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jueves, 9 de junio de 2016

Los rizos de la madre de Luis Salom


La madre del piloto fallecido conmovió a los asistentes del funeral de Palma al aparecer rapada y colocar los mechones entre los dedos de su hijo Luis

Luis Salom y los rizos de mamá
Maria Antonia Horach, la madre de Luis Salom, con la cabeza recién rapada., en el funeral de su hijo.
Maria Antonia Horrach era la viva representación de Luis Salom en los circuitos y fue la imagen estremecedora del multitudinario funeral vivido el miércoles en Palma ante miles y miles de personas, frente a cientos y cientos de ‘moteros’, a los que despidió con lágrimas desde el balcón de La Seu con vistas al Parc de la Mar. Maria Antonia apareció con el pelo al cepillo, casi totalmente rapado, porque se lo había cortado el día anterior para colocar sus frondosos, brillantes y rizados mechones entre los dedos de las manos de su hijo, ya fallecido.
Ese gesto, según los pocos que lo sabían, "representa, no solo el amor sin límites que sentía por su hijo, sino el dolor sin fin que sintió al perderlo". "Yo sé lo que representaban para Luis esos rizos, esos mechones", explicó Jordi, uno de los primeros mecánicos que tuvo Luis Salom en el Mundial de motociclismo, en el 2009, cuando debutó en el equipo Jack&Jones. "Luis no se subía nunca, ¡jamás!, a la moto sin acariciar la melena de su madre".
LA FUERZA DE LA FAMILIA
Maria Antonia fue en La Seu la viva imagen de la fuerza, pero también de la desolación. Junto a ella, recibiendo los constantes mimos, cariños, besos, caricias, abrazos, mejilla con hombro, estuvo su esposo José Luis Salom, firme, continuamente en posición militar, tieso, inmóvil. Cerca estuvieron también familiares, amigos íntimos y los pilotos, como Jorge LorenzoMarc Márquez y Dani Pedrosa, y hasta Rafa Nadal y su novia Xisca. Y todos esas cabezas, ojos y corazones pensaban y miraban a Maria Antonia cuando el obispo de Palma, Javier Salinas, decía: “Cuando os falta la esperanza, pensar en Maria, que es nuestra fuente de vida”.
Tres lugares a su izquierda, el abuelo Toni Salom, toda una institución en la isla. Fue el abuelo quien se acercó, íntegro, pero destrozado por dentro, desolado, a recibir a Carmelo Ezpeleta, máximo responsable del Mundial: “Muchas gracias por su presencia aquí, señor Ezpeleta, pero tengo el alma destrozada pues fui yo quien le metió a Luis la pasión por correr y ahora me siento culpable”.
“Que sepa -le dijo, con lágrimas en los ojos, Ezpeleta- que nadie ha vivido con tanta pasión y disfrute como Luis la profesión que había escogido. No hay nadie que haya vivido 24 años tan apasionados como Luis, que, de nacer, volvería a escoger lo que fue”.

AGRADECIMIENTO INFINITO

Fue María Antonia quien, al llegar a la catedral y en uno de los múltiples saludos que vivió casi sin saber a quién saludaba, abrazó a Carlos, hijo de Ezpeleta y uno de los pilotos de los coches de seguridad de los grandes premios, uno de los primeros en llegar a la fatídica curva 12 de Montmeló, para darle las gracias "por el inmenso esfuerzo, trabajo y dedicación de todos vosotros y todos los médicos por salvar la vida de Luis”.
Y, juntos, recordaron la vuelta que Carlos dio, el pasado año en el circuito de Sachsenring (Alemania), a Jaume, su hijo de 16 años con parálisis cerebral, en el velocísimo BMW, con su hermano Luis en el asiento trasero. Fue, dicen, a partir de ese día cuando Carlos empezó a conocer mejor a Luis y a saber, también, sí, de su debilidad por los rizos de mamá.

LA QUE MÁS SUFRÍA

Maria Antonia Horrach no lo pasaba bien en los circuitos. Todo lo contrario. Pero estaba ahí porque su hijo la quería junto a él, porque la necesitaba, porque quería saber que la tenía al lado. “Puede que Luis sintiese por su madre, lo mismo que Marc y Àlex sienten por Juliá, su padre. Lo quieren ahí, junto a ellos, aunque, tal vez, no les sirva de mucho. Les sirve solo verle, tenerlo al lado, rozarle. Y lo entiendo. Yo prefiero esconderme, y ellos lo saben, como también saben que, estar o no estar, no tiene nada que ver con el cariño, ni siquiera con el sufrimiento. ¡Claro que sufrimos!", me explicaba ayer, en La Seu, Roser Alentá, madre de los Márquez, que solo acude a cuatro o cinco carreras al año y casi no se mueve del camión-vivienda de sus chicos.
"Ellos escogieron esta profesión, su padre se desvive por ellos y nosotros tratamos de llevarlo lo mejor que podemos. Sabemos que es su pasión y, sí, aunque suframos, es lo que han elegido”, me dice Laura Ramón, esposa del bicampeón de 250cc Sito Pons, madre de Axel, que se subió a su primera moto a los cinco años y Edgar, que lo hizo a los tres.

IMPOSIBLE VER LAS CARRERAS

Maria Antonia le quitaba trabajo a Luis, problemas, se hacía cargo de todo, desde concertarle una entrevista hasta coserle un botón, ir a buscar el casco o cuidarse de que repasasen su mono. Se pasaba la carrera entrando y saliendo del box porque, como todas las madres, no podía soportar ver la carrera en la televisión. “Yo veo, intuyo, la carrera a través de los mecánicos de Luis -me explicó hace unos años en Jerez. Si los veo sonreir, sé que la cosa va bien; si están preocupados, gesticulan y hablan mucho entre ellos, me doy cuenta de que la cosa no va como ellos desearían”.
Hace unos años, en una entrevista con Kiko Mestre del ‘Diario de Mallorca’, Maria Antonia reconocía que “hay más padres que madres en los circuitos, es verdad, pero Luis me quiere a su lado y, mientras esto dure, yo estaré con él y haré los sacrificios que hagan falta”. No los que hagan falta, todos. Y, sobre todo, sufrir.
“Luis sabe, porque yo no me canso de repetírselo, que es un chico privilegiado porque no todo el mundo puede dedicarse, al más alto nivel, a lo que le gusta, a lo que es su pasión”. Y, cómo no, Maria Antonia, ya entonces (Jerez-2012, abril, primer podio en España, segundo tras el italiano Romano Fenati), confesaba que “lo más duro para un piloto y también para mí que soy su madre, son las caídas, la incertidumbre de lo que le habrá ocurrido. Pero este es el riesgo que tiene este deporte”.
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