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miércoles, 1 de junio de 2016

Podemos pone firmes al PNV y Bildu.

Resulta que en el país del credo patriótico inmutable, el del territorio marcado con el sello hegemónico nacionalista, ha ganado las elecciones un partido inexistente, sin estructura ni liderazgo, pero que ofrece una ventana virtual a la ilusión política, un respiradero por el que desaguar los humores y ventilar atmósferas estancas. Resulta que, de la noche a la mañana, en la sociedad del buen vivir y mejor renta, una sigla contestataria no nacionalista y de matriz antisistema se ha encaramado a la cúspide electoral batiendo en votos al partido guía de los vascos. ¿Acaso empieza a flaquear el sentimiento de pertenencia nacionalista, ese cordón umbilical ideológico, emocional, político, que ha venido asegurando, generación tras generación, la fidelidad del voto?

La irrupción de Podemos en Euskadi ha hecho tambalearse a las dos grandes columnas del nacionalismo: la institucional, situada actualmente en el extremo moderado del péndulo patriótico, y la del radicalismo
 abertzale, que busca hacerse con una nueva imagen para saltar al terreno templado de la gobernabilidad, pero sin descomponerse ni descolgar a los grupos anclados en la narrativa del pasado que asisten desconcertados al proceso adaptativo.“Euskadi está cambiando. Hay movimientos de fondo que anuncian esa transformación de la mano del cambio generacional, la desaparición de la amenaza terrorista y la incertidumbre sobre el futuro laboral y el sostenimiento del Estado de bienestar. Aunque aquí no se han visto las penurias económicas de otras partes, la crisis ha afectado también a buena parte de la población y actúa de catalizador de otros problemas. No sabemos todavía si Podemos ha venido a quedarse, dado que tiene un voto de aluvión y una fragilidad organizativa extrema, pero las encuestas invitan a pensar que todo puede pasar”, destaca el catedrático de Ciencia Política y director del Euskobarómetro, Francisco Llera.
El eje nacionalistas/constitucionalistas sobre el que ha discurrido la política vasca en las últimas décadas ha quedado desencajado tras las pasadas elecciones generales, aunque Podemos reclame el “derecho a decidir” y hasta celebre el Aberri Eguna (Día de la Patria). La cuestión identitaria pierde buena parte del sentido trágico trascendental que tuvo; ahora, decae en favor de la economía y de las políticas sociales, del futuro laboral de los jóvenes, de la garantía de las pensiones... Para el nacionalismo institucional, es la etapa del pragmatismo, la negociación y el cálculo. La gran batalla, que con mayor nitidez se perfila amenazadora en el horizonte, es el mantenimiento en sus actuales bases del Concierto Económico. El PNV vela armas, decidido a impedir que las finanzas vascas terminen pagando el pato de la aventura catalana y de la crisis económica-territorial-institucional española. Empieza a tocar a rebato en defensa de su singularidad fiscal y, llegado el caso, no dudará en llamar a las barricadas.
Una sigla no nacionalista se ha encaramado en la cúspide electoral
EH Bildu ha salido tan trastabillado de su encontronazo electoral con Podemos que ha abierto un período de reflexión y estudia renovar completamente su estrategia independentista. Mientras trata de descontaminarse trabajosamente de ETA, la izquierda abertzale descubre que “hay muchas maneras de ser vasco”, apenas cinco años después de que su antiguo brazo armado simbiótico dejara de matar a los vascos que no comulgaban con sus postulados.
Tras haber perdido un tercio de sus votos a favor de Podemos, muchos de ellos votos prestados, EH Bildu fía su despegue al tirón personal del excarcelado Arnaldo Otegi, aunque la ambiciosa campaña de marketing desplegada en torno a su figura no alcance para lograr revestirle, como se pretende, con el traje del “Mandela vasco”, o del “hombre que trajo la paz”. Puede ocurrir, incluso, que el líder pretendidamente carismático de la izquierda abertzale represente más al pasado que al futuro. Otegi no deja de ser un viejo dirigente de muchos lustros y no escapa a la percepción de que pertenece a la política revenida, a un mundo antiguo, anacrónico.
Su multitudinaria intervención del 5 de marzo en el estadio de Anoeta de San Sebastián defraudó a quienes esperaban una perspectiva menos lastrada por el pasado. Puede que las contradicciones internas expliquen por qué el discurso de Otegi discurrió sobre los ejes de la ortodoxia.
Para el PNV, esta es la etapa del pragmatismo y la negociación
“No hemos llegado adonde pensábamos”, admiten los encapuchados de ETA en la última de sus fantasmales reapariciones. La decisión de poner fin a los atentados fue adoptada de común acuerdo por las cúpulas de ETA y de la antigua Batasuna conforme a una estrategia de salida y un guión que en última instancia contemplaba la negociación con el Gobierno central por la vía interpuesta de los expertos internacionales contratados para este fin. La extrema debilidad de la organización terrorista obligaba a descartar, por inviable, la vieja ecuación “paz por autodeterminación” e invitaba a plantear una estrategia de salida más pragmática articulada en torno a la propuesta de “paz, armas, por presos”.

Beneficios penitenciarios

La negativa rotunda del Gobierno del PP a entrar en el juego truncó de raíz esa estrategia que quedó arrumbada antes, incluso, de haber alcanzado el estadio de tanteo o simulacro de negociación. De ahí, la frustración de los colectivos más vinculados a los presos de ETA cuando escuchan de boca de los propios dirigentes de EH Bildu que hay que apurar las posibilidades legales que brinda la legislación penitenciaria. ¿Por qué ahora y no hace 20 o 30 años? ¿Qué ha cambiado para que acogerse a la progresión de grado y a las medidas individuales no sea ya delito de lesa patria, propio de arrepentidos y traidores, sino prueba de sensatez y realismo?
EH-Bildu salió tan trastabillado de las elecciones que busca renovar su estrategia
Lo que ha cambiado es que ETA ha sido derrotada por el Estado de derecho y la cooperación judicial y policial con Francia y, paradojas de la política vasca, sin haber aplicado las fórmulas, intermediaciones, planes, recetas y guiones de tantos pretendidos expertos extranjeros como han sido invitados a desfilar por Euskadi. Los beneficios penitenciarios van a aliviar la situación de gran parte de los reclusos de ETA hasta situarles en el régimen abierto, pero no resuelven las largas condenas de un centenar y medio de ellos. Las contradicciones en la política penitenciaria y otras materias han hecho aflorar un foco disidente interno que, enquistado en los viejos esquemas maximalistas y animado particularmente por algunos expresos, convoca movilizaciones por su cuenta, reclama la amnistía y tacha de revisionista el giro discursivo de EH Bildu.
Aunque constituyen una minoría, sus denuncias tocan el nervio sensible del mundo de los presos y de sus familiares y ponen un regusto de malestar y mala conciencia en el Bildu oficial. Mucho más tras el fracaso electoral de las generales y la pérdida de los gobiernos de Guipúzcoa y San Sebastián, la izquierda abertzale no puede desengancharse completamente de esos vagones de cola pese a que le supongan un lastre y le aten a un pasado que tratan de reedificar por medio de un relato justificatorio de ETA.
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