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sábado, 25 de junio de 2016

La verdadera campaña del 26J ha terminado, la mentirosa empìeza desde YA.

En el ambiente febril del ‘politiqueo’ se ha visto afectado cualquiera con una proyección pública

La frase del momento es que ha empezado la campaña. La escucho, la leo, y no doy crédito, porque en mi opinión vivimos atrapados en el día de la marmota de las campañas desde que los medios televisivos se olieron el filón del politiqueo y pasaron del corazón a estos asuntos, convenciendo al ciudadano de que estar comprometido era dejarse contagiar por el clima bronco, de bulla gritona, en que consiste eso que denominan debates. Cuando llegó la verdadera campaña, la del 20D, ya estaban todos muy vistos, así que la cosa tuvo que aderezarse con actuaciones en solitario. Los líderes debían demostrar que sabían bailar, cantar, ser ingeniosos, simpáticos aunque Dios no les hubiera adornado con ese don, mostrar su lado más humano y llamar a cada periodista por el nombre de pila, una de esas cosas a las que no acabo de acostumbrarme aunque sé que aquellos tiempos de las distancias decorosas ya no han de volver. Les vimos hacer de todo, en algunos casos hasta el ridículo, con la esperanza de que el show tocaría a su fin en cuanto se formara un nuevo gobierno y a otra cosa mariposa. En el ambiente febril de “todo es campaña”, que vino a abaratar la vieja frase de “todo es política”, se vio afectado cualquiera que tuviera una proyección pública, y es que no ha habido entrevista a un escritor, a una actriz o cantante en la que libros, obras, películas o conciertos pasaran a un segundo plano para cederle el terreno a lo único que parecía merecer un titular: ¿Y tú de quién eres? ¿Con quién estás? ¿Quiénes son tus camaradas y quiénes tus enemigos?
Tomar partido es tan democrático y legítimo como tortuoso acaba siendo para un particular entrar en campaña, y así hemos visto que, sin pretenderlo, eran lanzadas a la arena personas que, en el noble ejercicio de promocionar su obra, se veían envueltas en una polémica de tantas que hay ahora, de las que no conducen a ninguna parte. Con el poco espacio que se concede en estos tiempos a la cultura qué injusto es que eso suceda. Así le pasó hace unos días al actor Pepe Sacristán a raíz de una entrevista en la que criticaba la ya célebre referencia de Iglesias a la cal viva en el Congreso. De pronto, Sacristán fue calificado de facha por quienes no aceptan que los ciudadanos den su opinión y por quienes seguramente ignoran su trayectoria. ¿Sacristán facha? ¿Perdona? Pero lo que verdaderamente produce desazón es que un comentario crítico hacia un político borre (para algunos) de un plumazo una trayectoria rica, intensa, reveladora de lo que ha sido el cine en nuestro país. El comentario político, ese en concreto, acaparaba tal protagonismo que dejaba sepultado lo verdaderamente importante: este señor de 78 años está encima de un escenario con una pasión, un talento y una energía que son ejemplares para cualquiera, vote al partido que vote. Mientras Al Pacino ha tropezado en Broadway con un texto, Muñeca de Porcelana, que parece que Mamet hubiera escrito para que cualquier gran actor se desplomara, Sacristán consigue domar una obra, en mi opinión, innecesariamente retorcida, y está brillante, asombra, provoca esa admiración rendida que a nada se parece y que uno experimenta cuando algo sublime ocurre encima de un escenario.
Pero parece que el veneno de la campaña sin tregua ha infectado el ambiente. Ya nadie puede decir, así, sin más, porque está en su derecho, lo que piensa. ¿Les preocupa eso a los políticos por cuanto se trata de una merma de la libertad de expresión o, muy al contrario, les conviene para que todos nos entreguemos sin sentido crítico a un discurso?
La campaña no ha empezado. La campaña continúa. Pero mi sensación es que algunos de nosotros (no sé qué porcentaje, una siempre habla intuitivamente de lo que percibe a su alrededor) ya nos hemos apeado de ella. Todo lo que se escuche a partir de ahora, los reproches y las acusaciones, ya se han hecho públicas. Los chistes y las habilidades artísticas de los líderes ya no tienen gracia. Ni bailar ni cantar añadiría nada, al contrario, la sobreactuación a estas alturas puede resultar irritante. En realidad, lo que teníamos que ver ha ocurrido ante nuestros ojos durante cuatro largos meses. ¿Qué más información nos pueden aportar? Me declaro profundamente aburrida. Pongo la radio por las mañanas y sé que mis colegas andan dándole vueltas al asunto. No es culpa suya, están condenados a lo que toca, pero estoy convencida de que también quisieran dedicar tiempo a otros aspectos de la realidad y entrevistar a otros seres humanos que pelean a diario no para sacar más votos sino para salir adelante.
Hasta en las conversaciones entre amigos la vehemencia verbal ha ido desapareciendo por agotamiento. Algunos no queremos estar en campaña. Tal vez ellos no se han enterado de que lo que tienen que gestionar ahora es nuestro hartazgo.
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