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lunes, 6 de junio de 2016

¡Ojo al dato¡ A Podemos, los inversores, le consideran una banda de asesinos a sueldo.

El programa político de Podemos es copia perfecta del que presentó Syriza en las elecciones griegas. Solo que los delegados de Maduro en España incluyen permisibilidad de drogas, prostitución y crimen organizado. 
Con tanta y tanta promesa electoral que llevaba Syriza en las elecciones y que dieron la victoria a Alexis Tsipras. Ninguna ni una sola  promesa pudo lograse. Al contrario, hoy, Grecia acaba de aprobar un nuevo paquete de ajuste presupuestario de 5.400 millones de euros –nada menos que el equivalente al 3 por ciento del PIB heleno– para poder recibir los fondos europeos de su tercer rescate. 
Es preciso recalcar que las «cuentas de la lechera» de Syriza se basaban en uno de los más repetidos mantras del populismo: que el incremento del gasto público asistencial se puede sostener aumentando exponencialmente la presión fiscal sobre los ricos y los beneficios empresariales. Tasas fiscales confiscatorias que, simplemente, desincentivan la inversión y provocan la fuga de capitales y del personal más cualificado. 
Como ahora Pablo Iglesias, el líder de Syriza pretendía imponer un IRPF del 75 por ciento a las rentas con ingresos superiores al millón de euros –Podemos plantea una tasa del 55 por ciento para las rentas superiores a 300.000 euros anuales–, subir el impuesto de sociedades, crear nuevos tributos a las transacciones financieras y a los productos de lujo y abolir los privilegios fiscales de la Iglesia. Con esos ingresos, calculados en el humo de la demagogia, Alexis Tsipras prometía, como hoy hace Pablo Iglesias, mejores ayudas sociales, aumentar la prestación por desempleo, erradicar el IBI de las viviendas modestas y extender la sanidad gratuita, incluso a los inmigrantes indocumentados. 
Además, por supuesto, Syriza planteaba, como hoy hace Podemos, negociar un cambio en las condiciones financieras de la zona euro y en las atribuciones del Banco Central Europeo para acabar con las políticas «austericidas» impuestas por Alemania, que es como llaman los populistas al Plan de Estabilidad y Crecimiento de la UE. Esta última pretensión, con el agravante por parte de Pablo Iglesias de pretender utilizar el potencial desestabilizador de la economía española –la cuarta de la eurozona– como baza negociadora con Bruselas. España, se repite, no es Grecia. Cierto. 
Pero no es Grecia porque el Gobierno del Partido Popular, con el esfuerzo conjunto de la nación, especialmente, de los funcionarios y las clases medias, y con el apoyo del BCE en el programa de saneamiento bancario, consiguió enderezar una situación gravísima, que no es preciso glosar porque está en la memoria reciente de los ciudadanos y, de hecho, todavía la sufren muchas familias españolas. Y, llegados a este punto, Grecia podía perfectamente no haber sido Grecia, porque tras dos rescates europeos las medidas de equlibrio del gasto público que había puesto en marcha el Gobierno conservador de Nueva Democracia, con apoyo de los socialistas del PASOK, estaban comenzado a dar resultados. Pero Syriza operó políticamente sobre las ilusiones y los deseos de una población exhausta, golpeada por la crisis y sobre la que se vertió, a partes iguales, demagogia y nacionalismo.

Hoy, el Gobierno de Alexis Tsipras ha reducido las pensiones, ha subido el IBI, los impuestos especiales –incluso a la cerveza y al gas doméstico–, el IVA y el IRPF de los autónomos. Y el puerto del Pireo ha caído en manos chinas. España no es Grecia los inversores piensan que es peor y, además, con el añadido del crimen organizado bolivariano. Si en Venezuela van  más de 25.000 asesinatos en menos de un año, en España esa cifra se vería  superada en 15 días. 



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