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jueves, 16 de junio de 2016

Los bancos arruinados son una rémora para la sociedad.

El mundo empresarial y financiero que está emergiendo de la profunda crisis económica iniciada en 2007 será muy diferente al que aún opera en los mercados internacionales. La revolución digital traerá consigo un cambio radical y aún inexplorado de los procesos que transformará la organización interna de las corporaciones y de la relación de éstas con los clientes. Desplazados de los ránkings de las mayores empresas del mundo por gigantes tecnológicos como Amazon, Apple, Google o Facebook, la banca lleva años sometida a un acelerado proceso de cambio obligado para ganar competitividad, tamaño y solvencia en la nueva economía de escala global.
Golpeado duramente por la recesión, por la política de tipos cero impuesta por los bancos centrales, que le ha condenado a trabajar prácticamente sin márgenes, y por su exposición al ladrillo, pese a la creación del banco malo, el sector bancario en España está en una vorágine imparable que ha provocado ya la desaparición de decenas de compañías. Si en 2007 existían, entre bancos y cajas de ahorro, 60 entidades, actualmente quedan sólo dos cajas de muy pequeño tamaño y 16 bancos. Y el proceso de concentración va a seguir de forma inevitable. Porque los rigurosos requisitos de provisión de capital que las autoridades reguladoras exigen a todos los bancos del mundo para incrementar la solvencia y prevenir posibles impagos provocarán que muchos de ellos se vean abocados a fusionarse o ser absorbidos. El pasado jueves, el presidente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri, fue muy claro: «Los bancos no rentables o con rentabilidad insuficiente para atraer capital son una rémora para la sociedad».
De esta forma, el Gobierno que salga de las urnas el próximo día 26 tendrá que continuar el esfuerzo de saneamiento del sistema financiero impulsado por el Ejecutivo de Rajoy en esta legislatura, que acabó con el modelo insostenible de las cajas de ahorros, convertidas en feudos de los partidos, los sindicatos y las organizaciones patronales. Porque la credibilidad de nuestro país pasa inevitablemente por la fortaleza de unos bancos que se han hecho cada vez más internacionales y tienen ya el 45% de sus activos en el extranjero.
Es cierto que al final de este proceso el mercado financiero se habrá reducido considerablemente y que las empresas tendrán un número cada vez menor de entidades a las que acudir en busca de crédito y a los particulares les será más difícil conseguir mejores condiciones para préstamos hipotecarios. También, quese cerrarán miles de oficinas en todo el territorio y se perderán miles de empleos, ya que además de las concentraciones, el sector está obligado a someterse a una transformación digital de tal calado que prácticamente todas las operaciones podrán hacerse desde un teléfono móvil. Pero si algo hemos aprendido de esta crisis ha sido que la insolvencia y la debilidad de la banca puede poner en riesgo la estabilidad de cualquier país que no someta a sus entidades a un sistema de vigilancia estricto.
Pero pese a las reformas aún pendientes, la banca española se mantiene entre las más sólidas en las clasificaciones internacionales y ha demostrado históricamente que tienen los recursos y la flexibilidad suficientes como para hacer frente a desafíos de esta envergadura. Aunque lleno de incertidumbres, el horizonte es esperanzador.
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