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jueves, 16 de junio de 2016

Las marsopas preguntan por Donald Trump.

Ya ha empezado la época de avistamientos de ballenas azules en Los Ángeles. Sí, en Los Ángeles. Suena increíble que Los Ángeles sea probablemente el mejor sitio del mundo (después de Sri Lanka) para ver ballenas azules. Y encima, las ballenas azules de Los Ángeles no llegan del Polo Norte, sino de Costa Rica. Son bichos con ganas de llevar la contraria.
La ballena -o rorcual- azul es el mayor vertebrado que existe. Encima, hemos estado a punto de extinguirlas (el país que siguió matando ballenas azules durante más tiempo, incluso más de una década después de que su captura estuviera prohibida en todo el mundo, fue España, a través de la empresa gallega Massó). Así que todas las empresas que llevan a los turistas a ver a las ballenas en California están informando en sus páginas web y en las redes sociales sobre los encuentros. Ver una ballena azul bien vale un post en Facebook.
La ballena azul es lo que se llama una especie carismática. O sea, famosa. Cuanto más grande o feroz, más carismático. Y, por tanto, más protección. Un estudio publicado hace un año que decía que la población de estos animales de California ha vuelto a los niveles previos a su explotación comercial fue noticia en todo EEUU. Igual que la muerte del león Cecil (otra especie carismática), pero a la inversa.
El problema para una especie es no ser carismática. En ese caso, puede darse por extinguida. A 500 kilómetros de las ballenas azules de Los Ángeles vive la especie de cetáceo en mayor peligro del mundo. Su único problema: es muy pequeña. Es una marsopa de un metro y medio llamada vaquita. Hay 50 ejemplares. Y le quedan dos o tres años en la faz de la Tierra. La medicina tradicional china usa las vejigas natatorias de unos peces que viven en esa región del Golfo de California, y las vaquitas se quedan atrapadas en las redes de los pescadores y se ahogan. Al paso al que vamos, China va a lograr ser la primera potencia mundial a base de comerse, literalmente, la Tierra. Pero ésa es otra historia.
¿Qué tienen que ver las ballenas azules y las vaquitas con la economía? Mucho. Porque usted y yo somos marsopas. O sea, clase media. Nos estamos extinguiendo sin ruido, porque no somos lo bastante grandes como para ser carismáticos.
Las estadísticas nos colocan en el lado de las marsopas. Hace 10 días, EL MUNDO publicaba un informe de la Fundación BBVA y del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (Ivie) que explicaba que tres millones de españoles han dejado de considerarse clase media. Eso significa que ese segmento de la población ha caído del 58,9% al 52,3%, mientras que las personas "en situación de vulnerabilidad" (antes llamadas pobres) ha subido del 31,2% al 38,5%.
En Estados Unidos, la clase media dejó de ser la mayoría de la población el año pasado, cuando un informe del Centro de Estudios Pew basado en estadísticas del Gobierno de ese país declaró a sólo el 49,9% de las familias como de clase media, frente al 29% de clase media-baja y baja, y al 21% de clase media-alta y alta. En 1971, la clase media era el 61%. Al menos, la dinámica en el mundo en desarrollo es la contraria, ya que allí la clase media pasó del 7% al 13% de la población entre 2001 y 2011.
Es un consuelo. Un magro consuelo, porque es desvestir un santo para vestir otro. Y eso, al que le toca quedarse en cueros, no le hace gracia.
Encima, la clase media es más pobre ahora. Según la Reserva Federal, la clase obrera estadounidense ha visto su riqueza neta real (descontada la inflación) caer en un alucinante 52,7% entre 1998 y 2013, mientras que los más pobres han sufrido un desplome del 26,5%, y la clase media del 19,1%. Pero la riqueza del 10% más rico ha subido en un 74,9%.
Así pues, hay menos clase media y más pobres, y la clase media es más pobre y los pobres son más pobres. No hace falta ser un genio para darse cuenta de lo que eso implica. "¿Por qué Sanders? ¿Por qué Trump? Ésta es una de las razones", colgó en Facebook el experto en riesgo político Ian Bremmer, fundador de la consultora Eurasia Group junto a las estadísticas de la Fed. En Europa y en Estados Unidos, las marsopas están votando por el Leviatán. El Leviatán de Melville en Moby Dick, y también el de Hobbes: un Estado poderoso y arbitrario que imponga la igualdad que ha desaparecido. Probablemente, no sea ésa la solución. Pero nadie con algo de honestidad intelectual deberá decir que no lo vio venir.
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