Sigue el blog por EMAIL. Seguir por EMAIL

viernes, 17 de junio de 2016

La Paz no debe ser un medio, sino un fin.

La paz no es un destino, sino el modo en como hacemos, todos los días, nuestro viaje vital junto a otros seres humanos. La paz no está en ninguna de nuestras metas, sino en la manera de perseguirlas. La paz no es un fin, sino el medio en el que la convivencia alcanza su más elevada dignidad. Además, cuando se consigue, la paz se convierte en una de las creaciones humanas de más alta cualificación, porque, a diferencia de la violencia, para la que una persona basta, la paz necesita la participación constante de todas para ser posible. En este sentido, asumir como propia la idea de Gandhi de que "no hay caminos para la paz, la paz es el camino" nos obliga a hacer un esfuerzo permanente por distinguir entre el ámbito de los medios que se utilizan y el de los fines que se persiguen. Desde este punto de vista, podríamos asegurar que, en nuestro entorno, la paz reside, exclusivamente, en la esfera de los medios, aunque, por desgracia, también es cierto que el ejercicio de la violencia conduce a la confusión entre ambos campos, medios y fines, y arrastra a los agentes políticos y sociales a posicionamientos tautológicos irreconciliables: unos justifican la violencia por la legitimidad de sus fines y otros deslegitiman los fines por la injusticia de sus medios.De esta manera, por una parte, resulta habitual encontrar a gente que explica la relación entre el conflicto político que vive Euskal Herria y su situación de violencia con la metáfora de la enfermedad. Según estas personas, la violencia no sería más que un síntoma (la fiebre), mientras que su verdadera causa (el virus) sería el conflicto político; por tanto, sólo mediante la curación de ese conflicto político se podría acabar con la enfermedad propiamente dicha y con todas sus consecuencias. Sin embargo, la única verdad que hay en esta teoría de la enfermedad es, precisamente, la de la existencia real de una enfermedad: la enfermedad moral de quienes comprenden la vinculación causal natural entre un conflicto -sea del carácter que sea- y el recurso a la violencia. De hecho, si aplicáramos esa lógica a todos los conflictos (políticos, sociales, religiosos, laborales, conyugales, vecinales, etcétera) estaríamos en guerra permanente de todos contra todos y no habría quien soportara tanta manifestación de fiebre virulenta. Pero no es así, porque la mayoría de las personas que mantienen ideas, creencias o sentimientos diferentes no recurre a la violencia para dirimirlos y hace prevalecer valores previos, sin cuyo respeto la construcción de cualquier proyecto se haría a costa del patrimonio de los derechos fundamentales que deben asistir a todos los seres humanos.
Es cierto que el conflicto político se ha convertido en la motivación que algunas personas aducen para ejercer la violencia, pero eso no se convierte en la prueba de la causalidad que envenena todos los debates, que debieran ser, sólo, políticos. Es más, la existencia, en nuestra sociedad compleja, de otros conflictos, tan importantes y legítimos como el político, donde no se recurre al uso de métodos violentos, y sobre todo la propia ausencia de actividad armada durante 14 meses son muestras fehacientes de que la violencia es un acto voluntario que requiere una decisión personal consciente por parte de quienes la ejercen, y de que no constituye un fenómeno inevitable que se manifiesta a través de esos seres elegidos o poseídos por una causa. Pensar de otra forma sería deshumanizar a las personas que practican la violencia, pues les estaríamos despojando de la facultad de la volición, que es una de las cualidades más importantes en la caracterización del ser humano.
Por otra parte, también hay quienes se escudan en la persistencia de la violencia para negarse a abordar cuestiones importantes para gran parte de la ciudadanía, de manera que, al contrario de lo que pretenden, se contaminan de la lógica que trata de imponernos el ejercicio violento y no sólo le conceden un significado político, sino también la potestad para marcar la agenda del futuro de nuestra sociedad. De la misma manera que sería impensable que los panaderos dejaran de hacer pan, los fontaneros de arreglar tuberías o las ingenieras de diseñar planos hasta que termine el fenómeno violento, resulta absurdo que algunos agentes políticos hagan dejación de la responsabilidad para la que han sido legítimamente elegidos, al abstraerse de solucionar un conflicto, anterior, posterior e independiente, del problema de la violencia. De esta forma, tanto los proyectos políticos que la utilizan como un plus de fuerza como los que parecen defenderse, más que por su valor en sí mismos, por su virtualidad para acabar con ella, como los que se amparan en su existencia para eludir el diálogo político son responsables de la instrumentalización de la violencia en provecho propio.
Por eso mismo, es urgente descartar el conflicto político como el generador de la fiebre del uso de la fuerza irracional. Para conseguir hacer un diagnóstico correcto de esta enfermedad moral que padece nuestra sociedad hay que apuntar, más bien, hacia los virus del odio, la intransigencia, el totalitarismo y la intolerancia. Experimentar cualquier dimensión humana (política, social, religiosa, sexual,...) a través de esos sentimientos sólo produce desprecio y, en última instancia, deseos de exclusión de todas aquellas personas que son, piensan o sienten diferente. Así pues, el único antídoto posible contra el mal que sufre parte de nuestra comunidad y que contagia, prácticamente, a la totalidad de los debates políticos es la erradicación de ese tipo de sentimientos en la vivencia de nuestro conflicto y su sustitución por otros valores que nos conduzcan a la asunción de la diversidad y a la conjunción sincera de nuestras disparidades en una sociedad que sepa hacer riqueza de su pluralidad. En este sentido, desde el convencimiento de que la diversidad otorga amplitud a nuestra libertad, es absolutamente imprescindible lograr un consenso básico en torno al cual establecer la paz como un medio de convivencia en el que todas las ideas puedan ser expresadas sin la coacción de las amenazas y, al mismo tiempo, en el que todas puedan ser planteadas y desarrolladas dentro del contexto democrático.
Publicar un comentario