores, los poderes económicos: neutralizar políticamente al PSOE para favorecer un gobierno de coalición sin Mariano Rajoy.
Detrás de estos movimientos, lo que había era una estrategia clara en la que coincidían Rivera y Sánchez: aislar a Podemos, demoler la figura de Pablo Iglesias, romper su partido y erosionar significativamente su base electoral. Podemos e IU, desde el primer momento, se dieron cuenta de que estaban ante un juego de estrategias y fueron directamente al núcleo central, es decir, ofrecer un modelo de pacto ya existente y con éxito, el valenciano. No sin dificultades y sufriendo un acoso político mediático de enormes dimensiones. Al final y contra todo pronóstico, ante la opinión pública, el PSOE es percibido como el culpable de que se repitan las elecciones. Para decirlo de otro modo, para las próximas elecciones ya sabemos lo que van a hacer las fuerzas políticas con nuestros votos, para quién van a gobernar, cuál es su programa real y cuál es su discurso verdadero más allá de la propaganda electoral. No es poco y, por eso, los que mandan y no se presentan a las elecciones comienzan a mostrar señales de alarma.
Por lo pronto, sabemos una cosa con mucha claridad: Sánchez afronta esta campaña electoral renunciando no sólo a ser alternativa, sino a ser alternancia. El giro es colosal e inédito en nuestra reciente democracia. Que Sánchez no era alternativa lo hemos sabido desde siempre: no tiene una propuesta más allá del neoliberalismo dominante y está preso de su alianza con los poderes fuertes que dominan nuestro país. Ahora da un salto más, renuncia a ser alternancia. Lo único que le preocupa a la dirección del PSOE, es decir, a los barones y a la baronesa andaluza, es derrotar a Unidos Podemos, cueste lo que cueste. Futbolísticamente hablando, renuncian a ganar la liga y únicamente aspiran a ser segundos.
Ciudadanos, a lo suyo, gobernar cueste lo que cueste y garantizar el poder de los que mandan y no se presentan a las elecciones. Ahora tienen un problema añadido: van a tener que pactar con Mariano Rajoy y éste, que ni olvida ni perdona, exigirá un precio no pequeño. El PP ha ganado la partida en la derecha y, tanto Rivera como Sánchez, han tomado nota y se prestan, desde ya, uno —el líder de Ciudadanos— a gobernar con él, y el otro —el líder del PSOE— a dejarlos gobernar aunque sea absteniéndose en el último momento.
La conclusión parece evidente, el debate real es entre coalición de las derechas apoyada indirectamente por el PSOE o la alternativa democrática que representa Unidos Podemos. Los hombres y mujeres del país ya lo saben porque han vivido la experiencia de estos meses y conocen la verdad del comportamiento de las fuerzas políticas más allá de la propaganda electoral. Exigimos nuestro  derecho soberano a decidir y a elegir entre una coalición de derechas ampliada que nos lleva directamente a la austeridad y a los recortes sociales y la alternativa democrática de los que nos unimos para el cambio del modelo económico, político y social.
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