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domingo, 5 de junio de 2016

No se trata sólo de enamorarse de la libertad, sino de hacer un uso inteligente, civilizado y virtuoso de ella


No se trata sólo de enamorarse de la libertad, ya descontada, sino de hacer un uso inteligente, civilizado y virtuoso de ella

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Presentación en Castellón de la maqueta del proyecto Marina D'Or Golf.
Lo primero, la propiedad; inmediatamente después, la libertad. Esta suele ser la secuencia en el proceso de modernización de los países. Primero, emerge una clase media que, de hecho, accede a la propiedad y luego hace la revolución para que un nuevo orden proteja sus derechos y garantice sus libertades. Establecido el nuevo orden, los propietarios renuncian al radicalismo.
Una secuencia como ésta también se verificó en España, con las peculiaridades propias de un país cuya clase media emergió comparativamente muy, muy tarde. En efecto, en los sesenta, el español ya pudo permitirse un seiscientos y algunos electrodomésticos; en los setenta, llevó a cabo la transición política a la democracia y la libertad. Cuando se pregunta por los valores ciudadanos en los últimos 40 años debe tenerse presente este dato: en algunos países occidentales en cuyo espejo tendemos a mirarnos, ese periodo de tiempo conforma una etapa más en una larga historia de libertad democrática, mientras que en España esos años son los de la fundación de dicha historia, los de la tardía y final modernización del país, los de la definitiva entrada de la clase media relativamente ilustrada en el protagonismo histórico del país, los de la superación del excepcionalismo español y su anhelada normalización europea. Y todo esto determina cómo fueron vivenciados esos valores por los españoles. Porque otros países que han disfrutado de dos o tres siglos de instituciones liberales, han tenido tiempo para poner a prueba la fortaleza de su libertad. En épocas de prosperidad, han sido testigo de excesos del sistema; en épocas de crisis, han tenido que sufrir la amenaza de radicalismos que quieren reventar ese mismo sistema. Pero han salido vencedores: en ellos el amor a libertad se ha demostrado resistente a los peligros que acechan los delicados equilibrios de las instituciones que la protegen. Mientras que aquí en 1975 estrenábamos libertad y lo hacíamos sin una previa educación sentimental. Libertad sin instrucciones de uso.
La grandeza de los momentos fundacionales se ha desvanecido y nos hemos acostumbrado a convivir con la inevitable rutinización de la política
Así que, de un lado, vivimos ese nuevo periodo de nuestra historia como un origen, algo que ha permanecido en nuestra memoria aureolado con la épica de los grandes acontecimientos y dotado de un simbolismo fundacional, como los estadounidenses recuerdan la declaración de la independencia, los franceses la toma de la Bastilla o los italianos su unificación. Pero, de otro, nada o poco instruidos en los usos y formas de la libertad y con el sentimiento de una antigua deuda con nosotros mismos ansiosos por pasar al cobro, nos abandonamos enseguida a una ebriedad de los espacios de libertad conquistados, lo que redundó, en nuestros ochenta, en un estallido jubiloso de creatividad pero también en una glorificación de la vulgaridad, la zafiedad y el mal gusto hecha programa cultural (la movida madrileña). Y, en los noventa, beneficiarios de fondos sociales y estructurales procedentes de nuestra nueva pertenencia a la Comunidad Económica Europea, los españoles se sorprendieron con dinero en sus manos, riqueza sólo aparente, pues no era del todo fruto de su trabajo y su ahorro y de las virtudes que éstos llevan aparejadas, sino de la solidaridad europea.
Fueron los finales de los noventa y principios del actual siglo tiempos de prosperidad para los españoles, en los que quienes habían sido precipitadamente libres, se vieron de pronto sobrevenidamente ricos. Y entonces emergió la figura que mejor ejemplifica los excesos del sistema: el nuevorrico. Y después, en la segunda década de este siglo, llegaron los tiempos sombríos de la crisis, que derraman dolor por todas partes y ponen a prueba la libertad por el otro lado: la crítica apocalíptica del sistema. Y, como era de esperar, han acudido oportunamente a la llamada del dolor, aprovechando el desgaste y el desprestigio que el sistema soporta en estas circunstancias penosas, los movimientos antisistema en sus dos modalidades conocidas: el radicalismo de extrema izquierda y el independentismo.
La calle Preciados, en Madrid, abarrotada de gente en Navidad.
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La calle Preciados, en Madrid, abarrotada de gente en Navidad. 
Ya no somos ese país que estrena su naciente democracia. 40 años más tarde, empezamos a tener veteranía. La grandeza de los momentos fundacionales se ha desvanecido y nos hemos acostumbrado a convivir con la inevitable –y en realidad deseable- rutinización de la política: de la épica de los setenta a la lírica de los ochenta y, después y quizá para siempre -¡ojalá!-, a la prosa democrática. Hemos conocido de primera mano los peligros que amenazan la libertad: los de los excesos (nuevorriquismo), los de las crisis (radicalismo, independentismo). Y hemos resistido. Y además hemos salido mejorados tras aprender una importante lección. Que la libertad, bien supremo, es condición de la moralidad, pero no la moralidad misma. O dicho de otra manera, que no se trata sólo de enamorarse de la libertad, ya descontada, sino de hacer un uso inteligente, civilizado y virtuoso de ella. Porque hemos comprendido también que, desde la perspectiva de la moralidad colectiva de los países y de las culturas, todavía nos queda mucho, mucho, por progresar.
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