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martes, 7 de junio de 2016

Podemos o la tergiversación del comunismo.


Separada la opción de que Pablo Iglesias sea un absoluto ignorante, hay que atribuir al puro cinismo sus declaraciones sobre Marx y Engels. Profesor de Ciencias Políticas y doctor con una tesis sobre los movimientos anti-globalización de desobediencia civil, si no con el rigor de otros de sus colegas mejor preparados que él, Iglesias ha leído a los dos filósofos alemanes. En caso de que no haya mentido también en su tesis doctoral. Pero al menos, porque lo cita en la bibliografía y es un texto de corta extensión, habrá ojeado las palabras que Engels pronunció en el cementerio de Highgate de Londres el 17 de marzo de 1883 ante la tumba de su amigo y colaborador: «Marx era, ante todo, un revolucionario. Cooperar, de cualquier modo, al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones políticas creadas por ella, contribuir a la emancipación del proletariado moderno, a quién él había infundido por primera vez la conciencia de su propia situación y de sus necesidades (...): tal era la verdadera misión de su vida. La lucha era su elemento. Y luchó con una pasión, una tenacidad y un éxito como pocos».
No hace falta ser ningún especialista en teoría política para saber que calificar de socialdemócratas a Marx y Engels es una sandez propia de quien no quiere sino tergiversar la Historia con el único propósito de que sirva a sus intereses. ElManifiesto Comunista, publicado por ambos en 1848, no era precisamente un programa teórico y práctico para un partido socialdemócrata, sino para la Liga Comunista, una organización revolucionaria de trabajadores alemanes que pronto se convirtió en organización internacional. El final de aquel texto, un clásico del pensamiento político de sobra conocido, fija nítidamente la naturaleza de la concepción que Marx y Engels tenían de la política: «Los comunistas no tienen por qué guardar encubiertas sus ideas e intenciones. Abiertamente declaran que sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando por la violencia todo el orden social existente. Tiemblen, si quieren, las clases gobernantes, ante la perspectiva de una revolución comunista. Los proletarios, con ella, no tienen nada que perder, como no sea sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar. ¡Proletarios de todos los Países, uníos!».
Pero lo más insultante de la actitud de Pablo Iglesias es intentar tratar a su auditorio, y al resto de los ciudadanos, como si fueran unos absolutos iletrados. Junto a la corbata, que ha pasado a formar parte esencial de su renovada imagen, Iglesias quiere presentarse ahora como un moderado socialdemócrata con la misma vehemencia que hace meses se declaraba un convencido leninista. Sin rubor, transita de un espectro a otro del arco ideológico de la izquierda, ora como un republicano y revolucionario de salón, intervencionista e intransigente con el liberalismo; ora como un responsable hombre de Estado con sentimientos patrióticos y defensor del libre mercado.
Alberto Garzón ha tenido que recordar a Iglesias que él ha sido siempre comunista, desmintiendo la idea de que Unidos Podemos está llamado a ocupar «el nuevo espacio socialdemócrata». Sus nuevos socios del PCE le han dejado claro que no están dispuestos a renunciar a sus señas de identidad y que sus principios están resumidos en la bandera roja, la hoz y el martillo. Pero aun así, nadie debe engañarse sobre las intenciones de Iglesias y Errejón, diseminadas a lo largo de sus trabajos académicos y repetidas en varios foros. Su objetivo es la toma del poder a cualquier precio para aplicar un programa revolucionario de demolición de las estructuras democráticas.
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